Texto de la conferencia “Vigencia de los clásicos políticos frente al aceleracionismo tecnológico y cultural” dictada por el autor en la Universidad del Salvador, el 10 de junio de 2026 en la ciudad de Buenos Aires
Cuando hablamos de aceleracionismo tecnológico y cultural solemos pensar en algoritmos, redes sociales, inteligencia artificial, crisis de atención, polarización. Pero hoy quiero proponerles que el problema de fondo no es la tecnología, sino la fragilidad de la palabra y del carácter de las personas que la usan. Y que, paradójicamente, para pensar el futuro necesitamos sentarnos a la mesa con los grandes autores políticos del pasado.
La tesis que queremos defender es sencilla: los clásicos políticos siguen siendo actuales porque comprendieron el vértigo del cambio y la inestabilidad del poder mejor que nosotros, y porque integraron con una precisión admirable qué significa gobernar, qué distingue a un buen gobernante, qué cualidades necesita y cuáles son los peligros propios del poder.
No escribieron desde un laboratorio aséptico de ideas, sino en medio de guerras, del surgimiento y caída de imperios, de intrigas cortesanas, nuevos mundos, corrupción e instituciones frágiles. Es decir: desde marcos tan convulsos como los nuestros.
En un contexto como el actual, marcado a nivel geopolítico por la crisis del orden internacional y a nivel local por la desconfianza hacia la actividad política, la polarización y una preocupante resignación social, recuperar el horizonte de los clásicos es algo más que un gesto cultural.
Es un modo de recordarnos que las categorías con las que discutimos hoy –ley, justicia, prudencia, bien común, pacto– tienen una historia, una profundidad y una exigencia que no caben en un eslogan ni en un hilo de redes.
Sin ese sustrato de largo plazo, podemos quedar presos del presentismo. Esto es, que cada coyuntura se viva como única, cada crisis como la peor de todas, cada nuevo líder como salvador o demonio absoluto.
Y en función de ello, queremos organizar esta reflexión en torno a una tríada que los clásicos tenían muy clara: buen decir, buen pensar y buen obrar. Retórica, prudencia y virtud. El arte de la palabra inseparable de la formación del carácter y de una ética del gobierno orientado al bien común.
Clásicos griegos y romanos: la palabra como pedagogía política
Isócrates, educar al ciudadano y al gobernante
Empecemos por Isócrates. No es tan conocido como Platón o Aristóteles, pero algunos estudios recientes lo consideran el verdadero fundador de la educación política en Occidente.
Isócrates vivió en la Atenas del siglo IV a.C., una ciudad que ya había pasado su momento de esplendor, sacudida por derrotas militares, conflictos internos y por la amenaza creciente de Macedonia. Aparentemente no pudo ser orador en la Asamblea por su voz débil y su timidez, pero fundó una escuela donde formó a futuros dirigentes, integrando retórica, ética y política.
Redactó una pieza oratoria que se llama “El Filipo” donde le propone al rey Filipo II de Macedonia (padre de Alejandro Magno) unificar a las distintas ciudades-estado griegas y liderarlas en una campaña militar conjunta contra el Imperio Persa. Ese discurso fue una de las causas del surgimiento del helenismo y uno de los giros históricos más importantes para Occidente. ¿Qué características debía tener un político para Isócrates?
- Logos (El buen decir): Entendido no solo como la habilidad de hablar bien, sino como el reflejo del pensamiento racional y ético.
- Prudencia (Phrónesis): Capacidad práctica para tomar decisiones correctas en situaciones políticas complejas y cambiantes.
- Cultura General (Kyklos Paideia): Currículo amplio que integraba historia, literatura, leyes y geografía como insumos para el discurso.
El buen decir exige formar el carácter: Isócrates veía la retórica como una herramienta vital para la mejora personal y cívica, que requiere una educación amplia en ética, política y filosofía para desarrollar la prudencia (phronesis) y responsabilidad pública.
Isócrates también destaca la idea de que la deliberación –el discutir públicamente los asuntos de la ciudad– como el verdadero método educativo: educa al pueblo y a dirigentes a la vez. Frente a la cultura de la reacción inmediata en redes, Isócrates nos recuerda que formar dirigentes implica entrenarlos en deliberar, escuchar argumentos, pensar en el largo plazo.
