Belleza y Felicidad. Autobiografía de una amistad
Fernanda Laguna & Cecilia Pavón
Reservoir Books, 2026.
251 páginas

Hace unos días, en una de mis caminatas de flaneur posindustrial por la ciudad de Buenos Aires, vi exhibido en la vidriera de una librería de mi barrio frecuentada por chicas sensibles y jubilados kirchneristas, un ejemplar de Belleza y Felicidad, autobiografía de una amistad. Me llamó la atención primero la tapa, en un vibrante estilo Y2K WordArt kitsch, con letras grandes, predominante rosa furioso, estrellas doradas y moños de regalería: el intento fallido de los diseñadores de Penguin por capturar la estética naif, recargada, subproducida y “efímera” de las artistas, poetas, curadoras y talleristas Fernanda Laguna y Cecilia Pavón.
Lo compré para sumar a mi museo personal del consumismo periférico y porque siempre amé y odié (o amé odiar) a Belleza y Felicidad, la célebre, incluso podríamos decir mítica, galería de arte que las autoras montaron en Almagro en esos gloriosos late 90s- early 00s y que marcó un punto luminoso en el mapa de un under decadente y precario, posiblemente la última expresión de la excepcionalidad porteña que antecedió a la peruanización.
Por esos años, como participante espontáneo, silvestre y marginal del conservadurismo estético kirchnerista en ciernes (derechos humanos, solemnidad histérica y turismo social), desprecié la experimentación autonomista e infantil que surgía de ese circuito de yonkis loperfidianos, sin advertir que era su involuntario deudor y heredero. Hoy, a un cuarto de siglo de distancia, creo que puedo amar finalmente a Belleza y Felicidad con la ternura inerte de un viejo cansado y admitir que toda esa cosa horrible a la que por esos años llamábamos “menemismo poético” (el poema de “fui a la casa de tal y me comí un Sugus de menta”, Gabriela Bejerman, la primera línea de Siesta, etc) y la vibrante escena cultural que se montó a su alrededor y que llegó más o menos hasta el primer quinquenio de los 2000 fue nuestro último umbral de realidad. Este libro sobrecargado y un poco denso, entonces, debe ser leído como una elegía medio derrotada a esa época maravillosa y festiva junto a otros superproductos de la estética indie nacional como, por ejemplo, el documental sobre la 18 whiskies de Matias Moscardi, la obra de Martín Rejtman o de Lucía Seles, quizás algunas cosas de la serie del Eternauta, etc. etc. etc.
No me sentiría bien al dar esta recomendación taxativa editorial, sin embargo, sin antes advertir al lector que el approach a esta obra sagrada debe darse bajo la estricta responsabilidad individual y estando advertidos de su contenido, que no es otra cosa que un intercambio epistolar insoportable y tarado entre las autoras, plagado de nostalgia y boludeces. Aún así, la experiencia vale la pena porque, a la luz del rotundo fracaso del peronismo como promesa posible de lo argentino, Belleza y Felicidad ofrece claves para entender la fuerte pregnancia política del vanguardismo estético de los ‘90 y sus consecuencias contemporáneas.
Pero empecemos desde afuera del libro en cuestión. En la introducción de la antología crítica La tendencia materialista (Paradiso, 2012), un libro que marcó la manera en que aún hoy leemos y pensamos ese particular emergente cultural de la crisis argentina llamado “poesía de los 90”, el complejo pedagógico-soviético Kesselman-Selci-Mazzoni argumentaba que la estética en apariencia “superficial” de los autores antologados funcionaba en realidad como el correlato sensible del “desmantelamiento institucional” operado por el neoliberalismo en nuestro país: “en sus puntos más altos la poesía de los 90 no sólo encarna una coyuntura histórica, también la percibe, y ese es el signo elemental de su actualidad”. La lectura no es inapropiada pero sí conservadora. Impulsados por sus propias limitaciones ideológicas, los autores no logran evitar ser condescendientes con los textos que analizan fallando en percibir que estos happenings efímeros, hechos de los retazos de un capitalismo residual (baratijas chinas, telas del Once, nomadismo sexual, etc.) funcionaron no como el diario íntimo de la crisis del menemismo o el sismógrafo de la convertibilidad sino como los laboratorios de nuevos valores frente a la descomposición de la promesa de integración social que suponía la Argentina. Es decir que no fueron actuales, contemporáneos o hipermodernos porque “narraron” el neoliberalismo sino porque a través de su doxa fragmentaria y marginalizante lo consolidaron y confluyeron hacia él, asegurando su pregnancia social.
