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HEIDEGGER EN EL VATICANO

29 Jun. 2026
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Huir a refugiarse en lo igual está exento de peligro. El peligro está en atreverse a entrar en la discordia para decir lo mismo.

Concluida la primera oleada de citas descontextualizadas, resúmenes y minutas ad hoc fabricadas con ChatGPT a partir de la carta encíclica Magnifica Humanitas, puede decirse con Martin Heidegger que, sobre lo esencial de las ideas de León XIV acerca del paradigma tecnocrático, ciertamente se escribe mucho, pero se piensa poco. Aunque, ¿qué correspondería pensar? Tal vez eso que bajo los mismos principios histéricos de la información se decide de antemano que es desechable por incomprensible. Por ejemplo: qué es y cómo se piensa lo “humano del hombre” y en consecuencia el humanismo.

Lo siguiente, por lo tanto, son apuntes dispuestos a tal fin. ¿Cuál es exactamente la “magnífica humanidad” que constituye lo “humano del hombre” y hasta qué punto y de qué forma se articula el subsecuente antagonismo, presentado por el Papa en su encíclica, entre el “mundo humano” del hombre y el “mundo inhumano” de la digitalización? ¿No es ésta, como diría Heidegger, la única cuestión que suele darse demasiado rápido por sobreentendida, aunque permanezca desde hace mucho incuestionada? ¿Hay otra pregunta más fundamental cuando el propio León XIV advierte acerca del “riesgo de deshumanización” del hombre?

¿Por qué la técnica no es neutral?

A cincuenta años de su muerte, la célebre meditación heideggeriana a propósito de que la técnica no es neutral es el núcleo de una encíclica papal, igual que la idea de que lo que la Santa Sede llama “paradigma tecnocrático”, que intenta reducir todo lo existente a objeto de dominio, se asemeja mucho a lo que hace más de setenta años, en La pregunta por la técnica, Heidegger señaló como la esencia de la técnica moderna: el establecimiento de una “estructura de emplazamiento” que reduce al mundo a una finalidad “provocante”, es decir, a una fuente calculable de recursos explotables. ¿Deberían sorprendernos estas silenciosas confluencias? Quizás alteren a los sensibles alarmistas de siempre, los que solo saben (y solo quieren saber) que Heidegger fue nazi, aunque sería dudoso que impresione a quienes conocen su pensamiento y sus lejanos orígenes católicos, y sobre todo a quienes están verdaderamente al tanto de lo que hoy demanda ese “mantener ante la vista el extremo peligro”, en palabras de Heidegger, necesario para no tener miedo a “ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo”, en palabras de León XIV.

En todo caso, tanto para Heidegger como para el Vaticano, la técnica moderna no es neutral porque en su esencia opera un único modo de transformar o “desocultar” lo existente con el fin único de perpetuar la lógica que solo hace posible el cálculo, y nada más. Es ingenuo, por lo tanto, quien piense que la técnica moderna se define a partir de su uso. Tal técnica no es un medio para determinados fines ni varía en su funcionalidad: tal como escribe el Papa, eso no se define por un “sí” o un “no”, ya que el único uso y la única finalidad esencial de la técnica moderna es reducir todo lo que es a un catálogo de recursos o, en términos heideggerianos, a “existencias”.

El otro gran paso en falso, esquivado tanto desde Friburgo como desde Roma, es plantear ante la esencia de la técnica moderna una inocua posición de negación, resistencia o tecnofobia. Saber lo que la fundamenta, entender por qué no es neutral y ser capaces de pensar su esencia no la vuelve buena ni mala. En su típica sensibilidad bávara, Heidegger usó una vez un ejemplo didáctico: la técnica capaz de cosechar de manera automática miles de hectáreas de un campo para alimentar a un pueblo puede también cosechar de manera automática miles de cadáveres en un Todeslager para exterminar a un pueblo, tal como hicieron los alemanes con su maquinaria genocida en Europa y hoy hacen los israelíes con su maquinaria genocida en Gaza, Cisjordania y el Líbano.