Esta pedagogía tiene una conexión con el aceleracionismo: nuestro problema no es que falten palabras, sino que abunda la palabra irresponsable. Isócrates diría que tenemos retórica sin educación política, discurso sin prudencia. Su propuesta de formar políticos a través del ejercicio paciente del discurso deliberativo es una alternativa radical frente a la lógica del tuit y del algoritmo.
Aristóteles: política, ética y prudencia
Pasemos a Aristóteles. Nacido en Estagira, vivió entre el final de la polis clásica y el ascenso de Alejandro Magno de quién fue su tutor. Conoció la crisis de la ciudad, el choque entre formas tradicionales y poderes imperiales.
En la Ética a Nicómaco y en la Política, Aristóteles sostiene que el fin de la comunidad política es la vida buena, no simplemente la supervivencia o la riqueza. La ciudad existe para que los ciudadanos puedan vivir “bien y no solo vivir”, es decir, para alcanzar la virtud y el florecimiento humano.
Al menos tres ideas son centrales para nuestra reflexión:
- Gobernar es ordenar hacia el bien común: Aristóteles distingue entre formas de gobierno justas –que buscan el bien común– e injustas –que buscan el interés de quienes gobiernan. La política auténtica es la que orienta las leyes y decisiones hacia ese bien compartido.
- La prudencia (phronesis) como virtud del gobernante: No basta el conocimiento técnico. El gobernante necesita prudencia: la capacidad de deliberar rectamente sobre lo que conviene hacer “aquí y ahora” para el bien de la comunidad. Para Aristóteles, la justicia y la prudencia se ejercen siempre en relación con el bien común de comunidades políticas concretas, no en abstracto.
- Peligros del poder: desmesura y corrupción: Para Aristóteles, toda forma de poder tiende a desviarse cuando se separa del bien común: el rey se convierte en tirano, el gobierno de los pocos en oligarquía, el gobierno de los muchos en demagogia. El antídoto es un entramado de leyes, instituciones y virtudes cívicas que limiten la arbitrariedad.
En la era del aceleracionismo, Aristóteles nos recuerda algo incómodo: la inteligencia técnica y especializada no reemplaza la prudencia. Podemos tener algoritmos sofisticados y al mismo tiempo decisiones políticas imprudentes, porque la prudencia exige tiempo, memoria, experiencia y educación del carácter. La ética y la retórica no son ornamentales: son condiciones para que el uso de la tecnología sea políticamente sensato.
Cicerón: el orador–estadista y la res pública
Cicerón es quizá el mejor ejemplo de orador–estadista. Vivió en el siglo I a.C., en plena crisis de la República Romana: luchas entre facciones, guerras civiles, ascenso de conductores militares como César y Pompeyo, erosión de las instituciones; cambio de época.
Cicerón fue abogado, orador, cónsul y filósofo político. La oratoria para Cicerón no era solo técnica, sino la combinación de sabiduría filosófica y dominio del lenguaje, expuesta en obras como De Oratore. Cicerón define cómo debe ser el orador ideal:
- El Orador Ideal: Debe ser un “hombre bueno” (vir bonus) con amplia formación en derecho, historia y filosofía, capaz de enseñar, deleitar y conmover (docere, delectare, movere).
- Continuidad de Cicerón en la Ratio Studiorum: Los jesuitas adoptaron el modelo humanista de Cicerón, que vincula el otium (cultivo del espíritu) con el negotium (praxis activa), adaptándolo a sus fines educativos cristianos.
La elocuencia ciceroniana nos interroga directamente: en la era de la política mediática, ¿buscamos simples comunicadores o verdaderos estadistas? La elocuencia sin deber y la técnica sin virtud son armas de doble filo y un riesgo para la vida social.
Tácito: el control del poder a través de la virtud del gobernante
Su prosa es densa, elíptica, cargada de una ironía mordaz y un realismo psicológico inédito. En sus escritos desmitifica el poder. No busca héroes, busca entender las debilidades humanas que mueven los hilos de la política.
- Realismo Político: Tácito no es teórico, sino que su enfoque se centra en cómo actúan los gobernantes en circunstancias excepcionales. No en el deber ser, sino en cómo realmente suelen hacerlo. La obra de Tácito se consideraba esencial para entender cómo mantener el poder en momentos de peligro.
- Importancia de la virtud: Para Tácito es fundamental el control del poder a través de la virtud y como contrapartida analiza con singular lucidez la corrupción a través de los vicios del gobernante. Por eso, le da suma importancia a la reputación y al arte de discernir la simulación.
