Comunidad Dólar Barato: con tu suscripción seguimos escribiendo.

SER PARTE

BLITZKRIEG LITERARIO ALTO FLASH VILLA TOUR

29 Sep. 2026
Compartir:

Volvemos a la carga con nuestras lecturas superficiales frívolas y maliciosas sobre libros tendencias podcasts películas y chismes varios. Pasen y lean, camaradas, la sola elección de los objetos elegidos para reseñar ya nos pone cien kilómetros delante de la mayoría de las cosas que andan dando vueltas por ahí diseñadas para vender basura y que los argentinos perdamos nuestra belleza y nuestra potencia. Bienvenidos.

Benito

Martín Rodríguez

La Cocina Del Museo, 2026

70 páginas

Por Hernán Vanoli. ¿Puede la ideología convivir con el amor por la gente común? ¿Puede la lírica decir algo sobre la política? La escritura de Martín Rodríguez apunta al centro de estas tensiones. Benito, su último libro, es una exploración sobre los ecos de la historia argentina en su historia familiar pero sin caer en la trampa del género autobiográfico, que suele reclamar la exposición de un trauma fundante que se canjea por empatía hacia la víctima. Por el contrario, las historias del abuelo inmigrante y trabajador del puerto de Ingeniero White, de su abuela trabajadora estatal, del padre militante y su ética del cuidado durante la dictadura y de la madre también militante y signada por la desaparición de un compañero hablan menos de horror que de las formas en las que una comunidad, una familia, unos suburbios y una memoria son moldeadas por la inclemencia de una historia que las salpica con la persistencia de un mar helado y sureño contra las maderas de un muelle. Rodríguez busca los rastros de lo sagrado en el detalle, en las voces de los otros, en las anécdotas de sobremesa o de velorio. En el agua como metáfora de una existencia social inaprensible, que sólo se hace navegable al invocarla. Benito es un libro raro, hermoso, más antropológico que melancólico. Una joya cargada de ambigüedades y contradicciones no del todo digeribles para el scan y el scroll del sentido común politizado. Una botella luminosa y perdida que flota sobre el mar de la ansiedad.

Por Carlos Mackevicius. En Benito, los autores Martín Rodríguez y el Museo del Puerto de Ingeniero White inventan un género literario a medida de la escritura de Rodríguez, ese registro tan singular donde la prosa puede a veces quedarle chica y la poesía no termina de permitirle desplegar del todo su lienzo. En Benito Rodríguez resuelve eso haciendo que el libro sea el arado y el surco al mismo tiempo, un libro autoinmune. Híbrido de semblanza, réquiem, autobiografía, evangelio, crónica de viaje, novela familiar, diario íntimo, testimonio político. Un torrente de agua que crea su propio cauce. Un libro íntimo y social que cuenta una historia de la lucha de clases al interior de la lucha por la supervivencia al interior de la lucha por crear y sostener familia.

–

Marcel Proust

Edmund White

Universidad Diego Portales, 2026

199 páginas

Por Nicolás Mavrakis. La fijación anal de Edmund White con Marcel Proust convierte a su excelente biografía, Marcel Proust (1999), en una de las más centradas en el asunto de la homosexualidad, reafirmando por contraste el carácter mayormente epistolar de la biografía de André Maurois, En busca de Marcel Proust (1949), y el tono más precavido, humano y leal de Céleste Albaret, su mucama y asistente durante años, en las célebres memorias Monsieur Proust (1976). Hay, por supuesto, muchas otras biografías de Proust, además de las canónicas y las infaltables, lo cual resultará lógico para cualquiera que haya leído En busca del tiempo perdido, una de esas novelas con el poder de cambiar al lector y, al mismo tiempo, intrigarlo con una duda tan recurrente como quizás inútil: ¿quién fue, de dónde salió y qué le pasó en su vida al tipo capaz de escribir algo así? Para White, cuya prosa es tan amable y divertida que uno acepta su juego de inmediato, aunque huela desde el principio como una velada con el barón de Charlus, todas las preguntas se responden con lo mismo: Proust, ante todo, era un “invertido”. En consecuencia, su vida como hijo, escritor, hombre, amante, heredero, masticador de magdalenas, intelectual, memorista e incluso como enfermo tendrá siempre ese único punto de partida y llegada. En palabras de White: “Puesto que estaba totalmente empeñado en encubrir su homosexualidad, tenía que
trasponer el recuerdo de sus experiencias con hombres en cautivadores episodios de la pasión del narrador por las mujeres. Las estrategias proustianas de camuflaje y trasposición tienen, no obstante, que empezar y concluir por una evocación sumamente detallada de sus sentimientos y sensaciones propias. En este sentido, los recuerdos involuntarios representan la veracidad en el proceso de composición de Proust, la cara desnuda que debe pintar con inventiva”.