Para matizar un poco el entusiasmo, en esa misma introducción dirán más tarde que “no habrá que buscar en ellos [en los textos de la antología] tanto una percepción de la ‘cultura’ como cosa separada, sino una percepción cultural de la época. Tampoco una reseña de hechos políticos, sino una percepción política de la coyuntura. Tampoco, finalmente, una versificación de acontecimientos históricos, sino una percepción histórico-económica del presente”. Sin embargo, en honor a la honestidad, deberíamos advertir que el tipo de percepción cultural, política e histórica que la poesía de los ‘90 conjuró por esos bellos años es sospechosamente indistinguible de la propia perspectiva del nuevo régimen socio-económico neoliberal, despojado incluso de algunos componentes culturalmente residuales que moderaban aún sus efectos.
En esta autobiografía de una amistad, Cecilia Pavón elabora el dispositivo de intervención de ByF de la siguiente manera: “Las excursiones a Once a abastecernos de regalos las sentíamos como salvatajes: elegir algunos de esos objetos producidos de a millones (…) y entregarles algún tipo de aura que los rescatara de la basura” (p. 81) o “una parte de lo que cobrábamos era el haber elegido nosotras los objetos más feos de los comercios de Once y Almagro y volverlos los más hermosos” (p. 87). No hace falta citar a Baudrillard para advertir en este sistema de valorización de mercancías basado en el carisma el pasaje de una economía de bienes y servicios a la economía de signos que caracteriza el capitalismo tardío. En este naciente mundo post salarial, Belleza y Felicidad fue la fábrica de encanto o magnetismo capaz de volver inteligibles a las obras que seleccionaba, exhibía o producía insertándolas en una red más amplia de discursos cuyo objetivo último era erosionar los sentidos comunes que circulaban en la sociedad acerca del arte, la amistad, el amor, etc.
Más adelante, en la página 196 Laguna reflexiona frente al Mediterráneo: “Ahora estoy sentada frente al mar que balconea con África y no siento nada. Algo me pasa con la majestuosidad del paisaje. Lo gigante me parece una nada. Aburrido, sin conexión. No llego a dimensionar los grandes espacios, los grandes proyectos, los grandes museos. Estoy frente al mar ilimitado y fijo mi atención en los chicos y las chicas que hacen deporte. En los culos de las chicas tapados con buzos y en los brazos de los hombres.” Aún hoy las apreciaciones de Laguna se mantienen fieles al municipalismo que en la bisagra entre siglos clausuró sus vínculos con la gran tradición literaria y política de la Argentina para vivir sepultada en un presente continuo atravesado por los mandatos de la industria del entretenimiento. En la apreciación melancólica resuenan aquellos versos de La señorita (Ediciones Belleza y Felicidad, 1999) que aparecen en los epígrafes de mil papers taciturnos producidos en Puan: “Revolución / ¿De qué? / Ahora estoy un poco ocupada / con el negocio / pero ya llegará sola”. La estética descartable, desacralizante y decadentista de Belleza y Felicidad fue tan poderosa que se impuso como fantasía social y aún puede rastrearse como una inflexión tonal clara en la sensibilidad artística de la generación kirchnerista (desde El Mató hasta Martín Cirio) en la de la generación pos-kirchnerista (el feminismo y su reacción), e incluso más allá, en los experimentos con IA del kari-mileismo y el doomscroll contemporáneo.
