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FED: LA CULTURA EN UN CUMPLE

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07 Ago. 2026
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Crónica de un paseo por la Feria de Editores

Jamás había sentido la mínima curiosidad por acercarme a la FED. No por resistencia ideológica, no, nada tan digno, más bien por pereza y cierta desconfianza natural hacia toda forma de entusiasmo colectivo organizado y promocionado por los mismos vectores culturales que jamás lograron entusiasmarme. Sobre todo cuando vi que CADRA, la entidad que insiste en cobrar derechos de autor a quienes hacen fotocopias o trafican libros digitales, era uno de sus principales “aliados”. Pero había, además, una contradicción más honda. Como egresado y enfermo de Puan, la idea de que las editoriales hicieran circular la cultura era casi un chiste. Así que la noción de una Feria de Editores colisionaba con nuestra dieta académica a base de pdfs, fotocopias, libros usados o archivos para el Kindle, santo mecanismo de democratización literaria. En ese panorama de libre circulación, sin dueños ni aduanas, la noción de “derechos de autor” era apenas una curiosidad de anticuario, algo que se mencionaba al pasar en alguna materia de relleno de la carrera de Edición. Pero ahí fui. No podía ser que todos mis amigos, mi profesora de yoga y algunos extraños en Instagram estuvieran tan equivocados en su peregrinación anual frente al Parque Los Andes para descubrir lo mejor, lo más novedoso y sobre todo lo más honorablemente independiente que la elite cultural porteña tiene para ofrecer al saturado, exhausto, hipertrofiado mercado del libro argentino.

Pero primero, una pequeña anécdota. Daba la casualidad de que mi jefa, una polaca que vive en Madrid, había venido de visita a Buenos Aires la misma semana de la FED y, entre los paseos de rigor que los reels de Instagram exigen a un extranjero recién llegado, nos pidió que la lleváramos a conocer El Ateneo Grand Splendid. La librería, por supuesto, es hermosa, con sus góndolas de libros bien etiquetadas por secciones claras y quirúrgicas, y los autores ordenados alfabéticamente. Las luces cálidas y las alfombras estimulan la fantasía de lectura y placidez. Los vendedores, pulcros e indiferentes, casi funerarios, te dejan pasear y perderte como en una biblioteca, verdadero y único espacio en el que uno podía ser feliz rodeado de libros sin que nadie te pida nada a cambio. Me perdí por la sección de novedades mientras mi jefa subía escaleras y sacaba fotos. Me encontré con libros de Alan Pauls, Gabriela Cabezón Cámara, Michel Nieva, Tamara Tenenbaum, Roberto Chuit Roganovich, Martín Kohan y Carlos Busqued, todos editados por las mismas casas editoriales transatlánticas y transnacionales. Un verdadero despliegue de soft power cultural argentino exportado y aprobado para su reimportación. 

Fue con esta experiencia librera todavía fresca en la memoria que me acerqué a la FED en el moderno y fresco Complejo Art Media de Chacarita, búnker de Alberto Fernández durante la campaña de 2019 y de Massa en 2023. Le mostré mi QR gratuito a una empleada sonriente —única condición que hacía posible el paseo, porque pagar para comprar libros me hubiera parecido, de mínima, una broma de mal gusto. Atravesé los molinetes y me encontré parado en la calle Juan Forn. La primera impresión fue voluptuosa, casi táctil. La nostalgia por el macrismo multicultural resultaba palpable ya en los primeros pasos. Carteles coloridos, afiches con consignas extorsivas y bienintencionadas a favor de la economía feminista, contra la derogación de la Ley del Libro o a favor, sencillamente, de la idea pura de leer. Debajo, entre los stands, pilas de libros ordenadas como un tablero de Pinterest finamente curado. Por todos lados, pósters promocionando la “Fiesta FED”, a celebrarse pronto en el Teatro Vorterix —esta vez, sí, a cambio de dinero— para disfrutar de Villa Diamante como si el tiempo no hubiera pasado, como si estuviéramos en un festival de verano en el Centro Cultural Recoleta en 2017 y existiera algo así como una fiesta de la literatura. En el aire solo se escuchaba el murmullo de las personas, ninguna música animaba el ambiente por los parlantes. Solo pude pensar que tantas voces juntas, susurrando, deberían formar un paseo terrible para los que sufren de misofonía. Un desperfecto eléctrico hacía que las luces titilaran constantemente, dejándonos a oscuras por segundos. Pero a nadie parecía importarle. Como una serpiente, el exjefe de gobierno Jorge Telerman se deslizaba entre la gente, todo vestido de color arena. En definitiva, me sentía en una especie de Varela Varelita mega gigante y ampliado, en el horario de saturación pretenciosa de aquellos que buscan pagar caro productos degradados de lo que alguna vez fue la, ya extinta, clase media porteña. No obstante, todos parecían llenos de opiniones.

