Comunidad Dólar Barato: con tu suscripción seguimos escribiendo.

SER PARTE

LA PRESIDENCIA DE RIQUELME

16 Jun. 2026
Compartir:

La presidencia de Juan Román Riquelme en Boca tiene antecedentes escasos. Podría pensarse en la experiencia de Daniel Passarella en River, en la de Carlos Babington en Huracán, en la de Juan Verón en Estudiantes y en alguna más. Hacerlo sería, hasta un punto, hacerle un favor a Román. Pero Boca es un universo con reglas propias; el único club del país cuyo sino trágico es aspirar a la totalidad. Por primera vez un ídolo deportivo se cargó con esta misión digna de Sísifo y asumió la responsabilidad de conducir el destino económico, deportivo e institucional del club más importante del país. 

En contraste con su vida deportiva, el desempeño de Riquelme como Presidente ha sido de mediocre tirando a bajo. La economía del club podría discutirse al infinito y forma parte de una contabilidad tan opaca que podemos concederle a la gestión de Riquelme cierta dignidad en este asunto. Lo deportivo, en cambio, muestra pocas aristas para la defensa. Hay en la acumulación compulsiva de jugadores chatarra, jubilados de privilegio y aventureros de vuelo bajo un regodeo de quien busca joyas en una mesa de saldos y termina gastando más y logrando menos que si se hubiera decidido por unos pocos productos de calidad. Si a esto se le suma la incapacidad de autocrítica y la identificación sentimental con los detritos futboleros la situación se complica. Y existe otro factor psicológico: el oscuro deseo de Riquelme de otorgarles la jubilación de privilegio que Boca le negó. La palabra fracaso no parece exagerada. 

Se discute también la elección de los técnicos. En este plano quiero defender a Román: más allá del innegable peso de sus opiniones y en especial de sus silencios, la búsqueda fue variada. Riquelme no exige un estilo de juego definido y parece concentrarse más en cuestiones morales, dejando una cierta libertad táctica a los DTs. De hecho, pudimos ver esquemas tácticos variopintos, siempre con el mismo resultado. Salvo un breve lapsus en el ciclo de Diego Martínez, Boca juega mal, corre peor, comete errores estúpidos y pierde los partidos importantes. 

Finalmente, lo institucional también es opaco. Los ciclos macristas que lo precedieron no lograron ampliar la cancha, convirtieron al club en una atracción turística de cabotaje pero sin proyectarlo internacionalmente, desangelaron la Bombonera, valorizaron muy poco a los juveniles y cerraron la posibilidad de que más gente real se acercase a Boca, convirtiéndolo en un fetiche de oportunismo ideológico y frivolidad. Riquelme estableció, en este punto, cierta continuidad, con el detalle de no haber hecho ni siquiera crecer el negocio con condiciones muy favorables luego de la pandemia y de haber permitido que una casa de apuestas se blanqueara en la franja amarilla de la camiseta, lo que personalmente considero una deshonra a los orígenes del club. 

Sin embargo, no creo que Riquelme sea especialmente condenable por todos estos episodios. Después de todo el pueblo nunca se equivoca y Boca es pueblo. Su elección fue una apuesta por la mística y nace de un justificado rechazo a los horribles últimos ocho años del macrismo. Hubo refuerzos y técnicos que fallaron más allá de la inexplicable elección de Miguel Ángel Russo y luego de Claudio Úbeda como para confirmar el error. Trajo a Leandro Paredes. Riquelme es hincha de Boca y padece junto a nosotros. No está usando a Boca para un fin ulterior ni su presidencia es un capricho porque estaba aburrido. Vino por la gloria y arriesgando su propia figura; hay nobleza y valentía en eso. Se podía equivocar, fue el riesgo que todos los que lo apoyamos asumimos al elegirlo, sabiendo perfectamente cómo era. 

Hay, sin embargo, algo que sí es imperdonable. Como jugador Riquelme se caracterizó por su inmenso talento, por ser camarillero y por sus silencios. Si Palermo era el temperamento frívolo y mercenario que atraviesa a lo popular, Riquelme era su contracara parca y resentida. En su nuevo rol de presidente nos perdimos del talento, pero la camarilla y el silencio continuaron, quizás potenciados, junto al resentimiento y a la parquedad. El problema es que las posiciones de poder hacen que el resentimiento, muchas veces justificado, empiece a convertirse en capricho y en estrechez de mirada. Un presidente es el guía espiritual de un club. Habla con sus acciones, y cuando las acciones fallan tienen que ofrecer un plus de mística, que en última instancia es la fuente de su poder y el motivo por el cual ganó las elecciones. Más que nada si el presidente es ídolo. Riquelme, en ese plano, hizo lo único que no podía hacer. En sus enigmáticas y escasas intervenciones después de las derrotas, minimizó el hecho de perder. Habló de competencia, habló de desdramatizar, habló como si en lugar del Presidente de Boca fuese el secretario general del Sindicato de Deshollinadores Amateurs. Y esto es un límite que ningún boquense debería cruzar. 

El club está por encima de las personas y Boca es Deportivo Ganar. Lo repito: en Boca solo sirve ganar. Boca es Pueblo en la medida en que un Pueblo tiene una necesidad mítica de perseverar en su ser en base al triunfo. Quién no contemple esta máxima y crea que Boca puede reducirse a una simpatía política debería hacerse hincha de otro club; hay muchos y con arquitecturas míticas muy interesantes y diversas. Pero Boca aspira a la totalidad, y la totalidad es ganar, siempre solos y contra todos. La derrota es una tragedia que cifra la tragedia propia de aspirar a la totalidad y saber que nunca se logrará. Por eso el hincha de Boca es un héroe trágico: se sabe rechazado por la parcialidad y sueña con algo que jamás sucederá. Por eso la derrota siempre tiene que venderse cara, siempre al límite de lo legal, incluso perforándolo. Y por eso cada derrota boquense necesita de un chivo emisario, que Riquelme se obstinó en negarnos casi siempre. 

Muchos han vinculado a la gestión de Riquelme con la de Alberto Fernández, y creo que esto es un error casi tan grande como confundir a Boca con el peronismo. Angelici fue el Alberto del macrismo. La reacción de Román ante la derrota tiene más continuidades con Milei: pretende bajar las expectativas de un pueblo. Aunque Román no es de ninguna manera un traidor, su actitud de minimizar las derrotas se parece bastante a una traición. Todavía tiene tiempo de enmendarlo. ///// DB

Disclaimer. Contenido libre de financiación del Departamento de Estado.
16 Jun. 2026
Compartir:

Si te gustó este contenido te invitamos a suscribirte y apoyarnos para sostener y ampliar el proyecto. La Comunidad Dólar Barato te necesita.

últimos Post

LA PRESIDENCIA DE RIQUELME

La presidencia de Juan Román Riquelme en Boca tiene antecedentes escasos. Podría pensarse en la

LA CATÁSTROFE YA SUCEDIÓ, LO QUE QUEDA ES DISFRUTAR DE LA BELLEZA DE LO QUE HAY 

Segunda entrega de nuestra nueva sección BLITZKRIEG LITERARIO. [...]

BLITZKRIEG LITERARIO

La plataforma de sentidos Dólar Barato -el ecosistema digital de arte, moda y subculturas más