TYSON, la nueva serie documental en Netflix, es otro eslabón más en una larga cadena de películas, series, entrevistas, podcasts, reportajes, monólogos teatrales, dibujos animados y más documentales sobre la vida de Mike Tyson. Pero antes que una excusa más para que Tyson vuelva a ganar algunos dólares contando su paso a golpes por este mundo, habría que intentar cambiar la pregunta sobre este asunto y replantearlo a gran escala: ¿por qué la existencia de Mike Tyson sigue provocando semejante fascinación? Porque Tyson es uno de los últimos titanes vivos. Y si los negros, los parias o los pobres de cualquier raza y credo que alcanzan el verdadero éxito hoy se sienten capaces de comprarse y mostrar con orgullo sus autos de lujo y sus jets privados, exhibir sus harenes, pasearse con felinos en peligro de extinción o tatuarse la cara, nada más que para desatar la rabia y la envidia de quienes siempre van a considerarlos basura, es porque Tyson inventó todo eso y mucho más.
Empecemos por Catskill. Catskill es un lugar, un pueblo de algo más de quince mil habitantes al norte del estado de Nueva York, un páramo insignificante al que Cus D´Amato llegó a principios de los años setenta del siglo pasado por cortesía de Anthony “Fat Tony” Salerno, uno de los jefes de la famiglia Genovese. De hecho, Salerno se ocupó de los arreglos para que la gigantesca casa victoriana en la que D´Amato y su esposa Camille pasarían el resto de sus vidas quedara a nombre de ella, y sin las desventajas impositivas de un registro inmobiliario. El motivo de esta atención fue que D´Amato, que como buen descendiente de italianos nacido en 1908 en el Bronx sabía que ciertos negocios debían tratarse solo entre compatriotas, acababa de ser amenazado por una mafia bastante más sucia que la italiana: el International Boxing Club.
El conflicto había surgido durante los años cincuenta, época en que D´Amato era el entrenador (y el mánager en las sombras, algunos dicen que con Salerno) del campeón de los pesos pesados Floyd Patterson. Sería Sonny Liston, otro luchador disputado por la mafia (y algunos creen que asesinado por una sobredosis de heroína enviada por ellos) quien, recién en la década siguiente, le arrebataría a Patterson su título en una pelea que Cus había sabido evitar, al menos, durante el tiempo en que su luchador le hizo caso. Pero antes, entre los pasos iniciales de lo que pronto sería una espectacular industria con contratos millonarios de televisación y “transmisiones cerradas” en teatros –el primer experimento de una televisión por cable como la que todavía puede leerse en las siglas HBO[1]–, el problema era que D´Amato, celoso de la importancia personal de su éxito como entrenador, evitaba llegar a cualquier tipo de acuerdo comercial con Roy Cohn, un abogado que había sido “secretario” de J. Edgar Hoover e intentaba ascender en el show bizz.
La parte pública de la guerra contra Cohn y el International Boxing Club involucró a policías, jueces y fiscales, ya que Cohn intentaba a través de sus socios en el boxeo que Patterson defendiera su título contra cualquier oponente al mismo tiempo que le impedía pelear en el Madison Square Garden, de manera que se desgastara deportiva y financieramente. Pero hubo otra parte privada de esta guerra en la que se intercambiaron intimidaciones, alguna golpiza y amenazas de muerte. Al final, Cohn se alejó del boxeo y D´Amato perdió su licencia como mánager y a su primer campeón, aunque fue la amargura de su conflicto con las instituciones del mismo deporte al que le había dedicado su vida lo que contaminó su mente para siempre. No era una carga menor para alguien cuya madre había muerto antes de que él aprendiera a caminar y cuyo hermano mayor (y preferido) había sido asesinado en un bar de New Jersey por un policía irlandés fuera de servicio al que, al parecer, no le gustó cómo intentaban seducir a su novia.