Lo que diferencia al Zyklon B que aniquilaba a civiles inocentes en Auschwitz1 de los misiles automatizados por el software de Palantir que aniquila a civiles inocentes en Khan Younis son paquetes accionarios y voluntades de poder, pero también un tecnicismo jurídico tan sustancial como irresuelto. ¿Es un sistema automatizado responsable ante la ley de las muertes que provoca? ¿Hasta qué punto son responsables las personas u organizaciones que tienen control, conocimiento y participación en la respuesta automatizada que produce esas muertes, por ejemplo, en el particular contexto de un crimen de guerra o un crimen contra la humanidad? ¿Qué dirán las placas memoriales que se erijan en Palestina en homenaje de los miles de seres humanos asesinados por los ataques automatizados de la Inteligencia Artificial? ¿“En este lugar Palantir y OpenAI asesinaron a más de 100.000 personas”? ¿Cuál debería ser la inscripción correcta?

De lo que se trata, siguiendo el pensamiento de Heidegger, es de entender que el que nos plantea la técnica es solo un “destino” posible para el hombre y el mundo. En Magnifica Humanitas, cuando habla sobre los “pequeños grupos pero muy influyentes” (Altman, Musk, Karp, Zuckerberg, Amodei, Page, entre otros CEOs) que manejan la industria de la Inteligencia Artificial en Occidente y definen, incluso, qué vidas son “menos dignas”, entre otras operaciones tecnológicas semejantes para moldear la toma de decisiones, León XVI sintetiza el verdadero asunto en una pregunta: “¿Quién programa y quién es objeto de esa programación?”.

¿Qué humanidad está en peligro?

Si la técnica no es neutral y si lo que peligra bajo su “estructura de emplazamiento” es cualquier otro horizonte existencial de la humanidad que no sea la técnica, es importante preguntarnos con cuidado qué es la humanidad. El Vaticano y Heidegger coinciden plenamente en que lo que impone la técnica moderna en su versión digital, o “cibernética”, como la llamaba Heidegger, es un “lenguaje único” que reduce al hombre y al mundo al “rendimiento”. Y también coinciden en que ese lenguaje y su principio calculador dan forma y consolidan nuevas formas de “poder global”, lo que en palabras de Heidegger era una “mundialización”. A partir de ahí, sin excesivos esfuerzos, podrían derivarse más afinidades. Lo que alrededor de los “monopolios de la Inteligencia Artificial” el Papa define en su encíclica como la construcción de un “puro poder carente de verdad” y la construcción tecnológica de un “dominio de las conciencias” tampoco está lejos de lo que Heidegger, desde mediados del siglo pasado, llamaba “maquinación”, ni de sus prevenciones contra la “dictadura de la opinión pública”. Las afinidades terminan cuando el pensar se dirige hacia lo humano.

El “mundo humano” para el Vaticano es aquel que permite un desarrollo integral del hombre bajo los principios de amor y caridad cristianos, de modo que se pueda “edificar en el bien y en la paz”. A partir de ahí, lo humano de la humanidad, y por extensión lo humano del programa humanista cristiano, encuentra su fundamento en la dignidad inalienable del vínculo esencial del hombre con el amor de Dios. Es esta comunión con Dios la que dona una “dignidad ontológica” en lo que, tal como puede leerse en Magnifica Humanitas, Dios llama al hombre a ser. En oposición, el “mundo inhumano” es aquel que bajo la forma de la guerra, el asesinato, la manipulación y la pauperización niega ese valor intrínseco de lo humano, impidiendo o nublando el “discernimiento moral” necesario para que los creyentes custodiemos “la magnífica humanidad brindada como don”.

Si el desarrollo de la Inteligencia Artificial resulta sensible en este esquema es precisamente porque, como repite León XIV, es una tecnología con virtudes, pero también con la inevitable propensión a afirmar y razonar solo lo que ha sido adiestrada por sus dueños y financistas para afirmar y razonar de acuerdo con las conveniencias de esos dueños y financistas. ¿Quieren ver una danza de ambigüedades argumentativas y tartamudeos digitales al estilo de un infiel atrapado in fraganti? Pregúntenle a ChatGPT o Gemini si en Gaza hay un genocidio, si Nicolás Maduro fue secuestrado por los Estados Unidos o, para aprovechar una disputa vaticana directa con Donald Trump, si la guerra de Israel y los Estados Unidos contra un supuesto plan nuclear de Irán es una “guerra justa”. Es por esto que el Papa repite la metáfora de una “Babel moderna” que “deshumaniza” en su carrera por establecer un control.

