Conocí a Damián Selci como a casi todo: en un aula de Puan. Fue en algún momento entre el 2004 y el 2005, cursando Teoría literaria II, cátedra Zubieta, que hoy está a cargo de Martín Kohan. En una clase práctica teníamos que juntarnos en grupos para discutir las Tesis sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin. Eran las primeras clases y por azar Selci y yo caímos en el mismo grupo. Rápidamente se armó una discusión interna (que le pido al lector que imagine como extremadamente estimulante) sobre el sentido de aquel pasaje en el que Benjamin habla de un autómata que supuestamente jugaba al ajedrez por sí solo, pero en realidad tenía adentro un enano ajedrecista. El autómata es el materialismo histórico, y el enano, la teología, dice el texto literalmente. Sobre el sentido de estas comparaciones, propuse una interpretación y Selci otra. Yo, que ya había recibido el llamado interior a ser un académico y estaba aprendiendo las mañas, logré que el grupo aceptara mi hipótesis. Al momento de exponerlas frente a la clase, sin embargo, quedó claro que me había equivocado, y Selci tenía razón. Debí haberlo intuido. Ya desde las primeras clases el actual intendente de Hurlingham había levantado la mano en un par de ocasiones para conectar la modesta bibliografía obligatoria con sus propias lecturas de Hegel y Marx, lecturas de las que yo carecía por completo.
Hoy, más de veinte años después, me siento a escribir sobre Plenario, el último libro de Selci, y no puedo evitar pensar que, como en aquella pequeña discusión sobre el enano dentro del autómata, la voy a pifiar. Mis lecturas de Hegel y Marx siguen siendo deficientes y escasas, lo mismo que las de Lacan y Laclau, no terminé el libro de Perón sobre la conducción política y Sinceramente ni siquiera lo empecé. Pero el libro mismo de Selci me ofrece una ventaja, un espacio más cómodo que aquel que imagino ocuparía el enano que controlaba al autómata. Soy un académico, y como indica Plenario en varios de sus capítulos (o “comisiones”), la academia es el círculo del infierno reservado para los bromistas. No sabría decir si es cierto de todas las facultades y universidades, pero sin duda es cierto de aquella en la que estudié y trabajo. Puan es un lugar ideal para los chistes. El humanismo podrá ser solemne, pero las humanidades son muy graciosas. Probablemente pasa algo parecido en el Vaticano.
¿Será entonces este ensayo una broma? Lo digo también porque, académico como soy, siento la necesidad de aclarar que esto no intenta ser un estudio sobre la trilogía de Selci sobre la militancia (Teoría de la militancia. Organización y poder popular [2018] y La organización permanente [2020], a los que se puede sumar Comunología [2022] de Nicolás Vilela). No me cabe duda que en un futuro próximo investigaciones académicas serán realizadas sobre estos textos con el aparato de citas correspondiente. El material se presta admirablemente. La densidad conceptual que lo caracteriza, que se vio muy clara en la presentación que tuvo lugar en Puan y a la que por supuesto asistí (para descubrir, sorprendido, que Selci me recordaba lo suficiente para saludarme) lo pone por sobre muchos de los autores norteamericanos que estudiamos en maestrías y doctorados. Va otra broma: cuando leí La organización permanente hace unos años pensé “qué bien explica tal o cual autor, si le sacáramos lo camporista a este libro sería bibliografía obligatoria en 10 materias de Puan”. Lo digo en serio.
Habiendo leído Plenario la pregunta por la apuesta intelectual de Selci se vuelve aún mayor. ¿Por qué una persona decide poner sus dotes intelectuales al servicio del kirchnerismo de esa forma? Que se entienda bien: no me estoy preguntando “cómo puede ser que una persona inteligente sea kirchnerista”. ¡Yo no sé si soy inteligente, pero soy kirchnerista! Lo que hace Selci es otra cosa: toda la teoría está explícitamente puesta al servicio de algunas frases de Cristina Kirchner, para afirmar que cualquier enunciado suyo las contiene y supera a todas por igual, y que eso nos obliga a cambiar nuestra mirada y reconocer su conducción.