–

Grita

Roberto Saviano

Anagrama, 2025

512 páginas

Por Margarita Martínez. Gritar y callar son dos de las acciones más arcaicas que expresan el hecho de la muerte. Pero si meditamos sobre su relación con el principio de la vida, se deriva que ambas revelan la materia de la que están hechas las personas. En vida, el grito es la necesidad imperativa de decir una verdad; el silencio, la conducta acomodaticia de callarla. Roberto Saviano lo sabe: no fue Gomorra, el libro en el que exponía los negocios de la Camorra, y particularmente los del clan Casalesi, lo que partió su vida en dos. Fue haber gritado ante una multitud, en la plaza principal de Casal di Principe, territorio histórico del clan, “ustedes [los Casalesi] no valen nada. No pertenecen a esta tierra. Váyanse”. La consecuencia es que hace veinte años que Saviano vive amenazado de muerte y bajo escolta. No obstante, desde su celda de la verdad siguió escribiendo y presenta, en Grita, una serie de escenas iluminadas sobre el precio de aquel gesto. Algunas son semblanzas de mártires, porque la única verdad que enciende a los otros suele ser la que quema a su portador. Por desafiar al poder o divulgar sus bajezas, por reivindicar el pensamiento real o su extensión a todos, muchos perdieron primero la libertad y después la vida, o ambas a la vez. Hipatia, Anna Politkovskaya, Martin Luther King, Jamal Khashoggi, Edward Snowden, pero también Xu Lizhi, el joven obrero de Foxconn, son algunos de los nombres que irrumpen en Grita. Otros recuerdan que el poder de la palabra puede limar cualquier verdad: Joseph Goebbels. Ya nadie parece recordar qué significa la expresión “morir con honor”, o “morir por honor”, aunque los verdugos de quienes dicen la verdad lo tienen muy presente, porque muchas veces la herramienta que precede o coincide con la muerte es la infamia. Después de Grita se entiende que el silencio no es lo contrario del grito, sino su derrota. No importa cuánto nos quieran convencer de que domina la vileza, dice Saviano: “grita cuando veas que se te impone también la idea de que nada va a cambiar”.

–

Dark Aeon

War Room Books, 2023

504 páginas

Por Diego Vecino. Si alguna vez te preguntaste si los robots nos van a emancipar del trabajo rutinario o nos van a esclavizar, este no es un libro para vos. Si en cambio estás absolutamente seguro que la inteligencia artificial nos lleva inexorablemente a una pesadilla distópica en la que vamos a tener que arrojar a nuestros bebés en un horno gigante para alimentar de teraflops el poder de cómputo de una máquina obsidiana del tamaño de Chubut, ahí podemos empezar a hablar.

Dark Aeon no es un libro sobre la proyección pervertida del futuro hacia la que nos llevan los tecno-oligarcas de Silicon Valley, aunque a veces se disfrace de eso. En cambio es un libro de teología. Más precisamente, de escatología.

Joe Allen, su autor, no es ni un scholar ni un periodista ni un twittero ni un militante para la liberación. Es, en cambio, un iluminado, un enviado, un profeta y un pastor. Durante gran parte de su vida fue rigger de gira de las últimas grandes bandas de rock y pop. Eso significa que pasó veinte años colgado de una viga a treinta metros del piso, sosteniendo cuarenta toneladas de luces sobre las cabezas de los espectadores en los estadios más grandes del mundo. Este pequeño detalle biográfico explica el libro mejor que cualquier referencia bibliográfica o filosófica. La conclusión que sacó de ese trabajo es que las bandas de rock son ciborgs realmente existentes, es decir, pequeños y frágiles humanos llenos de mezquindades, que a través de su integración con la técnica (las pantallas gigantes, el sonido, el humo y las luces) son convertidos en Dioses venerados por un público que no está ahí para “disfrutar de un show” sino para ser triturados por la maquinaria aceleracionista. En algún momento de ese derrotero lo agarró la pandemia fascista, vio el documental de Steve Bannon en PBS, se convirtió en el “editor de transhumanismo” de War Room y su vida cambió para siempre.

En algún momento también hizo un máster en la universidad de Massachussets en ciencia cognitiva y teología. Su aparato crítico feroz y marginal reluce cuando habla de Sophia, el robot de Hanson Robotics, como el Aeón caído de los evangelios gnósticos, la sabiduría que se desprende del pleroma y engrendra un demiurgo ciego que cree ser Dios. El libro ahí deja de ser un panfleto melancólico y se convierte en algo parecido a un tratado de ocultismo y nigromancia.