Para Heidegger las cosas no son tan claras ni van a volverse claras en lo inmediato. Para pensarlas con cuidado, de hecho, primero habría que liberarse de la interpretación técnica del pensar, que asume un procedimiento “teórico” que empuja a la filosofía a elevarse a sí misma por temor a perder su prestigio al rango de ciencia, lo cual para Heidegger significa el abandono de la esencia del pensar. Ahora bien, esa esencia solo puede recuperarse si el pensar retorna a su esencia. Y, a partir de ahí, “el pensar, dicho sin más, es el pensar del ser”. En su Carta sobre el humanismo, publicada en 1947, Heidegger escribe que “el pensar es aquello que es según su procedencia esencial” y que el pensar “es” significa que “el ser se ha adueñado destinalmente de su esencia”.

Si este otro pensar resulta un tanto oscuro, consideren antes de rendirse que en el penoso derrotero de la Escuela de Frankfurt está Jürgen Habermas, cuyas ideas sobre la comunicación, la ética y la democracia, sin duda más transparentes y accesibles, solo le sirvieron a uno de sus alumnos más conocidos, Alex Karp, el CEO de Palantir, la empresa de Inteligencia Artificial de Peter Thiel, para “reírse” de Heidegger mientras bombardea bajo las órdenes de Israel hospitales y escuelas en Gaza con una actitud de particular tenor psicopatológico. Pero no nos desviemos. Lo importante es esto: “Adueñarse de una cosa o de una persona en su esencia quiere decir amarla, quererla”, escribe Heidegger. Luego agrega: “La capacidad del querer es propiamente aquello en virtud de lo cual algo puede llegar a ser”. Y entonces: “A partir de dicho querer, el ser es capaz de pensar. Aquél hace posible éste. El ser, como aquello que quiere y que hace capaz, es lo posible”. ¿Este amar es equivalente al amor cristiano? Veremos que no. Pero sigue siendo amor. No es poco entre la inmensa oscuridad de la maldad que nos rodea.

Respecto a la esencia del ser humano, es a partir del “pensar del ser” que Heidegger replantea la pregunta acerca de si la “preocupación por el hombre” no debería primero “reconducir nuevamente al hombre a su esencia”. De lo contrario, el humanismo sigue siendo apenas un llamado al cuidado para que “el hombre sea humano en lugar de no-humano”. Pero, ¿sabemos en qué consiste la humanidad del hombre? En su esencia, responde Heidegger. Y entonces, “¿desde dónde y cómo se determina la esencia del hombre?”.

Para el cristianismo hay una respuesta ya refrendaba en Magnifica Humanitas, respuesta que Heidegger describe de la siguiente manera: “El cristianismo ve la humanidad del ser humano, la humanitas del homo, en la delimitación frente a la deitas”, es decir, frente a Dios. En consecuencia, “el hombre no es de este mundo desde el momento en que el mundo, pensado de modo teórico-platónico, es solamente un tránsito pasajero hacia el más allá”, gracias a lo cual si el cristianismo es un humanismo, lo es porque según su doctrina todo se orienta a la salvación del alma del hombre y la historia de la humanidad se inscribe en el marco de dicha historia de redención.

¿Qué es lo “humano” del humanismo y la humanidad?

Heidegger escribe que por diferentes que puedan ser los distintos tipos de humanismo en función de su meta y fundamento, del modo y los métodos empleados para su realización y de la forma de su doctrina, en cualquier caso, “siempre coinciden en el hecho de que la humanitas del homo humanus se determina desde la perspectiva previamente establecida de una interpretación de la naturaleza, la historia, el mundo y el fundamento del mundo, esto es, de lo ente en su totalidad”. ¿Por qué esto es importante? Porque toda determinación de la esencia del hombre que presupone la interpretación de lo ente sin plantear la pregunta por la verdad del ser es “metafísica”, es decir, filosofía que ha olvidado la pregunta por el ser y su pensar.