Entonces la pregunta: no, pero en serio. ¿Es un chiste? Cuando decidí leer Plenario lo hice por tres motivos. Primero, porque me encanta que un argentino escriba teoría. Segundo, porque había leído los primeros dos libros y había encontrado muchas cosas interesantes para pensar a partir de ellos. Tercero (y principal): porque quería saber qué había cambiado en su pensamiento tras la experiencia de Alberto. Como se ha dicho mil veces, la sensación generalizada es que el kirchnerismo desarrolló en la oposición con Macri una serie de reflejos discursivos que ya no le sirven más, más allá de que podemos debatir si Alberto es causa de eso o más bien su consecuencia. Pero incluso cuando hoy los precandidatos presidenciales parecen más cómodos hablando de Macri que de Milei, ningún kirchnerista con dos dedos de frente niega que la derrota del 2015 y la del 2023 son fenómenos distintos. Los tristísimos intentos de Cristina y sus secuaces de negar su rol tanto en la elección como en la gestión de Alberto no convencen ni a los periodistas de Futurock. Entonces, ¿cómo impactaría eso en la teoría de Selci de la militancia?

Una primera respuesta es: en nada. ¿Y por qué debería hacerlo? El núcleo de la teoría de Selci, a fin de cuentas, es que la militancia es un fin en sí mismo, por lo que el objetivo de un militante no es un logro “externo” (como “pobreza cero”, la universidad pública o la legalización del aborto), sino simplemente que haya más militantes. En ese sentido, incluso si se aceptara que CFK conduce “mal” o “no conduce” (cosa que por supuesto Selci no dice, aunque desliza críticas al electoralismo tacticista de los últimos años), la idea de fondo es la misma. El único “contenido” de la militancia para Selci es la responsabilidad absoluta. ¿De qué? De todo. El militante, como ya decía en sus primeros libros, se hace responsable de todo. Su antítesis es el pueblo, que sea porque es inocente, o porque es culpable, siempre esquiva la responsabilidad.
Esta diferencia entre militante y pueblo es, sin duda, bastante conveniente en un contexto que ya se intuía en el primer libro: el retiro del apoyo “popular” al kirchnerismo. El pueblo, o sea los votantes, puede no acompañar, pero la militancia no se mancha. Llevado a un extremo del que Plenario no rehúye, la misión de Néstor y (sobre todo) Cristina habría sido dar el puntapié inicial (tanto en sus discursos como en sus actos, aunque quizás más en los primeros que en los segundos) para que la teoría y la práctica de la militancia emerjan y abran así un nuevo período histórico-político, una nueva utopía que superaría con creces las limitaciones burguesas del marxismo.
Pero el problema que se le presenta a esta teoría es el mismo que surgía en Archipiélago, el libro de Roberto Chuit Roganovich que ya fue intensamente discutido en esta revista. Recordemos: la metáfora central de aquel texto, cuyas conexiones con el de Selci son más interesantes que sus obvias diferencias, era que vivimos en una sociedad que nos convierte en islas (nichos, cámaras de eco, sujetos depresivos, etc.) y necesitamos, para recuperar una iniciativa política de izquierda, un movimiento contrario: políticas pangeístas. Más allá de que los ejemplos de cómo avanzar en esta dirección que aparecen en el libro de Roganovich son cómicamente insatisfactorios, el problema es uno de los más repetidos del presente: cómo lograr que las “micromilitancias” que ejercemos todos se conviertan en una fuerza que pueda hacer algo que, en el mejor de los casos, se convierta en una victoria marginal ajena a todo cambio profundo y, en el peor (y más frecuente), solo sirva para confirmar nuestras microidentidades narcisistas.
