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MARECHAL Y LA RESISTENCIA DEL MITO EN LA ERA DEL ALGORITMO

26 Jun. 2026
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La Víbora en su laberinto

Se cumple un nuevo aniversario del fallecimiento de Leopoldo Marechal, un gigante de nuestras letras que supo hundir las manos en el barro fundacional de la Patria y someterla a una rigurosa exégesis metafísica. Recordar a Marechal hoy, en esta Argentina del año 2026 —marcada por una fragmentación exacerbada, una alarmante lumpenización cultural y una crisis dirigencial inédita— es, ante todo, la urgencia de recuperar una narrativa que eleve nuestras miradas, ensanche nuestros horizontes y nos convoque a una renovada gesta patriótica por la recuperación del alma de nuestro pueblo.

Para este propósito, ninguna obra resulta tan atractiva como su novela póstuma, Megafón o la guerra, publicada pocas semanas después de su muerte en 1970. La trama de la historia se teje en los pliegues de la resistencia peronista, agudizada tras el trágico fusilamiento del General Juan José Valle en junio de 1956 y los padecimientos populares inmortalizados por Rodolfo Walsh en Operación Masacre. El propio Megafón y su mujer, Patricia Bell, son retratados compartiendo una de las últimas cenas con el militar injustamente condenado.

Sin embargo, limitarse a una lectura de estricta crónica política sería traicionar el legado marechaliano. Si bien la novela se nutre del calor y el dolor de esos episodios heroicos y trágicos, su verdadero sentido cala mucho más hondo y los trasciende. La narración configura una alegoría universal sobre el destino de la comunidad, y sobre la necesidad de recuperar un sentido de trascendencia hoy bastante diluido. La historia secular es en realidad el escenario visible de una batalla invisible.

Marechal utiliza la contingencia histórica como el soporte material para formular su gran intuición ontológica: la Patria como un suceder. La identidad nacional no es un museo de glorias estáticas ni un estatuto abstracto, sino un acontecer dinámico, un movimiento que enrosca sus anillos, asimila sus crisis y avanza. Cuando ese movimiento se detiene por la hipocresía o el olvido, la Patria —advierte el protagonista— corre el riesgo de convertirse en un bodrio.

Bajo esta luz, la decadencia y la parálisis que hoy percibimos, no son más que el confinamiento de la sociedad en un horizonte cerrado dominado por el consumismo hedonista, la resignación social y la falta de ideales profundos. Frente a ello, la geometría teológica de la novela propone la imagen del caracol, la espiral abierta donde la Paleoargentina —esa vuelta que se muere de muerte natural— debe dejar paso a la Neoargentina, el despunte que arranca en el punto exacto donde concluye el anterior recorrido.

Así pues, despertar a la Víbora de su trabajosa digestión y reactivar los mitos fundacionales de nuestra nación es el desafío que Megafón —conciencia viva del país y sus hombres— nos plantea en el relato desde su chalet del barrio de Flores. Así, Marechal, a través de su obra, se nos revela como un cultor de la belleza y un devoto del lenguaje que conoce su poder y sus alcances para darle un nuevo sentido a la realidad.

El despliegue de la Gesta, la doble soberanía de las Batallas

Como Lugones y Darío, Marechal ha pensado siempre en el destino de su pueblo (no en una patria de concepción geográfica o administrativa), y ha poseído sus esencias a través de una larga compenetración amorosa, contemplativa y actuante. De allí se desprende la indivisibilidad de la lucha: para el pensamiento marechaliano, la crisis material e institucional es inseparable de la quiebra espiritual. Por ello, Megafón diseña un plan bélico que exige dos frentes simultáneos.

La Batalla Terrestre representa el compromiso con la encarnación histórica. Es el eco de los fusilamientos de 1956 y el dolor de los sometidos. En el presente, equivale a la urgencia de reconstruir el tejido social, la familia, la producción y la dignidad del trabajo frente a las estructuras que deshumanizan. En este plano se propone construir una Nueva Argentina “abierta a lo posible”, despojada de su vieja piel, volcada a la recuperación de su patrimonio espiritual y de su equilibrio social. El poeta ve proféticamente reconstruirse, “bajo la vieja peladura que aun ciñe y ahoga exteriormente al país”, la nueva piel de un pueblo que alcanza la conciencia de sí mismo y de su tiempo histórico.

Por su parte, la Batalla Celeste se despliega en el plano mítico. Es la dimensión metafísica, la “peregrinatio” del alma. Marechal advierte que no hay ordenamiento político justo (Cosmos) que pueda emerger del Caos sin una previa conversión interior. La batalla celeste es la búsqueda de la Verdad y la Belleza sepultadas bajo el ruido de la coyuntura.