- Es celebre su frase: “Ninguna fidelidad es segura cuando se compra con dinero”. El latín original reza: “Nullam fidem esse in iis qui ad ea quae non habeant emantur”.
- Su pensamiento es continuado en la España del siglo XVI y XVII: Tácito se presentó como el representante magistral de la vida cortesana.
Tácito nos brinda una lección de realismo político, destacando la importancia de la reputación y de la virtud frente a la corrupción del poder.
La Tradición Hispánica y Jesuítica: prudencia en tiempos de crisis
Dando un salto hacia los siglos XVI y XVII, la Monarquía Hispánica del Siglo de Oro —marcada también por desafíos geopolíticos titánicos, tensiones fiscales y luego un declive lento, pero sin pausa— maduró creativamente estas categorías bajo el influjo de la Escolástica y el humanismo renacentista español.
La Escuela de Salamanca y los límites al poder
Teólogos y juristas de la talla de Francisco de Vitoria y Francisco Suárez estructuraron una visión orgánica de la sociedad fundada en el derecho natural y la dignidad humana.
- Plantearon que el poder político no es absoluto, sino que se funda en el consentimiento de la comunidad y encuentra límites estrictos. Si un gobernante actúa de manera tiránica contra el bien común, la comunidad tiene derecho legítimo a resistirlo.
- Eso significa que estos autores se preguntan: ¿qué hace legítimo a un gobierno?, ¿cuándo deja de serlo?, ¿cómo se protege de la dignidad humana? ¿cómo se protege a la comunidad frente al abuso del poder? ¿cómo se regula la comunidad internacional?
En un contexto como el nuestro, donde se habla de “crisis de las democracias” y de “fatiga institucional”, la Escuela de Salamanca nos ofrece un modelo que combina soberanía popular, límites al poder, defensa de la dignidad humana y centralidad del bien común, articulado con una visión fuerte de la ley como expresión racional de ese bien.
La Ratio Studiorum y la Eloquentia Perfecta
En paralelo, la Compañía de Jesús desarrolla a fines del siglo XVI (1599) la Ratio Studiorum, un plan de estudios unificado para sus colegios. En el corazón de ese programa aparece el ideal de la eloquentia perfecta: formar sujetos capaces de unir excelencia intelectual, estilo y virtud para el servicio de la Iglesia y de la comunidad política.
Aunque el documento es complejo, podemos destacar en lo que respecta a nuestro tema, tres ideas:
- La formación del dirigente no es solo técnica, exige humanidades clásicas (latín, griego, retórica, poética), filosofía y teología, para forjar juicio y carácter.
- La elocuencia perfecta es, de nuevo, mucho más que hablar bien, es hablar verdadera y prudentemente, con un estilo adecuado, desde una vida coherente, con espíritu de finura (capaz de un discernimiento sofisticado, con capacidad de comprender la complejidad de la realidad).
- Se busca formar “hombres de peso”, capaces de ejercer cargos públicos, diplomáticos, académicos y pastorales en contextos muy distintos, manteniendo una brújula moral y una inteligencia aguda.
Si lo traducimos a nuestro mundo acelerado, la Ratio Studiorum nos recuerda que no se forman dirigentes con cursos exprés de liderazgo ni con tutoriales de oratoria en YouTube. Se forman con años de estudio, disciplina intelectual, vida moral y entrenamiento en el uso responsable de la palabra.
Baltasar Gracián: el “Oráculo manual y el arte de la prudencia” y “el Héroe”
Baltasar Gracián, jesuita aragonés del siglo XVII, es quizás la voz más aguda sobre la prudencia en tiempos de crisis. Nos vamos a referir a dos de sus obras, El Héroe y Oráculo manual y arte de la prudencia. En esta última obra ofrece trescientos aforismos para vivir y obrar con sabiduría en el mundo de la corte, de la política y de las armas. La obra es concebida como un manual donde forma a un sujeto capaz de navegar la ambigüedad, la envidia, la intriga y la corrupción sin perder la integridad. Gracián enseña, entre otras cosas, a leer la realidad más allá de las apariencias; a medir tiempos, silencios, alianzas: la prudencia como inteligencia práctica; a equilibrar ideal y realismo sin caer ni en el cinismo ni en ingenuidad. Algunos de sus aforismos fueron:
- Refina lo que te dio la naturaleza. “No hay belleza que no haya sido trabajada, ni virtud que no luzca bárbara sin el brillo de la elaboración. Lo que se pule mejora lo malo y perfecciona lo bueno. Si te quedas en lo que te dio la naturaleza, seras común y corriente.”