Es evidente que no toda la literatura circula en libros, así como también que no todos los libros, o mejor dicho, la mayoría de los libros, no son literatura. Sobre todo en Argentina, donde la gran mayoría de lo que se edita en Buenos Aires es apenas más valioso que el carísimo papel sobre el que se imprime (insisto, esta es una opinión como lector, no como escritor). Con esta idea en mente, la de que no es lo mismo un lector que un consumidor: ¿qué me rodeaba en la FED? Entre panchitos, papas fritas, cerveza caliente y los almaceneros gestionando existencias y stocks, disfrazados de gestores de la cultura, no quedaba mucha duda. Este recorrido por la FED, entonces, parecía la oportunidad de hacer un ejercicio de crítica más amplio, la posibilidad de abrir el panorama y pensar a escala editorial, observar y criticar, por qué no, sus catálogos.

Mi obsesión es siempre la misma: ¿cuáles son las editoriales que inundan e infiltran la literatura o la bibliodiversidad argentina (palabra que, de por sí, suena a un eufemismo de laboratorio) con ideas importadas y diseñadas en las usinas académicas del globalismo, traducciones mal cifradas a la cosmovisión nacional, aquellas que tutelan por el sano e higiénico desarrollo intelectual de nuestros lectores o consumidores de libros, víctimas del FOMO, pero tal vez no tanto de la literatura? ¿Qué editoriales se pliegan a lo que el resto del mundo piensa y exige de nosotros? Curiosidad que se vuelve más urgente si consideramos que, entre los que “acompañan” a la FED, se encuentran la Embajada Francesa en Buenos Aires, el Centro Cultural Español, la Acción Cultural Española y el Programa Para la Internacionalización de la Cultura Española, apenas unos organismos más del multiculturalismo funcional ibérico que, con generosidad, seguro pretendan alejarnos de nuestro racismo inherente. 

En principio, no podía imaginar a tantos consumidores de libros reunidos en un solo predio, sobre todo frente a lo que se ofrecía a primera vista. Debo admitir que leer es en mi vida apenas un pasatiempo secundario, muy por detrás de ver rugby o fútbol o jugar al tenis, de manera que la idea de ir a un Lollapalooza de la industria editorial porteña para conseguir algo que ni me interesaba leer, y que de interesarme en breve estaría circulando gratis en algún Drive clandestino, me parecía disparatada. De verdad, ¿quién necesita realmente librerías indies y sensibles de gerentes de multinacionales como Naesqui o con privilegiadas concesiones con el macrilarretismo como Cecilia Fanti para recomendarte el cuarto o quinto libro que Martín Kohan sacó este año (un docente y escritor que, además, es uno de los principales promotores de cobrarles a universidades y bibliotecas por las fotocopias para CADRA), cuando a través de Mercado Libre puedo conseguir las obras de John Crowley, Louis-Ferdinand Céline, Ezra Pound o Leopoldo Marechal y esperarlas en mi sillón hasta que Galperín lo deposite en la puerta? Lo dejo al criterio del lector. En definitiva, todo lo que se me ofrecía en la FED lo tenía disponible. Y lo que no se me ofrecía ahí e igual tenía disponible era mucho mejor.

