Mandalorian y Grogu
Jon Favreau
Walt Disney Studios Motion Pictures, 2026
132 minutos

Por Hernán Vanoli. Bajo la dirección de Jon Favreau, Mandalorian había logrado en convertirse en una serie casi perfecta, al menos en su segunda temporada. Lo dice alguien que detesta a las series. Mandalorian lograba deglutir el mito de la primera mitad del siglo XX norteamericano -el western como ética- sintetizándolo con el de la segunda mitad -la posmodernidad neoliberal como ética-. El significante amo que domaba esta unión problemática era la paternidad, la imposible relación entre un padre y su hijo, sólo realizable ante la sombra de la muerte. Se trataba de una obra maestra nutrida del pathos de Occidente moderno, emocionante y sagaz. Pero el traspaso entre una serie exitosa y una película es quizás aún más desgraciado que el traspaso entre una novela y una película. Sucedió con Los Simpsons y con South Park, por dar dos ejemplos esencialmente tristes y yanquis. Mandalorian y Grogu, la película, no se queda atrás y cumple lastimosamente con este axioma. La película es tres episodios de la mejor temporada de la serie pero mal ensamblados, a los que para colmo se les suman comic reliefs y escenas de acción. El resultado es un producto chicloso que no es para adultos ni para niños y fracasa en su deseo de complacer a todos. A diferencia de lo que ocurría en la serie, en la película uno puede leer, al desnudo, cierto anhelo infantil de los yanquis contado sin dobleces: un mundo sin mujeres ni un enemigo real, donde niños ligeramente autistas se sacrifican para cuidar ancianos adictos al trabajo, mientras todos hacen cosplay de una ética del trabajo que ya no existe. Alguien podrá decirme que quizás este sea el precio a pagar por la conservación de cierta nobleza humanista ante el avance de China y de TikTok, a lo que responderé que siempre hay otra salida. ///// DB
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Podría quedarme acá
Oriana Sabatini
Sudamericana, 2026
288 páginas
Por Thomas Rifé. La literatura argentina está muerta. No es ninguna novedad. Rubio ya lo dijo antes, y mejor, hace un par de años. Pero entre el entusiasmo mundialista es curioso que un país capaz de desplegar excelencia y soft power a través de tantos campos deportivos e, incluso, artísticos, sea responsable de una de las literaturas más raquíticas e infértiles del mundo. Esta afirmación es como lector, no como escritor. Tal vez haya una relación profunda entre la crisis económica y espiritual con la recesión literaria. En todo caso, eso será materia de becarios, o debería serlo, aunque mejor no. Cualquier paseo por la última Feria del Libro refuerza esta apreciación.
En ese panorama desolador aparece Podría quedarme acá, la primera novela de Oriana Sabatini. Si durante este semestre vimos a escritores escribir para ganar un millón de euros, la novela de Sabatini nos permite leer lo que tener varios millones de euros permite escribir. El texto funciona por su fluidez, su ritmo aceitado y una historia atrapante que se desliza entre Los Ángeles, discográficas, estrellas pop, riqueza y las sombrías salas de tanatopraxia de Pacheco. Los diálogos, un poco acartonados en su esfuerzo de sonar frescos y orales, son tal vez el defecto más llamativo, nada que Sabatini no pueda pulir para su próximo proyecto.
En definitiva, una honesta y prolija primera novela, ideal para lectores que todavía disfrutan la literatura como experiencia lúdica y no como escalera mecánica al capital simbólico. Si los escritores argentinos se convirtieron en vedettes que exponen su vida privada en redes sociales y lloran sus heridas narcisistas mientras pasan la gorra al servicio del copyright, tal vez no sea mala idea leer la novela de una supermodelo que quiere ser escritora. Al menos, la novela de Oriana maquilla el cadáver de la literatura argentina. Desde Dólar Barato le damos la bienvenida al derrotado campo cultural. ///// DB
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Stalingrado
Anthony Beevor
Planeta, 2025
640 páginas
Por Thomas Rifé. En una colina de Volgogrado se eleva La Madre Rusia Llama, que al momento de su construcción en 1967 fue la estatua más alta del mundo. La figura representa a la madre patria sosteniendo una espada y convocando a sus hijos a defenderla: es un homenaje a los caídos y una advertencia a los enemigos. La ciudad se llamó Stalingrado hasta 1961, cuando Kruschev, fiel al stalinismo, borró el nombre de Stalin del mapa soviético.
Stalingrado es, también, el nombre del libro de Beevor publicado en 1999 que reconstruye, con precisión documental y tensión narrativa, el estado físico, mental y espiritual de líderes y soldados durante los meses que duró la batalla más sangrienta de la historia: aquella que enfrentó entre el Don y el río Volga al Sexto Ejército alemán de Paulus, empujado hasta su completa aniquilación, contra el Ejército Rojo de Zhukov y Chuikov, sostenido al borde de la extinción. De las Rattenkrieg en las calles destruidas de Stalingrado hasta el canibalismo en los campos de refugiados y las dietas ricas de carne de caballo desnutrido, pasando por generosas matanzas de civiles hasta la paranoia de la NKVD, inviernos de 20° bajo cero.
Un libro oscuro, denso y asfixiante, ideal para largas tardes en alguna playa soleada entre chapuzones de agua salada, cervezas y voluptuosidades, sobre todo si uno todavía cree en el heroísmo y en lo absurdo y arbitrario de la vida: convicciones que Beevor demuestra, página a página, que no se contradicen. Un libro total sobre la guerra total. ///// DB
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El universo maravilloso
Bruce Wagner
Walden, 2025
501 páginas
Por Tomás V. Richards. En los años 80 Bruce Wagner escribió los guiones de Escenas de la lucha de clases en Beverly Hills, de Paul Bartel, y de la 3 de Pesadilla. Con eso le hubiera alcanzado para ser grande, pero en vez de eso se dedicó a la literatura convirtiéndose en un novelista prolífico y de cierto renombre. En 2019 escribió El universo maravilloso (The Marvel Universe. Origin Stories), novela que los editores se negaron a publicar por no pasar sus filtros de corrección política. Entonces Wagner, hinchado las bolas, la colgó en Internet y liberó los derechos a dominio público. En Argentina los de Walden Editora la vieron y la hicieron traducir por Julia Frumento. El resultado final es muy bueno, un punto justo entre el castellano neutro y el uso intercalado del inglés, sin las aberraciones idiomáticas que suelen excretar los gallegos. Aunque, inevitable, se pierde un poco la alusión chistosa al mundo de los superhéroes y sus franquicias cinematográficas. La novela en sí se estructura como una cruza de tramas situadas en Hollywood, con dosis de comedia, sórdida farsa y tragedia. Narradas con el horror vacui y el desapego formal y gramatical propio de las redes sociales, las distintas historias presentan a un escritor en decadencia y adicto en busca de redención y guita, a una influencer con ELA muriéndose en directo por Instagram rodeada de famosos y a una viuda negra cuyo ardid es pasar por hija de Elon Musk. Esa carga de barroquismo y desmesura sádica del lenguaje no saturan, aunque sí pueden resultar expulsivos al lector menos pacato. Con varios deslizamientos hacia el realismo maravilloso de Carpentier para cerrar las tramas, a los 72 años, el maestro cantor Wagner aporta una historia coral sólida y terrible que viene a demostrar que la nuestra es una gran época para ser narrada. ///// DB