La paranoia de D´Amato, que a partir de su guerra contra Cohn dejó de usar el subte para que nadie lo empujara a las vías y tampoco hablaba con nadie sin abrir antes una ducha para confundir cualquier micrófono, llegó a tal punto que su nuevo gimnasio en Catskill fue inaugurado en el segundo piso del mismo edificio donde funcionaba la comisaría local. En ese lugar, con el recuerdo de los éxitos de Patterson y José Torres, un puertorriqueño campeón de los pesos medianos en los años sesenta, su segundo gran triunfo internacional como entrenador, Cus pasó buena parte de sus más de veinte años de ostracismo profesional masticando odio y conjurando la llegada de una oportunidad que, por improbable que resultara a su edad, volviera a mostrarle al mundo que él era mejor que todos. Y el día que un boxeador retirado que trabajaba en un instituto de menores llegó acompañado por un chico negro que cumplía una condena por robo pero que tenía aptitudes, D´Amato, casi ciego de un ojo por un mal golpe en la adolescencia, reconoció la oportunidad al instante. El chico se llamaba Mike Tyson y tenía trece años. “Este”, dijo al verlo en menos de dos rounds, “es el próximo campeón de los pesos pesados”.
Era 1980 cuando D´Amato le aseguró a Tyson que, si lo obedecía en todo, iba a convertirlo en el campeón más grande en la historia del boxeo, un dios omnipotente entre los hombres y las mujeres, un gladiador acerca del cual se hablaría hasta el fin de los tiempos. Cus D´Amato era un entrenador de setenta y dos años con una técnica y un método propios, pero también era un motivador extremo, un narcisista patológico y un personaje con la reputación ya comprobada entre periodistas, boxeadores y mafiosos de preferir el riesgo de morir antes que el riesgo de equivocarse. En menos palabras, era un psicópata obsesionado con la venganza. “Pero si lo soy, entonces soy un psicópata que cree sinceramente en lo que hace. Y la razón de mi larga pelea contra los poderosos y los corruptos que arruinaron este gran deporte es la misma desde que empecé. Mi único objetivo es recuperar la competencia libre e independiente en todos los niveles del boxeo”, se puede leer a Cus en Iron Ambition. My life with Cus D´Amato, el libro de memorias en el que Tyson lo recuerda como un “chico de la calle” que había progresado en el mundo pero, sobre todo, como un “adicto a la rabia”, capaz de gritarle enceguecido a cualquiera de sus boxeadores si hacían algo mal en el ring (o en la vida), o a su esposa si le cambiaba algo de lugar en casa y no podía encontrarlo. Ahora bien, ¿Tyson quería cambiar su vida de delincuente juvenil? ¿Quería ser el campeón de peso pesado más joven de la historia? ¿Quería aprender a confundir a sus enemigos y vencerlos nada más que con un gesto? Entonces tenía que obedecerlo. Y si no había enemigos, entonces había que inventarlos.
Este encuentro entre un viejo italiano paranoico y salvaje y un adolescente negro, voluntarioso y salvaje funcionó tan bien que, desde sus primeras peleas amateur, a Tyson empezaron a descontarle puntos antes de que sonara la campana por la manera intimidatoria en que miraba a sus oponentes. El boxeo era un juego de caballeros, le decían al amonestarlo, pero con las ideas de D´Amato en mente, Tyson respondía que no le importaba: él estaba ahí para masacrar a su adversario, para destrozarlo y ser el mejor, para que nadie se animara ni siquiera a desafiarlo cerca de un ring. Esto, le repetía Cus, se trataba de golpear y no ser golpeado, el arte esencial del boxeo se limitaba a eso. En el medio, había que aprender la técnica para pegar y romper costillas, explotar hígados y hundir el hueso de cualquier nariz hasta lo más profundo del cerebro. Si era necesario, había que noquear a un rival incluso delante de su esposa y sus hijos (para que se subieran llorando al ring para ver si estaba muerto, como le pasó a Jimmy Johnson el 12 de febrero de 1983 durante las Olimpíadas Juveniles, cuando Tyson lo noqueó antes de los diez segundos del primer round). Y esto había que hacerlo porque era lo que diferenciaba a un boxeador serio, decidido y con personalidad, un auténtico killer, de un homúnculo sin carácter.