Selci declara que la forma de lograrlo es convirtiendo las micromilitancias en una militancia orgánica, o sea organizada, o sea conducida. La metáfora de Roganovich de “Pangea” lo pone en evidencia por la negativa: en la naturaleza, nadie conduce a las islas. Pero Plenario también es bastante insatisfactorio respecto de la naturaleza de esa conducción, al punto de que esta termina por parecer, al menos para este humilde lector, francamente inimaginable. Cristina es al mismo tiempo conductora y la “primera militante” (lo que en el esquema conceptual de Selci es mejor que ser, como Perón, el “primer trabajador”, ya que el trabajo y sus frutos son ideologemas marxistas demasiado esencialistas). El verticalismo, repite varias veces el libro, es algo bueno y necesario. ¿Pero por qué? ¿No bastaría con que los militantes esparzan por el mundo su deseo de asumir la responsabilidad plena y de crear nuevos militantes? En todo caso, si se quiere, Cristina será un primum mobile: una fuerza necesaria para comenzar, pero no para conducir indefinidamente.
En última instancia, el problema más difícil de dilucidar es cuál es la responsabilidad, no del pueblo, que es estructuralmente incapaz de asumirla, ni la del militante, que es total y recuerda al compromiso sartreano, sino del conductor/a. Selci remite a Conducción política de Perón, pero es obvio que lo que allí se encuentra no puede conciliarse automáticamente con lo que él propone, y dudo que sea por falta de espacio que no lo desarrolle más.
Por otro lado, se dirá, si la cuestión es crear militantes, Cristina ya creó bastantes, y aunque en los últimos años, por motivos varios que no vienen al caso, su tasa de producción de nuevas subjetividades de este tipo se haya reducido mucho (así como el deseo de militar de muchas de los que creó en su momento), sería aventurado decir que tiende a cero. ¿Y en todo caso, quién puede competirle en ese terreno? La pregunta en todo caso es cuál es la tasa de producción de militantes de la militancia en relación con la de ciudadanos felices y esperanzados.
Como en los libros anteriores, o incluso más, Plenario se hace cargo de la tarea de desvincular la militancia de aquellas bajezas con la que a menudo se la ha asociado en las últimas décadas, y no solo en los medios gorilas clásicos. La idea de que el militante no es más que un tránsfuga buscando su propio interés tras el escudo de una causa más o menos noble es un blanco fácil: pero eso, dice Selci, es un falso militante. Tampoco es boludo el militante, ya que no habría nada boludo en alinearse verticalmente una vez que descartamos cualquier pregunta sobre la naturaleza de la conducción. Resulta difícil, por otro lado, pensar la articulación entre militancia y rosca política, es decir, con el poder real. Más allá de una crítica al tacticismo, la idea de militancia de Selci aparece tan exaltada que no importa cuanto la ejemplifique hablando de su experiencia en las inundaciones de 2015 o de sus timbrazos en Hurlingham: termina siendo difícil recuperarla del mundo platónico de las ideas como para que toque en una de sus puntas a Máximo Kirchner.
¿Qué pasa con los libertarios? ¿Es un militante el Gordo Dan? Hoy en día las nuevas derechas van en la contratapa, la primera página, los capítulos 1 a 3, de cualquier texto sobre política. Que Selci pueda darse el lujo de anteponerles toda su teoría y encarar ese problema tras 400 páginas es meritorio. A su juicio, las nuevas derechas percibieron con acierto que la cuestión es, antes que nada, cultural e ideológica. No hay batalla más importante que esa, como decía en sus últimos años Horacio González para criticar al economicismo marxista y sus herederos. Paremos con la boludina de la macro, dijo más recientemente Lucre Martel. La lucha por la militancia, que es para Selci la batalla por la humanidad, es una batalla por el significante.