- Aplícate cada día al arte de superarte. “Vive siempre en disposición de dar a los demás. Quien gobierna gana gran crédito si da, si hace el bien. Es la elegante manera del soberano de conquistar el afecto de todos.”
- Si tienes grandeza interior, eres persona mejor. “Siempre valdrá más lo interior que lo exterior. Sujetos hay que son sólo fachada, como casas a medio acabar, porque les faltó fuerza interna: tienen entrada de palacio y habitación de choza.”
- Sé juicioso y observador. “Así dominarás las situaciones, en vez de que ellas te dominen a ti. Penetra con tu pensamiento hasta lo más profundo, aprende a analizar y juzgar todo. Cuando veas a una persona, estudia y valora su esencia profunda.”
- Nunca te quejes. “El que se queja se desacredita. Es más probable que quien te escucha se moleste en vez de consolarte.”
En su libro sobre el héroe, Gracián aclara que no se trata exclusivamente de un héroe militar, sino de algo mucho más complejo. El héroe de Gracián se caracteriza por una conjunción de prendas o cualidades. El libro está dividido en primores. Los primores iniciales están relacionados con cualidades innatas, para ir dando paso más tarde a las adquiridas. Así lo probaría el siguiente texto del final del tercer primor: «Hasta aquí, favores de la naturaleza; desde aquí, realces del arte» (p. 14). El mismo Gracián explica más adelante la necesidad de aunar las dos condiciones para lograr la condición de héroe:
«De las prendas, unas da el Cielo, otras libra a la industria; una ni dos no bastan a realzar un sujeto. Cuanto destituyó el cielo de las naturales, supla la diligencia en las adquiridas. Aquellas son hijas del favor; éstas, de la loable industria, y no suelen ser las menos nobles» (VI, p.18).
De ahí que las prendas dedicadas a ponderar cualidades innatas y adquiridas se mezclan en el cuerpo de El Héroe. De ser posible la distinción, las prendas más importantes tendrían que ver con la eminencia: ser el primero (VI-VII), la fortuna (X-XI), y con tres cualidades meritorias —despejo[1], imperio natural y simpatía (XIII-XV)—, así como las relacionadas con el alcance de la virtud (XX).
El “varón máximo” debe poseer juicio, voluntad, ingenio, gusto, eminencia, excelencia, gracia, simpatía, autodominio, dinamismo, pero sin mostrar todas sus cartas: “todos te conozcan, ninguno te abarque. Que con esta treta lo moderado parecerá mucho, y lo mucho, infinito, y lo infinito, más”.
En un mundo acelerado, de sobreinformación y de ruido, Gracián es un maestro de la economía de la atención y del juicio: saber qué ver, qué callar, qué decir, cuándo hacerlo. Su “arte de la prudencia” exige mucho dominio de sí mismo, mucha grandeza y, por último, una gran fortaleza.
Saavedra Fajardo: educación del príncipe en cien empresas
Diego de Saavedra Fajardo, diplomático murciano del siglo XVII, escribe la “Idea de un príncipe político cristiano representado en cien empresas”, un tratado ilustrado que ofrece, a través de emblemas, lemas e interpretaciones, una auténtica pedagogía del gobernante.
En la obra de Saavedra Fajardo se considera y caracteriza con singular agudeza a la naturaleza humana. Ahí muestra el autor una feliz vinculación de su saber clásico con los resultados de su propia observación y reflexión personales, servidas en este punto por una sensibilidad humanista muy marcada.
La educación del príncipe ofrece pretexto a Saavedra para desplegar sus ideas pedagógicas. Parte de la diferencia de los ingenios y de la necesidad de que la formación sea precoz, pues «la enseñanza mejora a los buenos, y hace buenos a los malos»; «no hay ingenio tan duro en quien no labre algo el cuidado y el castigo», pero considera que su eficacia no es absoluta, porque hay naturalezas que son inmunes a la corrección.
Su idea pedagógica se dirige contra el especialismo, tan desarrollado en nuestros días: «Una profesión sin noticia ni adorno de otras es una especie de ignorancia, porque las ciencias se dan las manos y hacen un círculo» (Empresa VI).