Por sus manías paranoicas, D´Amato no viajaba en avión, por lo que a veces no podía acompañar a Tyson a sus primeras peleas antes de volverse profesional. Sin embargo, cuando lo hacía, solía gritarle cosas como “golpealo detrás de la oreja, reventale el tímpano, destrozale la oreja para que la pelea termine automáticamente”. Esto contribuyó a que, durante gran parte de su vida, Mike Tyson pensara y funcionara igual que piensa y funciona un Estado moderno, es decir, bajo los principios del monopolio de la violencia y el estricto control de la moneda. Y es por eso que en su mejor época, cuando se paseaba con un tigre blanco por los jardines de sus mansiones[2], manejó un presupuesto que envidiaría más de un país diminuto en vías de desarrollo y, todavía al día de hoy, sostiene un gasto de cuarenta mil dólares mensuales per capita en marihuana. Y respecto a la violencia… bueno, tal vez tampoco haya alguien mejor que Iron Mike para recordarnos que no existe conflicto que un hombre no pueda resolver, de una buena vez y para siempre, a través de los golpes.
La receta, en tal caso, sería esta: mucha violencia y muchos dólares, en lo posible en efectivo, para solventar la inevitable reparación física y moral de la violencia. Por otro lado, como pasa con todo Estado moderno, Tyson estuvo involucrado en algunos crímenes. El más notorio fue la supuesta violación de Desiree Washington en 1991, por la que pasó casi tres años encerrado en una cárcel en Indiana[3]. Esa condena salpicó su título como Campeón Mundial de los Pesos Pesados, un logro que para 1988, dos años antes de perder por falta de entrenamiento en una pelea con James Douglas, incluía de manera simultánea a la World Boxing Association, el World Boxing Council y la International Boxing Federation, todo lo cual se unía a otro título que Tyson conserva hasta el día de hoy: “El boxeador más joven en conseguir el título de los pesos pesados a los 20 años, cuatro meses y veintidós días de edad”.
Tyson recuperó el título en 1996 en una proeza que, en sus épocas y por razones distintas, también habían logrado gigantes como Muhammad Alí y George Foreman, aunque los verdaderos héroes de Tyson siempre fueron Roberto Durán y Joe Frazier. Era de estos boxeadores, bastante menos atractivos para las cámaras y poco locuaces, que Tyson admiraba un carisma oscuro que se acoplaba mucho mejor a su propio aspecto físico, a su ferocidad en el ring y a su desinterés por caerle bien a todo el mundo. Para conocer al Tyson más genuino, nada mejor que recordar su visita a la Ohio´s Central State University, que lo distinguió con un doctorado honoris causa en 1989. Al subir al escenario, se acercó al micrófono y dijo: “No sé qué tipo de doctor se supone que sea, pero viendo a todas estas hermosas hermanas, me pregunto si no debería ser un ginecólogo”.
Fueron la historia y una obediente tropa de juristas quienes demostraron que Desiree Washington no había sido la víctima de ninguna violación, sino la primera en una larga lista de mujeres que detectaron un modo eficiente para rapiñar a través de los equívocos del sexo, la torpeza de la brutalidad y un sistema judicial diseñado como una casa de subastas, algo de entre los cien millones de dólares que, en promedio, Tyson ganaba con cada pelea durante sus épocas de gloria. Y es por esa misma razón que, aunque en las 580 páginas de Undisputed Truth, su autobiografía, hay muchísima sabiduría y muchísima acción, y también muchísimas lecciones y muchísimos episodios delirantes, también hay muchísimos testimonios judiciales y muchísimas críticas a una justicia para la que la raza del acusado suele definir el veredicto antes que cualquier juez.
“Ya no me gusta ser gráfico con las descripciones de mis reuniones sexuales, pero creo que en este caso tengo que hacerlo, por las ramificaciones de todo lo que pasó”, explica Tyson al detallar el encuentro con Desiree Washington, que en 1991 tenía 18 años y acababa de ser nombrada Miss Black Rhode Island. Como solía pasar cuando él tenía 25 años y era el máximo boxeador del planeta, a Desiree la había conocido de camino a un concierto con su corte de amigos y guardaespaldas, igual que a todas las otras participantes del concurso Miss Black America en el Omni Hotel de Indiana. A primera vista, este fue uno más entre esos vínculos ligeramente sentimentales que se formaban en minutos y se disolvían para siempre después de algunas horas. Sin embargo, en su encuentro inicial, hubo algo más: los dos charlaron, se sonrieron y ella tuvo la deferencia de regalarle una foto en bikini. Más tarde, uno de los asistentes de Tyson volvió a contactar a Desiree y, viaje en limusina con su chofer mediante, llegó a hasta la habitación de hotel del “hombre más malo del planeta”, como se lo apodaba en aquel tiempo.