Esta belleza y esta catástrofe no fueron otra cosa que el “sublime objeto de la ideología”: algo cotidiano y vulgar revestido de un aura mágica que lo convierte en el soporte de los deseos y temores sociales de la época. El dispositivo Belleza y Felicidad no fue una “resistencia” espontánea y visceral frente al liberalismo (como en general fue leído, para mayor goce de los propios autores que formaron parte de la escena) sino un gran lubricante cultural de la modernización social contemporánea. Al fetichizar los residuos manufacturados por la industria textil y petrolera china, al experimentar con los límites de los vínculos de amistad sexual, etc. Laguna y Pavón rechazaron el repliegue melancólico o la denuncia solemne en la que estaban atrapados algunos de sus contemporáneos, intelectuales y artistas que huían como podían de las ruinas de una tradición peronista en proceso de licuefacción, y aceleraron hacia la última instancia de la transformación tecnofeudal argentina.
Sin dudas encontramos ahí un gesto de vanguardismo vital y genuino, probablemente el último que produjo la clase media humanista porteña, junto con la “rebelión” de 2001. Esta escena de amables decadentistas quisieron inventar algo, y lo hicieron. Al dotar de aura comunitaria al detritus del capitalismo periférico, transformaron la precariedad en un estilo de vida deseable, un destino abierto de aventuras sexuales, anécdotas bizarras y peligro. Pero al desacralizar el arte sacralizando el consumo, el cotillón y el desparpajo amateur no estaban denunciando la alienación del libre mercado sino confeccionando un manual de entrenamiento de subjetividades “fragmentadas” y freelancers y un guideline de competencias necesarias para habitar la nueva sociedad pos-salarial. A esto Vanoli lo llama “cultura del aguante”: la aceptación por parte de la clase media que subsistía como un anhelo fantasmagórico de que el desmantelamiento de la sociedad integrada estaba más o menos bien (o era más o menos inevitable). El simulacro de su resistencia formaba parte de su consolidación. Por eso, las intervenciones artísticas (todas taradísimas leídas desde el presente) presentaban la precarización material no como una tragedia económica sino como una virtud expresiva, enmascarando el trauma crudo de la modernización fallida y velando el hecho fundamental de que Argentina necesitaba, ya por esos años, reinventarse como estado exportador de materias primas y anti democrático.
Si lo pensamos, Belleza y Felicidad cifra la tragedia persistente del progresismo argentino de anticipar su fracaso creyendo que imaginan su futuro. Lo vemos todavía hoy en cada expresión deshilachada de su ethos, persistente en los streams sin audiencia donde también se hace culto de la falta de recursos y se cree que se está inventando algo. La diferencia entre eso y esto, sin embargo, es que Belleza y Felicidad sí fue la última expresión de un populismo genuino de vanguardia no estatalizado, una especie de reversión pervertida de la “proletarización” que emprendieron en los ‘70 los jóvenes militantes de izquierda, influidos por el magnetismo del Mayo francés. La sospecha constante frente al Estado cargó a la praxis cultural de estos artistas de una inflexión festiva, sexual y creativa que nunca se recuperó en los años posteriores.