La “metafísica” es por eso incapaz de cuestionar y pensar lo que es digno de ser cuestionado. Y de esto se deriva algo fundamental: “humanismo” no significa nada en la medida en que lo “humano” permanezca impensado por una “metafísica” anclada en el olvido del ser. Mientras permanezca en ese olvido, la “metafísica” se cierra al hecho de que el hombre sólo se presenta en su esencia en la medida en que es interpelado por el ser. Este es el fundamento ontológico heideggeriano, a partir del cual, en caso de persistir en la palabra “humanismo”, deberíamos pensar en algo más extático que el hombre simplemente como tal: la esencia del hombre, al fin y al cabo, es esencial para la verdad del ser. Pero, ¿puede esto seguir llamándose “humanismo” si se declara en contra de todos los humanismos hasta ahora existentes y al mismo tiempo no es “portavoz de lo inhumano”?

Atento a las sensibilidades desgarradas de entonces (y de ahora), Heidegger aclara que su posición contra el humanismo no significa ninguna defensa de lo inhumano ni la glorificación de la “brutalidad bárbara” (mutatis mutandis, del nazismo). Y tanto antes como ahora (y tal vez ahora mucho más que antes) la advertencia explicativa es relevante: “Estamos tan imbuidos de lógica que todo lo que va en contra de la habitual somnolencia del opinar pasa a ser considerado en el acto como una oposición que debe ser rechazada”. Al margen, es notable que lo que Heidegger apenas entrevió en su tiempo como posibles reversiones perversas del humanismo luego tomaría forma concreta en lo que León XIV aborda en su encíclica al tratar con el posthumanismo y el transhumanismo. Para el Vaticano, tanto una como otra variante “en la ciudad de Babel” persigue lo mismo: dejar atrás lo humano y superar sus límites, lo cual para el cristianismo significa destituir lo humano del hombre y corroer maléficamente el “llamado a la trascendencia de sí mismo, no para huir de la realidad, sino para realizarse en el amor”.

Para Heidegger lo “humano” del humanismo y la humanidad no está en el amor, sino en el ser. El ser no es ni dios ni un fundamento del mundo. El ser está fundamentalmente más lejos que todo ente. El ser es lo más próximo. Pero la proximidad, dice Heidegger, es lo que más lejos le queda al hombre. El ser otorga al hombre su “ex-sistencia”, su “extático estar dentro de la verdad del ser”, y esa existencia es muy distinta a la que solo es pensada metafísicamente. Quien permanece en el pensamiento de la metafísica, por lo tanto, será incapaz de llegar a las supremas determinaciones humanistas del hombre. Quien piense a la luz del ser, en cambio, podrá poner “la humanitas del hombre a suficiente altura”, y eso, remarca Heidegger, significa mucho más que reducir a “valor” al hombre, la civilización y la cultura. ¿Qué significa pensar “valores”? La mayor blasfemia que se pueda pensar contra el ser.

En definitiva, pensar la verdad del ser significa también pensar la humanitas del homo humanus. Lo que hay que hacer, según Heidegger, es poner la humanitas al servicio de la verdad del ser, pero sin el humanismo en sentido metafísico.

¿Dónde termina la relación entre Heidegger y el Vaticano?

El hombre es y debe ser “el pastor del ser”: quien guarda la verdad del ser. ¿Verdad? ¿Resguardo? ¿Pastor? ¿Hay en esto un aroma a cristiandad? Heidegger traza algunos grados severos de separación: si existe lo sacro, el único espacio esencial de la divinidad, lo único que permite que se abra la dimensión de los dioses y el dios, “sólo llega a manifestarse si previamente, y tras largos preparativos, el ser mismo se ha abierto en su claro y llega a ser experimentado en su verdad”. Y entonces el corte con el cristianismo es total: “Cuando se declara a ‘dios’ el ’valor supremo’, lo que se está haciendo es devaluar la esencia de dios.