“Después de charlar un rato, empecé a besarla. Ella se levantó y fue al baño, aunque luego supe que lo había hecho para sacarse su toallita femenina. Volvió a la cama y empecé a hacerle un cunnilingus. Es algo que hago habitualmente, para asegurarme de que la mujer esté satisfecha cuando tengamos relaciones. No tenía idea de que estaba lamiendo sangre porque no me dijo que tenía su período”. El detalle puede resultar excesivo, pero es importante ya que, después de “empezar la fornicación”, y luego de que “en un punto, ella pareciera incómoda y se quejara de que yo era muy grande”, la noche terminó como estaba destinada a terminar y tuvo lugar una discusión absurda acerca de quién iba a llevarla de vuelta a su hotel. Tyson dice que sabía que tenía que subirse a un avión a Nueva York por la mañana así que, con los modales que lo habían hecho famoso, le dijo a Desiree que estaba cansado y que no lo molestara –get the fuck off– aunque, si quería, podía pedirle a su chofer que la llevara de vuelta a su hotel. Ella lo hizo, pero una semana después él se enteró de que, además de volver a su hotel, también lo había acusado de violación[4].
Al repasar el episodio, “el más devastador de los pesos pesados en la historia del boxeo” reduce estas contradicciones a una buena síntesis: “¿Cómo es que violás a alguien cuando viene a tu habitación de hotel a las dos de la mañana? Lo único abierto a esa hora son piernas”. Como pasa con todo Estado moderno, tal vez a Tyson le falten todavía algunas lecciones más de ironía con perspectiva de género por tomar. Pero lo que no le falta es memoria. Cuando D´Amato lo conoció, supo que el modo de llevar adelante el trabajo que se había propuesto con él tenía que basarse en el carácter y en la constancia, incluso si esto significaba dar ejemplos duros y consecuentes. En el gimnasio, cuando uno de sus discípulos rompía las reglas y comía algo antes de entrenar, Cus daba indicaciones precisas a los sparrings para que los golpes fueran nada más que al estómago, por lo que cuando empezaba la inevitable catarata de vómitos, les recordaba a todos que por eso había que obedecerlo.
Disciplina, les hacía repetir a sus discípulos, significa hacer lo que uno odia como si lo amara. Eran los años ochenta del siglo pasado, cuando los hombres todavía no se avergonzaban de ser hombres y la violencia reglamentada por el marqués de Queensberry podía funcionar como un medio de vida genuino para quienes nacían en las cloacas del Primer Mundo. Para D´Amato, sin embargo, la verdadera oportunidad de tomar el control absoluto de Tyson llegó en 1982, cuando su madre murió arrasada por años de alcoholismo, miseria y prostitución. D´Amato y Camille decidieron adoptarlo legalmente y con eso se selló un pacto de convivencia entre Cus, Tyson y el servicio penitenciario juvenil de Nueva York que se había establecido informalmente desde 1980 y bajo el cual su nuevo pupilo viviría en la casa de Catskill junto a otros alumnos, mientras entrenaba y se alejaba de la calle. No fue tan fácil, ya que antes de funcionar como un Estado moderno y fallido, Tyson también había llevado la vida de un ser humano moderno y fallido. Aunque no necesariamente por su culpa.