En un mundo en el que los jóvenes y no tan jóvenes politizados salen a buscar inyecciones de trascendencia y golpean las puertas de las iglesias, de Porrinis o de Farettas, Selci les dice: tomen significante. Plenario es un prolegómeno a un manifiesto de la militancia, pero es un manifiesto ya consumado del giro lingüístico. La teoría de la militancia es una teoría performativa del lenguaje: cómo hacer militantes con palabras. Las palabras son baratas, casi gratis, y eso es una bendición porque, como bien diagnosticó Milei, en Argentina no hay plata. La restricción externa, el bimonetarismo, es estructural: si gobernás “bien” (en el sentido de “satisfacer demandas”) no hay dólares para cubrir el consumo e inevitablemente la gente te termina odiando, o al menos reemplazándote por otro. En esto Selci es transparente. No hay solución económica, y sería mejor que dejemos de fantasear con que vaya a haberla. La solución es ideológica, discursiva: las palabras son baratas y no están afectadas por la restricción externa. Distribuir palabras, llega a decir Selci en uno de los muchos momentos en los que su libro evita cualquier concesión al sentido común, es tan o más importante que distribuir comida.
Está claro que Selci no está trabajando con ningún peronómetro, y yo personalmente descreo de cualquier lectura política contemporánea que se jacte de poseerlo. Sin embargo, incluso un peronista progre como yo tiende a sentir, frente a este tipo de afirmaciones, que estamos alejándonos demasiado de cualquier idea peronista de un pueblo feliz aparte de organizado. Podríamos leer la invocación selcista en una línea similar a la frase de Kennedy: “no preguntes qué puede hacer por vos tu país, preguntate qué podés hacer vos por tu país”, solo que acá “país” no encaja muy bien, ya que la militancia atraviesa fronteras. ¿Cómo sería ese país de militantes con el que Selci nos invita a soñar? ¿Un mundo de sujetos responsables por todo, un mundo de personas que no puedan decir “no es mi problema”? La teoría de la militancia es una oposición tan absoluta al individualismo libertario que termina por parecérsele. Ni el libertario (al menos el libertario honesto) ni el militante pueden pedirle nada al Estado, ya que asumen como propia la obligación total. ¡Sé tu propio jefe! El Estado, dice Selci en uno los primeros capítulos, siempre falla. Por eso no hay filosofía nacional, solo literatura.
Ahora, no seamos injustos. Es obvio que el militante, en la medida en que asume como propio el dogma “la patria es el otro” (la síntesis principal de la doctrina militante del kirchnerismo) es un sujeto absolutamente entregado, altruista hasta el paroxismo, aunque sea un altruismo del significante y no de la pasión religiosa o de la moral humanista. La fuerza militante, dice Selci en uno de sus mejores capítulos, tiene como antítesis final al sujeto individualizado por la combinación del capital y la picana. Si ya todo el capitalismo te convierte en un depredador que fantasea con la falsa autosuficiencia del explotador, la combinación de capitalismo y terrorismo de estado (de un Estado esencialmente fallido, uno al que es imposible creerle nada) tiene como consecuencia la entropía social creciente de la posdictadura de la que las derechas actuales siguen alimentándose. Pero si no hay Estado (otra cosa en la que el selcismo y el mileísmo tienden a coincidir), si no hay Dios, si no hay esencia, si ni siquiera se sostiene aquella idea de autorrealización mediante el goce de los frutos del trabajo propio que propone el humanismo marxista (y que resuena en el verso tan comentado de la marcha, “Combatiendo al capital”), ¿qué otra realización subjetiva puede existir que no sea la de su disolución en el otro?
No se puede negar que Selci tiene un plan, una utopía. No se le aplica el dictum de que el capitalismo liquidó nuestra imaginación política y que la reemplazamos con ficciones distópicas pelotudas con final abierto. A su vez, en ninguna medida creo que lo que propone sea representativo de la ideología (en un sentido no peyorativo) mayoritaria de la Cámpora, que últimamente ha dejado claro que milita algo distinto a la militancia per se. Milita la conducción de Cristina, y trata sin éxito de lograr el encadenamiento laclauiano de que su liberación imposible equivaldría a mejores sueldos, menos pobreza, más salud pública, etcétera. No es eso lo que dice Selci en Plenario, me atrevo a decir, aunque quizás él lo negaría y diría que sí lo es. Mucho menos es un representante de la carrera de Letras de la UBA, que no terminó. Yo no me lo volví a cruzar en las aulas después de ese cuatrimestre y sospecho que terminó su recorrido académico poco después de Teoría literaria II.