No hay revolucionario que no precise el compás y la brújula, pues medida y orientación se dan en la búsqueda de la verticalidad y la transformación interior. Sin esta transformación interior, el hombre no podrá integrarse realmente en el plan divino. Sin un despertar espiritual y moral, el hombre corre el riesgo de subordinarse a la técnica, y abandonarse al vacío metafísico que le sirve de contexto en un mundo desacralizado.

El Descenso a los Infiernos: el laberinto de Tifoneades y el rescate de la “Novia olvidada”

Para narrar la degradación moral, Marechal recurre a la farsa barroca y al grotesco quevediano, bajo el concepto del Gran Teatro del Mundo. La realidad actual puede leerse bajo esa misma estética: una murga de disfraces, una farsa de inmanencia pura donde los actores repiten libretos ajenos e impuestos por los centros de poder y las modas globales (“Patricia, nosotros no escribimos el libreto”).

En este escenario aparece el antagonista: Tifoneades, el Rufián Griego y regente del “quilombo ecuménico” o Castillo-Laberinto. Él representa al “Rey del Mundo”, el poder de la inmanencia radical y el materialismo hedónico que mantiene cautiva la identidad profunda del país, adormeciéndola y prostituyéndola en el consumo superfluo.

Este infierno de fragmentación y pérdida de memoria histórica rompe y dispersa a los arquetipos nacionales. Por un lado Megafón, el héroe colectivo y federal que encarna la conciencia viva de la tierra, termina martirizado y fragmentado, con su órgano viril sustituido por una figura de terracota. Pero su aparente derrota visible es en realidad un triunfo en el plano simbólico, porque su muerte es redentora. Por el otro Samuel Tesler, el poeta asimilado a Jonás, cuyo lamento tipifica el drama del hombre contemporáneo sometido al hedonismo que, habiendo recibido un Paraíso como habitáculo, confiesa: “lo convertí en un Infierno (…) Me diste a beber el mejor vino de tus parras y lo convertí en vinagre”.

En ese contexto, frente al desierto del alma, la novela despliega la Ginesofía. Lucía Febrero (la Venus Celeste, la Psyché o la Helena gnóstica) no es una mujer real, sino la alegoría de la Belleza Increada y el alma nacional que ha sido “prostituida” y confinada en las profundidades del burdel-laberinto de Tifoneades. Su obra plasma así una catábasis (descenso) que como tal es transformadora, presentando al mundo sumido en una profunda fase de degradación. Sus personajes protagonizan una gesta de descenso a la materia en busca de la forma del Creador, la luz preternatural y el origen encarnados en Lucía. El descenso de Megafón y sus seguidores a los infiernos de la materia es una vía purificadora. Marechal propone profundizar estoicamente el vivir en el mundo, aceptar el destino y atravesar la noche oscura de la sociedad para forzar el nacimiento del nuevo orden. El rescate de la belleza relegada es el paso ineludible para la reconstrucción histórica.

El Kairós de la Palabra frente al Desierto del Algoritmo

El contrapunto final con nuestra contemporaneidad resulta inevitable. Hoy, el conflicto humano, el dolor social y la crisis de la patria pretenden ser gestionados y neutralizados por tecnócratas a través de la frialdad del algoritmo, que reduce la existencia a métricas, perfilamientos y puntos de datos transaccionales. Nos enfrentamos al vacío existencial que genera una Inteligencia Artificial mal entendida cuando se alía con un consumismo hedonista y desalmado, pretendiendo sustituir la angustia metafísica del hombre por respuestas automáticas y satisfacciones efímeras.

Frente a esta alienación tecnocrática que vacía a los pueblos de identidad, la mitopoiesis de Marechal se alza como la última trinchera. La IA y la técnica desalmada serían para el escritor herramientas del sistema alienante si no están estrictamente subordinadas a la dignidad humana, la cual incluye, de forma irrenunciable, una dimensión espiritual y sagrada.

Es la hora del Kairós: ese instante-relámpago donde el tiempo rutinario, mercantilizado y fragmentado se plenifica por la convergencia de lo eterno. La reconstrucción argentina no vendrá de una fórmula técnica, de un ajuste de variables algorítmicas, de un programa económico o de un mero cálculo de poder, sino de la reactivación del mito fundacional y la escucha de la palabra del poeta. Como concluye la novena rapsodia, Lucía Febrero sigue viviendo en algún rincón de la gran ciudad, “al alcance de los poetas que la busquen”.

Disclaimer. Contenido libre de financiación del Departamento de Estado.
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