Durante la pubertad, Mike Tyson se dedicó a robar casas y a transeúntes, y también a pelear por honor o por apuestas (o para que no lo robaran y lo violaran a él), y fue por eso por lo que, antes de cumplir trece años, la policía ya lo había arrestado treinta y ocho veces. Nada de esto lo hacía distinto a casi todos sus conocidos en Brownsville[5], por lo que en retrospectiva, dice Tyson, es probable que hubiera terminado muerto si no lo hubieran encerrado en la cárcel juvenil donde, casi por accidente, descubrió el boxeo. La ausencia de su padre (un proxeneta) y el alcoholismo y la prostitución de su madre (una mujer con tres hijos que sobrevivía realizando robos de comida y en convivencia con distintos novios en un departamento en ruinas) tampoco ayudaron. Tyson lo sabe y reconoce la manera en que esas historias familiares se proyectan sobre cualquier plan de vida. “Tenían una relación de amor realmente disfuncional”, recuerda sobre Eddie Gillison, uno de aquellos novios circunstanciales de su madre, “y supongo que es por eso por lo que mis propias relaciones fueron siempre tan extrañas. Ellos tomaban, peleaban y cogían, se separaban, y volvían a tomar, pelear y coger un poco más. Estaban enamorados en serio, aun si era un amor realmente enfermizo”.
Algunos años más adelante, cuando las apuestas sobre sus peleas ya no consideraran quién iba a ganar sino en qué round iba a caer noqueado su rival[6], Tyson descubriría que lo único que lo ayudaba a apagar sus ánimos después de la batalla era el sexo. En especial, el tipo de sexo que se podía concretar en los prostíbulos baratos que todavía existían por Times Square. Pensando en los espectros que proyectaba sobre él su madre, dice Tyson, “Freud se habría hecho un picnic”. Lo cierto es que, para Tyson, la adopción por parte de Cus D´Amato fue lo más parecido a una relación entre padre e hijo. “Mirá a tu hijo negro, Camille. Va a ser el orgullo y la gloria de esta familia”, fue todo lo que dijo D´Amato. El compromiso con su entrenador quedó así más fortalecido, y cada vez que Tyson ganaba una pelea por nocaut en el primer round, su padre adoptivo “se encendía como una lamparita”. En una entrevista, D´Amato diría sentado junto a Tyson que a ese chico le debía su vida. Si él respiraba era porque la voluntad y la dedicación de su mejor discípulo le habían devuelto un objetivo por el cual vivir. La disciplina, sin embargo, no se descuidaba.
Para llegar a ser el campeón era necesario barrer cualquier distracción, escuela y mujeres incluidas. Y “sin distracciones”, recuerda Tyson, significaba esto: “Ir al gimnasio tal vez dos veces por día, después lavar y ordenar en la casa, y entonces subir las escaleras para mirar filmaciones de peleas durante diez horas. Entonces hacías un poco de ejercicio en la habitación. Y después ibas a la cama, y entonces te levantabas para salir a correr. Y entonces volvías de correr, volvías a subir las escaleras, te duchabas y volvías a mirar peleas hasta el desayuno, y entonces ibas a la escuela, cuando todavía iba a la escuela secundaria. En la escuela no aprendía nada, y entonces volvía a casa, comía la cena, miraba algunas peleas hasta que fuera la hora de ir al gimnasio a entrenar y hacer guantes. Entonces volvía a casa, me duchaba y miraba más peleas hasta la hora de dormir. Ese era mi régimen, eso significaba sin distracciones”. En la casa de Catskill la educación formal se completaba con la lectura fanática de la Enciclopedia del Boxeo, el análisis de las mejores peleas de Jack Dempsey y Joe Louis, un poco de magia negra[7] y las lecciones de ciertos filósofos orientales y occidentales (Friedrich Nietzsche, por ejemplo), aunque casi todo lo demás se aprendía a través de la escuela peripatética del propio D´Amato, que podía pasar horas conversando delante de sus pupilos con amigos como Norman Mailer (encargado de uno de los discursos en su funeral).