Vale la pena recordar que en Magnifica Humanitas esa devaluación tampoco pasa desapercibida, por eso León XIV escribe contra quienes utilizan el nombre de Dios para legitimar “el terrorismo, la violencia o la guerra” y “traicionan su rostro”, precisamente porque “luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma”. ¿Será una referencia a los llamados de Benjamín Netanyahu al genocidio contra los palestinos y los libaneses “justificado” en su invocación bíblica de Amalec? ¿Será eso lo que encona a Peter Thiel contra el Vaticano y nutre sus delirios girardianos del Anticristo? No podemos saberlo, pero podemos especular2.

Para quienes no la conocen, la historia en el Antiguo Testamento citada de forma recurrente por Netanyahu es que Yahvé le recordó al rey Saúl lo que debía hacer frente al primer pueblo que los judíos enfrentaron en el desierto, los amalecitas: “Derrotarás a Amalec y decretarás el anatema sobre todo lo que posee: no tendrás piedad de él y matarás a hombres y mujeres, niños y lactantes, bueyes y carneros, camellos y asnos”. Según la investigación de la ONU que probó que las Fuerzas de Defensa de Israel, “las más morales del mundo” según Netanyahu, disparan en particular a chicos y bebés palestinos de manera sádica y sistemática, las palabras del Papa no son en vano e incomodan aquello que Roberto Calasso describía como “la máxima aspiración en cualquier circunstancia de los hijos de Israel”: cruzar el mar, en este caso de sangre, sin mojarse los pies.

La relación entre Heidegger y el Vaticano se interrumpe desde el momento en que, para el pensar del ser, lo que el cristianismo entiende por “trascendente” es lo “ente suprasensible”, y este se toma por “ente supremo” y “causa primera de todo ente”. En el pensamiento heideggeriano, Dios no es la causa primera, no separa lo terrenal de lo celestial, ni lo mundano de lo espiritual. Aun así, Heidegger no toma una posición abiertamente atea, como harían algunos de sus imitadores franceses poco tiempo después. La determinación existencial de la esencia del hombre, advierte, no ha decidido nada sobre “la existencia de dios” o su “no-ser”.

Solo a partir de la verdad del ser se puede pensar la esencia de lo sagrado y solo a partir de la esencia de lo sagrado se puede pensar la esencia de la divinidad, de tal modo que solo a la luz de la esencia de la divinidad puede ser pensado y dicho qué debe nombrar la palabra “dios”. ¿Pero cómo iniciar todo este pensar si el hombre todavía no se piensa en serio a sí mismo y teme deshumanizarse sin antes pensar qué lo hace humano? En este punto haya tal vez un inesperado principio de reconciliación: en el llamado papal de Magnifica Humanitas a una distinción moral entre el bien y el mal, distinción que hoy sus amos le conceden interesada y deliberadamente a la Inteligencia Artificial para que mate de manera indiscriminada en los campos de batalla sin ensuciarse las manos, ¿no asoma “el único mal” que Heidegger señalaba en esta “era mundial”, el “mal” que aleja al hombre del claro del ser? En lo que Heidegger y el Vaticano quizás coincidirían es en que, a través del amor cristiano o una ética de la existencia dirigida al ser, tanto lo que uno llamaba “el hombre de la técnica” como lo que el otro llama “usuarios poco conscientes”, ante la desmesura de su desconcierto, se requiere algunas reglas. De lo contrario, los planes y los actos están sometidos a las reglas de la técnica.

¿Qué significa para Heidegger lo sagrado, la divinidad y Dios?

Lo sagrado es una posibilidad latente ahí donde el ser habla y se experimenta. Y quienes mejor articulan el habla del ser son los poetas. En el tiempo de la huida de los dioses, la tarea del poeta es fundar la palabra que recobre para el hombre el sentido de su mortalidad pero también la divinidad de los dioses. Desde ya, si alguna vez escucharon que a Heidegger se lo acusara de “místico”, es en especial por esta parte de su pensamiento. Pero no hay que perder la serenidad ni la apertura al misterio. ¿De qué se trata aquello de la “huida de los dioses”? Al hecho de que bajo la consagración de la “estructura de emplazamiento” como único horizonte posible para el hombre y el mundo, en medio de esa oscuridad y desconcierto, aún puede advenir el espacio de lo sagrado. ¿Cómo? A través de ese mismo desamparo que muestra, a su vez, la huella de la salvación. Lo sagrado vincula con lo divino y lo divino vincula con el dios. Simone Weil no podría decirlo mejor: la ausencia de Dios es la huella de lo divino mismo.