Por otra parte, el contexto para pasear por una feria editorial no podía ser más trascendente y preciso, sobre todo cuando el gobierno de Javier Milei protagonizaba otra de sus avanzadas contra la cultura, en este caso contra la Ley del Libro, otro de los highlights inolvidables del gobierno de De La Rúa. Sentía, íntimamente, que este paseo podía ayudar a brindar cierta luz sobre este asunto, ser un despliegue más de resistencia y muestra de valor. Jean Baudrillard describe al Centro Pompidou como un monumento de disuasión cultural, es decir, un espacio museístico para salvar la ficción humanista de la cultura. Un espacio de simulación. Otro más. ¿Y no es eso, precisamente, la FED? Entre libros, fiestas identitarias, afiches políticos y comida chatarra, apenas restaba la puesta en escena de un evento cultural. Pero no hay que dejarse engañar, subraya Baudrillard. Esa simulación solo ejecuta el verdadero asesinato de la cultura y, en el caso particular de la FED, de la literatura. A lo que en realidad son convidadas las masas de bienintencionados consumidores de libros que me rodeaban en la FED no era a un festivo homenaje a la literatura viva, sino a la ceremonia colectiva, alegre, con cheddar y vasos de fernet, de su cortejo fúnebre. Por lo pronto, me conmovía perderme entre esas masas, no porque se nos cayera la saliva como ganado ante una cultura que nos viene frustrando hace décadas, sino, más bien, porque por primera vez teníamos la oportunidad de participar en el inmenso trabajo de enterrar una cultura que siempre nos había detestado. Habíamos entrado en el hipermercado del libro. Fuimos los propios consumidores los que destruimos la literatura: no con la recepción pasiva, sino con nuestra indiferencia y su manipulación con los dedos grasosos. Somos nosotros, los agentes, quienes demostramos con nuestra propia masividad indiferente que en la FED no queda nada que consumir culturalmente, ni literatura y mucho menos ideas. Solo nachos, libros y stands.

La crítica literaria que sobrevive, silvestre, y que todavía se encuentra a mano en marginales suplementos de Clarín, La Nación o algunas revistas digitales se concentra, por lo general, en libros individuales. En alguna red social, el escritor Francisco Bitar se lamentaba de que la crítica había “desaparecido” porque nadie le indicaba qué comprar en esta feria de pulgas. Obviamente, ese es el único rol de la crítica con el que fantasea cualquier escritor o librero, apenas un mecanismo adiestrado para lubricar las ventas. ¿No es esa la única forma en que aparecen hoy en los comentadores de libros, como el exgerente de la multinacional Planeta, Ignacio Iraola, en Radio Con Vos, o los booktubers o bookgramers que nos cuentan lo que “sienten” con la última novedad del mes? Comentar libros hoy es para muchos de los partícipes de la “cultura independiente” comercializar expectativas e influencias, degradar la urgencia de la lectura a una escalera hacia el capital simbólico y la ortopedia espiritual. En todo caso, lo que la crítica hace, y cada vez menos, es distinguir entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, y sugerirnos aquello que vale la pena leer. Pero no indicarnos lo que hay que comprar. La crítica a la crítica, entonces, no sería que hace rato dejó de apuntar lo que hay comprar, sino que hace años que ella misma se compra y se vende.

Pero volvamos a nuestro paseo. La oferta era abrumadora, seguro en la página del evento se podría encontrar la cifra exacta de editoriales y libros. Los verdaderos datos duros. Decidí empezar por las editoriales independientes que alguna vez me habían representado algún placer de lectura, como Caja Negra cuando publicaba a Boris Groys una década atrás o alguna novela simpática de Osvaldo Baigorria. Si bien ya es un chiste entre los lectores más agudos que todos los libros de Caja Negra son el mismo, la percepción se reforzaba cuando la oferta se limitaba a media docena de libros del pesimismo de izquierda y el emasculado de Mark Fisher junto a la gris tecnofobia de izquierda francesa y emasculada de Eric Sadin, entre otros libros hechos con posteos de Instagram y con descripciones tan anodinas como “Fascismo Cosplay: crónicas del desconcierto en el laboratorio argentino”, como si, de repente, Mussolini caminara entre nosotros. No había mucho más, excepto que uno quisiera ser expuesto a las “vibes del presente”, como se llamaba uno de los combos de libros que con mirada crítica ausculta las causas de todas las angustias de una clase sobre-educada y subcontratada, como la inteligencia artificial o, simplemente, internet. 