En esas reuniones se hablaba de Maquiavelo y se leía sobre Carlos Martel, Claudio, Shaka Zulu y la guerra de Yugurta, y era entre esos retazos caóticos de cultura romana, barbárica y anticolonial, vociferados entre tipos de la calle, mafiosos e intelectuales, que se iba permeabilizando en la mente de los más atentos la noción de que el mundo pertenecía por derecho natural a los fuertes y a los astutos, aun si sus oportunidades siempre habían sido atacadas por los usureros y los débiles que ocupaban el poder. “Cus me hablaba sobre Espartaco”, recuerda Tyson. “Me explicaba que los africanos y los italianos habían peleado guerras desde el principio de los tiempos. Por eso los sicilianos tenían reputación de negros, porque se habían mezclado con un montón de guerreros africanos desde los tiempos antiguos”. Muchas de las lecturas sobre historia militar medieval, tema que Tyson domina, surgieron de la biblioteca que D´Amato tenía en su casa de Catskill, donde tomaría forma un hábito que perduraría durante los años en la cárcel[8]. Es probable que el rasgo más estadounidense de D´Amato fuera reconocer que la raza no podía ser la excusa para echarse atrás en ninguna pelea, porque en América, la “tierra de las oportunidades”, al final del día a nadie le importaba de qué color fuera la piel mientras el que la llevara puesta demostrara ser el mejor en lo suyo. En términos simples, el éxito lo purificaba todo y el boxeo era uno de los pocos deportes donde esa verdad se expresaba mejor. “Nadie me hizo más consciente de lo que significa ser negro que Cus”, recuerda Tyson[9].
Admirador del “Che” Guevara y Fidel Castro, D´Amato tampoco creía en el deber de pagarle impuestos a los gobiernos de derecha de los Estados Unidos, odiaba a Ronald Reagan y amaba a Martin Luther King. Parte de esta paranoia anticorporativa reaparecería en Tyson como un sentimiento antiestablishment gracias al cual no solo llegaría a tatuarse las caras de Mao y el “Che”, sino que buscaría relacionarse con otros personajes contestatarios de su generación, como Tupac Shakur. Pero en el ámbito del boxeo profesional, finalmente, las ideas revolucionarias cumplían otra función técnica: a la hora de ponerse los guantes, decía Cus, los dólares y las ganancias eran algo que solo había que tirar desde los trenes[10]. Lo único que importaba era ser el mejor, y para ser el mejor había que dominar “la ciencia del daño humano”.
En su debut televisivo, Tyson peleó contra Jesse Ferguson y le rompió la nariz. Y aunque ganó la pelea, lo que le molestó fue que no había logrado noquearlo por completo. Fue así que, cuando lo entrevistaron, el joven Mike tuvo la oportunidad de explicarle a la audiencia de qué se trataba la “ciencia del daño humano”: “Quería golpearlo en la nariz una vez más para que el hueso de la nariz se le metiera en el cerebro… Siempre escuchaba las opiniones de los médicos. Ellos decían que cada vez que la nariz se mete en el cerebro, la posibilidad de levantarse rápido queda descartada”. Buena parte del carácter agresivo de Tyson se moldeó al calor de la furia creativa de D´Amato, convencido de que “el negocio de mi chico es poner a los hombres grandes, fuertes e intimidantes en su lugar”. La premisa tenía sentido porque, para la filosofía del gran Cus D´Amato, alguien que era amistoso con todos solo podía ser enemigo de sí mismo. Y por esa razón, cada vez que Tyson mostraba algún signo de humanidad en sus peleas, Cus se enojaba[11].
En el gimnasio, mientras tanto, la destreza física de Tyson y su devoción por D´Amato se fusionaron en el dominio de la técnica peek-a-boo, un estilo con el que el propio D’Amato fue capaz de abrirle un corte en la cara a Muhammad Alí mientras jugaban a tirarse golpes delante de una cámara de televisión[12]. Palabras más, palabras menos, la técnica peek-a-boo consiste en transformar la filosofía vitalista y negativa de D’Amato en una combinación de movimientos laterales de defensa y ataque simultáneos adaptados para alguien con una altura no muy grande, pero con la paciencia y la destreza necesarias para saber cuándo pegar para ganar, a riesgo incluso de ser golpeado en el proceso. Al esquivar con la cabeza hacia los costados y avanzar hacia el interior de la defensa del oponente, el momento clave de la técnica peek-a-boo está en el salto sorpresivo hacia un punto diagonal opuesto a la posición ofensiva, que permite un buen gancho desprevenido. Cuando el cerebro se sacude desde la base del cráneo, nadie vuelve a levantarse. La técnica peek-a-boo fue la gran especialidad de D´Amato, pero para que funcionara se requería a un boxeador que fuera tan capaz de seguir sus intuiciones como de aceptar la impersonalidad de cualquier técnica. Es por eso que, desde las primeras peleas en el circuito semiclandestino hasta la victoria inaugural como campeón mundial de los pesos pesados de 1986, primero Teddy Atlas y después Kevin Rooney[13], dos entrenadores formados por D´Amato, estuvieron encargados de calibrar la enorme potencia de Tyson con la fría precisión estratégica del peek-a-boo.