Preguntarle a una utopía o a un horizonte revolucionario si es “realizable” es intelectualmente deshonesto. Pero sí podemos preguntarnos si su propuesta está a la altura de los desafíos del presente, en el que los poderes fácticos parecen estar desarrollando más visiblemente que en las últimas décadas algún tipo de hoja de ruta para navegar el siglo XXI. Se ha hablado mucho estos meses del libro de The Technological Republic de Alexander Karp, CEO de Palantir y colaborador estrecho de nuestro compatriota Peter Thiel. Leí varios capítulos. Es de una estupidez llamativa. No cita a Lacan o Laclau. El 90% de los párrafos se resume en pedirle plata al pueblo americano vía el Pentágono. Es divertido ver cómo critica los “antojos” (whims) del mercado e imaginar cómo procesa esas ideas el cerebro afiebrado de Milei, aunque seguir preguntándose eso es pecar de ingenuidad, porque ya sabemos muy bien que Milei no cree en el Estado argentino pero acaba en seco cada vez que se le menciona el estadounidense y el israelita.
Pero más allá de su estupidez propagandística, lo de Karp y Palantir tiene un horizonte: el pueblo necesita ser protegido de sí mismo, de su propia inconsecuencia consumista y de su tendencia a desconfiar de la autoridad. Por contraste, una élite tiene que ocuparse de producir sistemas informáticos ultraeficientes para pastorear al ganado humano occidental con la aplicación de valores fijos e inmutables. La “política” en el sentido de las fallidas democracias liberales no tiene prácticamente ningún rol que cumplir en ese esquema. La conducción se hace vía apps, como pide el mismo Curtis Yarvin en uno de sus últimos textos. Silicon Valley debe dejarse conducir para la producción de armas con inteligencia artificial. Es eso o el apocalipsis, la violencia sin fin o la muerte de Occidente en manos de sus históricos enemigos y de otros nuevos. No hay un fundamento último más allá de la violencia, que ha de ser conducida por el poder de destrucción masiva, la única vía hacia la paz. A su vez, China también tiene su plan, o al menos algo que presenta al mundo como tal.
¿En qué medida la militancia en el sentido de la “responsabilidad absoluta” puede ser una alternativa para estos proyectos? Pareciera que solo puede aspirar a eso con algún nivel de organización o “pangeísmo”. De otra forma, termina siendo indistinguible de las micromilitancias de las que hablaba arriba. Militamos influencers que a su vez militan marcas, y en ese flujo de deseo mimético y memético vivimos cada uno de nuestros días online, somos fans y haters, siempre convocados a emitir juicios y a comprometernos afectivamente con ellos (y tratar de comprometer a otros) como si en eso se nos fuera la vida. En su presentación del libro de Selci, Marcelo Topuzian esbozó esta idea. ¿Qué es nuestra actividad en redes sociales si no una militancia de la militancia? ¿Y quién nos conduce mejor que el smartphone?
Volvamos, para terminar, al falso autómata ajedrecista que escondía un enano teológico adentro. ¿Será entonces que ahí, en la teoría de la militancia, que parece tener literalmente una respuesta para todo, hay también escondido un enano? Quizás es uno que está haciendo cálculos mucho más terrenales y cortoplacistas, un enano táctico, un mini-Máximo Kirchner cerrando listas electorales. Pero no me gusta mucho esa hipótesis. Plenario será muchas cosas pero no es un manual sobre cómo pintar afiches de “Cristina libre” para rosquear un tercer concejal en el segundo cordón. Más probable es que se trate, de nuevo, de la teología. En la estela paulina que recupera Alain Baidou, militar el acontecimiento de la resurrección es ya militar la militancia misma. La cadena del significante termina en una cruz. ///// DB