A continuación seguí por la calle Sara Gallardo y me acerqué a Tenemos las Máquinas. Junto a un cartel que se pronunciaba contra la extranjerización de nuestras tierras, se encontraba la antología de cuentos Frackibacter vaccamortensis, autopercibido como “ficción ecosófica”, otra importación ideológica muy novedosa de teoría francesa desarrollada en la probeta del tutelaje colonial que se extiende entre las universidades de Princeton y Stony Brook y la enigmática asociación Eco Eco. En todo caso, el libro se regalaba en el stand, oferta que decliné. Era curiosa la trampa con la que se encuentra el lector que atraviesa la FED en ese punto: según esta “ficción ecosófica”, no se pueden vender nuestras tierras, pero tampoco podemos explotar nuestros recursos naturales con soberanía y para el beneficio de todos los argentinos. El proyecto de Tenemos las Máquinas me dio una idea: ¿qué tal publicar y regalar un libro sobre el hundimiento del ARA General Belgrano en la Feria de Libros de Londres? Seguro sería bien recibido. El MI-6 es mucho más sutil para infiltrarse en la FED.

Al lado, estaba el stand de Marciana, editorial de la cual supe disfrutar las excelentes novelas de Lucila Grossman o Marina Do Pico. Aunque mi sorpresa no fue menor. Vayamos de a poco. Como también me formé en Puan, vamos a recurrir un poco de teoría francesa, para estar a la moda. Lo que ofrecía Marciana como novedad, por ejemplo, era mucho más singular. Bajo el molde de “editorial independiente” —nombre poético, tipografía minimalista, logo prolijo— que precede a cualquier catálogo y fábrica, encontré el último libro de Alan Pauls, una reedición de El Coloquio, su segunda novela hiper descatalogado desde 1990. El mismo Pauls que unas horas antes había visto en El Ateneo Grand Splendid publicado por las escasamente independientes Anagrama y Random House. Mi confusión era enorme. Seguí caminando. En Godot encontré a Martín Kohan, que ya había visto en Anagrama y en Random House. En El Gato y la Caja y Futurock a Roberto Chuit Roganovich, que había visto en la no tan independiente Alfaguara. En Blatt & Ríos, otra nigromancia mutante de Carlos Busqued, también de Anagrama. Sin mencionar que ya había encontrado a Gabriela Cabezón Cámara y Michel Nieva en la antología de ecología anglosajona anti-argentina. ¿De qué se trataba? ¿Los mismos autores consagrados por las multinacionales llevan a las editoriales independientes lo que ya no pueden venderles a las multinacionales? ¿Y eso en qué lugar de “independencia” deja a las editoriales independientes? Había encontrado el punto donde no había nada para reflejar ni para falsificar: el simulacro puro, autorreferencial. Este simulacro de independencia se acelera si, además, tenemos en cuenta los comentarios, año tras año más populosos, de que la misma organización de la FED imposta una convocatoria fantasmagórica a editoriales para participar cuando, en realidad, el loteo de stands está cerrado hace años y la misma organización excluye editoriales de manera arbitraria, acorde a los caprichos o a la obediencia ideológica. Dicha convocatoria es, así, apenas otra simulación de independencia y apertura a la bibliodiversidad.