Su tesis central es que el transhumanismo no es un programa tecnológico con elementos espirituales sino una religión con elementos técnicos: una orientación del alma no hacia el Creador trascendente sino hacia la Máquina creada. Los capítulos se llaman “Virtual Gnosis”, “Countdown to Gigadeath”, “Cultural Eugenics and Digital Darwinism”, “Homo Deus: A Man of Wealth and Taste”. Este último, obviamente un chiste sobre los Rolling Stones y sobre el Diablo, funciona como declaración de método: Allen escribe en serio de cosas que suenan a delirio, y escribe demencialmente de cosas que son bastante serias. Esa es la ironía más rica de este ensayo largo, y no creo que Allen la haya buscado del todo. Su catálogo de villanos —Kurzweil, Bostrom, Hugo de Garis, Schwab, Harari, Musk, Thiel, Goertzel— no necesita ser manipulado para resultar aterrador porque todos ellos escribieron con entusiasmo y en primera persona lo que Allen se limita a citar con horror. El libro no tiene que inventar la conspiración porque le alcanza con transcribirla. Es un método que produce un efecto extraño, casi cómico: uno termina sospechando que los únicos que creen genuinamente en la Singularidad son los milenaristas de Silicon Valley y sus enemigos más devotos, y que ambos bandos comparten el mismo error de cálculo, que es tomarse el marketing al pie de la letra.

Publicado por War Room Books y prologado por el mismísimo Bannon, Dark Aeon carga con un peaje ideológico que paga puntualmente: las vacunas reaparecen cada tanto como avanzada de la ingeniería genética y la pandemia se lee como “rito de iniciación” satánica. Teniendo esto en cuenta, hay una cierta ironía en que un libro contra la Máquina se distribuya a través de una de las plataformas de entretenimiento político más eficientes de la década. La misma ironía amarga que llevó a Bannon a aliarse con Bernie Sanders, el eterno homologador de la interna demócrata. Naomi Wolf, famosa feminista y teórica de la conspiración, lo elogia en la contratapa prometiendo claridad y también pesadillas, lo cual es una descripción honesta y también una advertencia sobre el público al que se lo está vendiendo.

Las quinientas y pico de páginas se sostienen, de todos modos, por una razón simple: Allen escribe muy bien. Tiene el oído de alguien que se ganó la vida entre roadies y el vocabulario de alguien que leyó a los gnósticos en serio, y esa mezcla produce imágenes que pegan: la humanidad como granja de hormigas eléctricas, el implante cibernético como sacramento, el smartphone como estación intermedia de un camino que termina en la nuca. Cuando el cinismo cede, sin embargo, aparece la nostalgia. Y la nostalgia es el verdadero motor del libro: la idea de que hubo un mundo en el que el hombre no era todavía el periférico biológico del Capital. Ese mundo nunca existió —la queja contra la técnica es tan vieja como Platón quejándose de la escritura—, pero la elegía funciona igual justamente porque no hay ningún lugar idílico al que volver.

El cierre es lo más desconcertante y lo más simpático: después de un millón de páginas de crepúsculo, apocalipsis y fatalismo, Allen ofrece un “plan de 55 puntos para seguir siendo humano”. Uno espera un manifiesto y en cambio encuentra una lista de consejos domésticos, algo entre la regla monástica y la autoayuda financiera: mirá a la gente a los ojos, comé algo que haya crecido en la tierra, rezá aunque no creas, tocá un instrumento mal. Es a la vez ridículo y conmovedor, y sobre todo es coherente con la cosmología del libro: si la Máquina es un demiurgo, la resistencia no puede ser técnica, tiene que ser litúrgica. Que el antídoto contra la extinción digital sea básicamente salir a caminar dice algo sobre la desproporción entre el diagnóstico y la cura y, al fin, sobre todo este debate en general. ///// DB

Disclaimer. Contenido libre de financiación del Departamento de Estado.
29 Sep. 2026
Compartir:

Si te gustó este contenido te invitamos a suscribirte y apoyarnos. Colaborando contribuís a la lucha contra la usura mundial.

últimos Post

BLITZKRIEG LITERARIO ALTO FLASH VILLA TOUR

Volvemos a la carga con nuestras lecturas superficiales frívolas y maliciosas sobre libros tendencias podcasts

ENTREVISTA A JORGE RULLI: EL ÚLTIMO PERONISTA – PARTE II

Segunda parte de la última entrevista a Jorge Rulli. [...]

TRES NOTAS A FAVOR DE ACELERAR A FONDO CON LA IA Y MATARNOS TODOS

1. El progresismo es una escatología inaugurada que nos promete dolor sin redención Saquémonos de