Formar a un boxeador profesional era un proceso integral del cuerpo y del alma no muy distinto al proceso de formación de un sacerdote. Igual que en cualquier abadía, hacía falta fe, voluntad, disciplina y paciencia. Aunque, por supuesto, como el propio Cus solía decir, todos tenían un plan hasta que alguien los golpeaba en la cara. En este punto aparecían también la convicción, el carácter y la personalidad. Los mejores boxeadores de la historia son los que saben cómo reaccionar cuando pierden, y eso requiere dejar las emociones de lado[14]. A veces el ámbito social en el que nace un boxeador establece desde mucho antes de atarse los guantes el conjunto de aptitudes que hace falta arriba de un ring. Pero otras veces, ese mismo ámbito produce a personas sin carácter y desorientadas, chicos retraídos, asustados, acosados y sin una sola partícula de amor propio[15]. Al principio, este era el caso de Tyson, al que D´Amato primero le construyó un ego y después se lo hipertrofió con gigantescas fábulas de inmortalidad y victoria. “Tenés que creer en vos”, le gritaba en el gimnasio. “Repetilo todos los días. Parate ante el espejo y mirá qué atractivo que sos. Mirá tus manos poderosas”. Tyson pensó que D´Amato tal vez fuera un “maricón” (“en mi mundo, los viejos hacían eso cuando querían chuparte la pija”), pero pronto descubrió que en sus palabras no había ningún amor, sino órdenes directas para hacerle entender lo que tenía que lograr.
En poco tiempo, Tyson empezaría a sentirse convencido de su misión y su mente entendería el rol de su presencia en el mundo con una impiedad parecida a la que Henry Miller usa para describir la caída del sol en el Mediterráneo en El coloso de Marusi, ese momento en el que el hombre parece completamente ausente y la naturaleza abre su boca sangrante e insaciable “y se traga todo lo que está a la vista. Ley, orden, moral, justicia, sabiduría, todas las abstracciones parecen una cruel broma perpetrada sobre un mundo desesperanzado de imbéciles. La puesta del sol en el mar es para mí un espectáculo espantoso: es monstruoso, asesino, sin alma. La tierra puede ser cruel, pero el mar no tiene corazón”.
Tyson tenía prohibido tomar, drogarse (algo que convertía a los negros en el tío Tom, según D´Amato), salir hasta tarde o fornicar y, aunque esa lista incluía, al menos, tres actividades que para cuando tenía catorce o quince años ya había hecho durante más de la mitad de su vida (la cuarta la haría sobre todo cuando fuera campeón, y lo iba a llevar a una terapia de adictos al sexo casi una década después de una condena por violación bajo la fantasía recurrente de haberse infectado con el HIV), el caudal de represión necesaria para darle un brillo definitivo a la violencia física, a veces, se desbordaba en forma de ansiedad y frustración. La lección, entonces, era que la carga de los sueños podía ser peligrosa, si bien D’Amato no dudaba en jugar con las mentes de sus alumnos como si fueran cristales en lo profundo de un horno de Murano. El problema era que a los maestros, a veces, les explotaban algunas piezas valiosas. Patterson no fue la excepción, aunque la lección que D’Amato aprendió con su primer campeón no sirvió con Tyson. En 1953, un año después de que Patterson ganara la medalla de oro para los pesos medianos en los Juegos Olímpicos de Helsinki y se preparara para convertirse en el instrumento personal del primer gran golpe de Cus D´Amato contra el International Boxing Club, una mujer lo acusó de violación. Pero si este incidente nunca apareció en sus biografías, cree Tyson, es porque Cus no solo se ocupó de arreglar el incidente judicial, sino que además logró que uno de sus amigos en el mundillo periodístico (Arthur Mann) escribiera la más importante de las biografías de Patterson y borrara aquello de la historia. La acusación podría haberle costado a Patterson su carrera, así que D´Amato eligió ayudarlo de la mejor manera.