En la FED el contenido es apenas el pretexto. El verdadero producto es el grupo de consumidores, circulando entre novedades estrujadas entre dos tapas y sintiéndose parte de algo. En pocas palabras, la FED no organiza una fiesta de la literatura, organiza una fiesta de la aglomeración, y esa aglomeración es el único producto real de la feria. Por eso se impone la necesidad de un nuevo circuito literario independiente del circuito independiente: no como chiste, de verdad. ¿Cuál es el punto de tantas editoriales y librerías independientes si siempre vas a encontrar los mismos autores y los mismos libros? ¿Cuál es la bibliodiversidad realmente existente? Respecto al debate de la ley que flota en la feria e inunda las redes sociales de nuestros mercaderes y, seamos amables, lectores: si todo el negocio depende de una ley para sobrevivir, entonces no es, en ningún sentido serio de la palabra, un negocio independiente. Y sí, como vimos apenas en un paseo diario, la bibliodiversidad es un chiste, o apenas una excusa para defender el estado precarizado de las cosas: ¿qué estamos, en rigor, defendiendo? La diversidad de ideas no garantiza, como vemos, la calidad o la belleza de las ideas, y como nadie parece interesarse en lo más mínimo en lo que realmente se escribe, siempre y cuando se pueda vender, en lo personal respetaría mucho más una ley que dijera directamente, y de manera autoritaria, qué se puede escribir o editar, ojalá con una perspectiva nacional, pero ni pedimos tanto, a una que solo fija precios y cuida el almacén de los gatekeepers de la cultura como los organizadores de la FED a costa del subsidio de los consumidores, sosteniendo esta falsa dicotomía entre edición independiente y plataformas.

Lo triste es que, luego de la derrota del Mundial, este paseo por lo que la elite cultural tenía para ofrecer sólo reforzó mi desamparo. La derrota deportiva, la política, la económica, todas encontraban acá, en la simulación de la FED, en este subsuelo cultural, su fondo más profundo. Si esta es la élite cultural argentina, no queda nada de élite y mucho menos de cultura. La sensación era la de estar en la etapa final de una cadena de ensamblaje de piezas importadas en el mercado central de una tienda de importados, un Temu o Shein de conceptos como “decolonialismo”, “antifa”, new old weird o la nueva corriente de moda de la teoría académica. Había excepciones, y algunas muy valiosas, que no podemos ignorar, como 17 Grises con libros de Carlos Godoy y Paula Puebla; UOiEA! con una reedición de Otra historia de amor de Juan Terranova o Firpo con Diario del ruido, de Juan Ibarlucía, único libro que compré en todo mi paseo. Seguro había más.

Si para Baudrillard Disneyworld regenera a contrapelo la ficción de lo real y el pretendido infantilismo de sus parques solo busca ocultar que el verdadero infantilismo está en todas lados y que los adultos que se acercan para jugar como niños sólo buscan convertir en ilusión su infantilismo real, la FED funciona de manera idéntica. Lo que se percibe en cada stand no es literatura —ni siquiera su falsificación—, sino la simulación de que existen libros y que todavía existe algo así como la literatura argentina, el simulacro completo de la experiencia cultural montado con la misma gramática visual de mercado de pulgas auspiciado por embajadas extranjeras, solo para ocultar que hace décadas la cultura argentina está en oferta y a la venta, sobre todo a cualquier influencia foránea. La feria cerró a las nueve. La gente se iba como había llegado, apenas más compacta e igual de congelada, y caminaba por Avenida Corrientes en dirección al Movistar Arena para ver a Rosalía, o la próxima industry plant extranjera que se presente, también acompañados de nachos con cheddar y gaseosas dietéticas, lo que se dice una “transición aceitada”. O tal vez se acercarían a uno o varios de los bares de moda de Chacagiales para encontrarse con algunos influencers devenidos en periodistas sirviendo cerveza artesanal, quién sabe, daba lo mismo, su paseo de ese año por la FED había terminado y pronto sus “botines de libros” circularían por redes. Por lo pronto, yo no vuelvo más ///// DB

Disclaimer. Contenido libre de financiación del Departamento de Estado.
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07 Ago. 2026
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