Lo sagrado no equivale al dios, que por eso se mantiene alejado. En el habla del poeta se ejercitan aproximaciones, de ahí que Heidegger sentencie que es el poeta quien espera al dios. Demasiado tarde para los dioses y demasiado temprano para el ser, tampoco conviene hacer designaciones objetivas de los dioses. Es interesante que para Heidegger solo quienes manipulan a su dios y “lo utilizan como una navaja” son quienes creen que “Dios ha muerto”, como escribió Nietzsche. ¿Y cuando pierde su navaja? Pues no está más ahí. Forzando apenas la idea, podría decirse que desde el Vaticano se previene contra una trampa similar cuando Magnifica Humanitas advierte acerca de un uso calculador semejante de la Inteligencia Artificial: cuando la inteligencia se “absolutiza” y se repliega en sí misma, escribe León XIV, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana.

¿Son parte de esa “absolutización” los incansables publicistas-críticos de Silicon Valley, repitiendo que la Inteligencia Artificial ya lo domina y lo controla todo, que no hay ninguna escapatoria, y que deberíamos resignarnos a aceptarla y entenderla, en lo posible con los seminarios, maestrías, cursos, conferencias y libritos que ofrecen al paso? En todo caso, dirá Heidegger, si “un” dios ha muerto, es el dios de la metafísica y el de la fe, y su muerte deja abierto el espacio de un divino auténtico. En otras palabras, si para la religión “fe” significa “tener por verdadero” y esa atribución aceptada de verdad libera de todo saber, Heidegger opta por el camino de una fe más originaria que la religiosa, una fe apegada a la esencia de la verdad en el ámbito del ser. Jean Beaufret, a quien la Carta sobre el humanismo estaba dirigida en un principio, lo formuló así: no se trata de si algún dios es capaz de ser, sino si el ser, una vez más, será capaz de un dios. El último de ellos.

Última concordancia entre Heidegger y el Vaticano. Tal vez sea casualidad, tal vez no. La Carta sobre el humanismo termina con una célebre invocación al pensar del ser que “traza en el lenguaje surcos apenas visibles”. Estos son aún más tenues que los surcos que el campesino, con paso lento, escribe Heidegger, “abre en el campo”. León XIV, en su Magnifica Humanitas, cita a John Ronald Reuel Tolkien: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”. Una voluntad común de meditar a la luz de los labriegos. ///// DB

1 León XIV menciona las cámaras de gas de Auschwitz al reflexionar acerca de la “corrupción moral” y la “deshumanidad”, y cuando advierte que hoy “se entrega el pasado al olvido”. ¿Es posible conectar esto con la advertencia contra quienes permiten que la IA bombardee “civiles, hospitales, escuelas y niños”? Difícil no pensar en lo que Israel hace en Gaza y Líbano, o lo que los Estados Unidos e Israel hicieron contra la escuela primaria femenina en Minab, en Teherán. De paso: al igual que para Heidegger, es en el arte donde Magnifica Humanitas encuentra la verdad que salva ante el peligro. Y menciona como ejemplo La lista de Schindler, no sin dejar de advertir que hay en marcha “guerras de expansión territorial” que se sirven de la manipulación del Holocausto y su narrativa.

2 El Papa no cita a Martin Heidegger en su encíclica, sería demasiado. Pero cita a la mujer que Heidegger amó durante toda su vida y con la que discutió sus ideas hasta casi su último aliento: Hannah Arendt. Su aparición en Magnifica Humanitas está vinculada a la verdad y la democracia bajo la amenaza de “un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz”.

Disclaimer. Contenido libre de financiación del Departamento de Estado.
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