El agotamiento del impulso vanguardista durante los diez años siguientes llegó con al advenimiento del kirchnerismo, especialmente cuando pos-2008 buscó procesar esas energías sociales a través de la burocratización institucional activa con el objetivo de impulsar la “batalla cultural”. La absorción de la agenda de la inclusión, de la militancia “villera”, el cooperativismo, etc. canalizó a esta vanguardia artística hacia talleres en el conurbano bancados por ministerios, subsidios del FNA y programas de extensión cultural. El movimiento extirpó el Eros plebeyo de la escena y lo reemplazó por el tipo de represión moralista típicamente asociada al aparato ideológico del progresismo “a favor de todo lo bueno”. Por pudor no vamos a revisar de forma individualizada ninguna trayectoria profesional, aunque si lo hiciéramos en 9 de cada 10 encontraríamos abundantes ejemplos de poetas, curadores, estetas, periodistas de rock y punks de galería que a partir del 2009-2010 encontraron en observatorios, secretarías de cultura, sociedades del Estado y programas de alfabetización un apacible espacio para asegurar la subsistencia. Por supuesto, nada de esto lo digo con el objetivo de señalar con sorna la ágil claudicación a la que se sometieron estos posrevolucionarios frente a la posibilidad de interceptar un pequeño porcentaje del erario público (en mi opinión vivir mejor, viajar al exterior y comprarse ropa son derechos inalienables de las grandes masas proletarias argentinas) sino para intentar ofrecer una explicación materialista de por qué, en el momento actual de fracaso profundo del modelo de acumulación macri-kirchnerista y emergencia de lo que parecería ser algo nuevo, la escena cultural argentina no es capaz de producir grandes obras. Ni literatura valiente, ni eventos escandalizantes, ni DJs innovadores ni vernissages censurables. Esta pregunta es válida aunque llamativamente olvidada por los comentaristas festivos de la escena noventista y actuales funcionarios de los pocos reductos de resistencia territorial en manos del maxi-cristinismo.
Por supuesto que aún hoy es común cruzarse cada tanto con el flyer fotocopiado de una presentación de libros con alguna “intención” de algo, un happening artístico trash, una lectura de poesía minimalista y secreta o un dj set queer. Estos eventos siguen sucediendo todos los días en algún sótano de alguna gran ciudad culturalmente estancada de la Confederación Argentina. Quienes organizan estos ciclos suelen ser jóvenes de casi 30 intentando recuperar para su juventud frustrada algún trazo del aura perdida de la autenticidad y la rebeldía, alguna pincelada de realidad. Aunque no lo sepan (o porque lo saben), sus performances situacionistas re actualizan una y otra vez la gran estafa del calvinismo neoliberal y endurecen su presión sobre nuestras mentes. Todo lo que escriben y hacen es malísimo porque ya fue escrito y hecho -mil veces mejor- por Fernanda Laguna, por Gabriela Bejerman, por Martín Gambarotta, por Alejandro Rubio, por Fabián Casas hace treinta años. Son, lamentablemente, una generación sombría y lánguida que fantasea con edificios en ruinas. Sin embargo, para evitar incurrir en la provocación simpática y grotesca de Anton Alikhanov, cuando atribuyó la guerra de Ucrania al pensamiento de Immanuel Kant, voy a admitir que si tengo que elegir entre el aceleracionismo precarizante del lumpenproletariat artístico menemista y las fantasías nostálgicas de los streamers de hoy me quedo un millón de veces con Belleza y Felicidad, Ave Porco, Morocco, El Dorado y con el Rojas. Es cierto que soy un cuarentón derrotado que escucha The Strokes y siempre votó al Frente para la Victoria. Mi opinión no debería contar para absolutamente nada y posiblemente debería tener prohibido votar en elecciones libres. Aún así, el horizonte de freelancers desesperados por vender sus servicios, micro comunidades de tarados monetizables y “empresarios de medios” que forman hoy nuestra vanguardia cultural “realmente existente” configuran un indolente wasteland de sentido y sensibilidad. El libro de Belleza y Felicidad, entonces, es valioso porque funciona como un catalogue raisonné del alcance, la pregnancia y la ambición del proyecto del arte conceptual en los ´90, y de su capacidad para prefigurar las nuevas tecnologías sociales que obturaron la acción política en nuestros días. En palabras de la propia obra: “La catástrofe ya sucedió, lo que queda es disfrutar de la belleza de lo que hay”.