También se refiere a la fuerza formativa predominante del ambiente y de la tradición doméstica: «Apenas tiene el príncipe discurso, cuando, o le lisonjean con las desenvolturas de sus padres y antepasados, o le representan aquellas acciones generosas que están como vinculadas en las familias. De donde nace el continuarse en ellas de padres a hijos ciertas costumbres particulares, no tanto por la fuerza de la sangre, pues ni el tiempo ni la mezcla de los matrimonios las muda, cuanto por la corriente estilo de los palacios, donde la infancia las bebe y las convierte en naturaleza» (Empresa II).
La Idea de un príncipe político cristiano no es un manual teórico, sino un espejo en el que el gobernante puede ver reflejados el auge y la ruina de reinos y dinastías. Es, literalmente, una “escuela de memoria histórica” para el poder.
En esta obra, Saavedra Fajardo parte de la experiencia directa de la diplomacia y de la crisis del imperio español en Europa, y ve la necesidad de que el gobernante esté dotado de visión de largo plazo, integridad moral y dominio de sí. Advierte al príncipe sobre los peligros de la soberbia, la imprudencia, la ceguera ante los signos de decadencia. E insiste en la necesidad de prudencia, moderación, capacidad de escuchar consejos, memoria histórica. Dice los siguiente sobre la paciencia: “Quien mira lo espinoso de un rosal, difícilmente se podrá persuadir a que entre tantas espinas haya de nacer lo suave y hermoso de una rosa.” Sobre la soberbia: “Más reinos derribó la soberbia que la espada, más príncipes se perdieron por sí mismos que por otros.” Sobre la fortaleza: “Rendirse ante la adversidad es mostrarse de su parte.” Sobre las leyes: “Sobre las piedras de las leyes, no de la voluntad, se funda la verdadera política.”
Los “cinco ganchos” de O’Malley y la resistencia humanística
Si algo nos enseñan los clásicos es que la crisis contemporánea no es solo tecnológica, es antropológica y moral. Nuestros dispositivos cambian más rápido que nuestra capacidad de gobernarlos. Por eso, frente al aceleracionismo tecnológico y cultural, no necesitamos nostalgias, sino escuelas de formación profunda, escuelas que unan el arte del buen decir con el buen pensar y el buen obrar.
Isócrates y Aristóteles, Cicerón, Tácito, la Escuela de Salamanca, la Ratio Studiorum, Gracián y Saavedra Fajardo, entre muchos otros, pueden ser aliados para formar dirigentes con hondura ética, lucidez intelectual y sentido del bien común. Dirigentes capaces de habitar este tiempo sin rendirse ni al cinismo ni a la ingenuidad, y de usar la tecnología como instrumento al servicio de la persona y de la comunidad política, y no al revés.
El célebre historiador jesuita John O’Malley de las universidades de Fordham y Georgetown, nos legó cinco razones fundamentales —los “cinco ganchos”— para revisitar este legado clásico frente a la creciente dataificación y deshumanización de la experiencia contemporánea:
- La mosca en la botella: Romper las presunciones individuales y salir de la zona de confort para interrogarse por el significado profundo de la vida.
- Herencia y perspectiva: Comprender la historia para apreciar las expresiones más sofisticadas del espíritu humano a través del tiempo.
- No nacemos solo para nosotros mismos: El imperativo moral de usar la elocuencia y el conocimiento no para el beneficio personal cínico, sino para el bien común.
- Eloquentia perfecta: La habilidad de decir exactamente lo que se quiere decir, con gracia y fuerza persuasiva; un vector fundamental para el liderazgo real, superior a la mera competencia técnica.
- El espíritu de finura: El cultivo de la sutileza humanística frente al “espíritu geométrico” de la lógica absoluta. La literatura clásica enseña a navegar los nudos de la vida y cultiva la prudencia frente al reduccionismo del Big Data.
La “rapidación”, como la define el Papa Francisco, no solo acelera el tiempo, también atrofia la memoria y empobrece drásticamente nuestro lenguaje. Y una política sin memoria y sin palabras está condenada a degradarse en pura técnica predictiva o en pura emoción irracional.
La vigencia de los clásicos políticos frente al aceleracionismo tecnológico radica, en definitiva, en su llamado más urgente: recordarnos que ninguna innovación técnica podrá sustituir jamás la difícil, lenta y paciente tarea de formar seres humanos dotados del carácter, la brújula moral y las habilidades necesarias para gobernar bien.
[1] Es la habilidad para desenvolverse con agilidad mental, naturalidad, ingenio y soltura. Es la capacidad de pensar y actuar rápidamente, mostrando una inteligencia clara y sagaz frente a las circunstancias de la vida.