Para empezar, lo que al principio parecía una acusación por violación terminó siendo una denuncia para que Patterson aceptara la paternidad del bebé de una de sus “amigas del barrio” en Brooklyn, Gloria Wanamaker (que tampoco era su “amiga del barrio” oficial, Sandra Hicks). Aunque Patterson no quiso saber nada con la demanda, Cus fue directo a la solución: “Podés perder más que cualquiera de sus novios. Vos sos famoso. Vos ganás muchos dólares y vas a ganar más. Pero un juicio sin certezas podría terminar con tu carrera. La gente se podría poner en tu contra y tu sueño de ayudar a tu familia estaría terminado. La única solución, Floyd, es un matrimonio tranquilo. Y entonces pagar para que se ocupen. Es nada más que dinero, y siempre vas a ganar mucho más de lo que te pidan”. Otro detalle sensible era que la embarazada tenía dieciséis años, si bien después de algunas conversaciones entre D´Amato y el padre de la chica, Patterson aceptó un matrimonio civil con Gloria, volvió a su vida habitual con Sandra y, desde ese momento, su concentración en el ring fue absoluta. El resto es historia del boxeo[16]. Cuando se trataba de disciplinar la libido de sus luchadores, Cus sabía que nada era más efectivo que un matrimonio. Estabilidad y predictibilidad, en lo posible con una buena chica que pudiera dar hijos lo más pronto posible: el paquete entero para resolver cualquier inquietud previsible. De esta manera, creía Cus, el boxeador podía sacarse de encima la curiosidad sexual y, al mismo tiempo, despegarse lo más rápido posible del tiempo muerto de la vida familiar para volver con más urgencia a lo único importante, el ring. Tres décadas más tarde, la fórmula fracasó con Tyson y Cus intuyó que esto iba a ser lo único realmente peligroso en su futuro.
Cuando todavía iba a la secundaria, Tyson era tan retraído con las mujeres que ni siquiera podía soportar las burlas, así que las perseguía y se peleaba. Por supuesto, en Brownsville pelearse a golpes con las mujeres era normal, pero en Catskill no. Y por eso la vez que unas chicas se burlaron de él y Tyson las persiguió hasta el baño y fue amonestado, D´Amato lo llamó al orden: “Si vas a seguir actuando así, vas a tener que irte porque estás desperdiciando mi tiempo”. Tyson recuerda que esas pocas palabras se sintieron como un puñal y que empezó a llorar. La sola idea de perder un proyecto de vida, un entorno familiar y a sus nuevos amigos lo aterrorizó. Pero entonces su maestro lo abrazó y le dijo que todo iba a estar bien. Y, a excepción de la vez que fue un profesor el que se burló de Tyson en plena clase y él lo destrozó a golpes delante de sus compañeros (una ocasión desgraciada para la que bastó otra visita de D´Amato a la escuela), los problemas con las mujeres se terminaron a tal punto que, cuando tenía diecisiete años, Cus intentó que se casara con Angie, su primera novia. El padre de Angie, recuerda Tyson, dirigía un negocio en Catskill y la familia parecía de buena reputación. “Una persona negra positiva”, opinaba Cus, “de las que van a la iglesia y rezan”. Fue Camille, a quien por esa época Tyson llamaba mamá, quien le dijo que no era necesario: “Deberías salir con Angie, pero tener todas las novias que quieras”. Tyson empezó entonces a ver a otra chica, Holly, aunque Cus dijo que este era el primer signo de un problema de carácter. Alrededor de este punto, en uno de sus momentos más paternales registrados durante una entrevista, D´Amato les dedicó a las inquietudes sexuales del discípulo una reflexión que se proyectaría con bastante precisión sobre el futuro: “No se puede saber a dónde puede llevarlo el sexo, él tiene mucho potencial, pero no sabe todavía a dónde va. El sexo puede llevar a los hombres jóvenes a lugares que nunca podrían creer”.
La disciplina, el entrenamiento y la obediencia para llegar a convertirse en el campeón mundial más joven de los pesos pesados quedó a partir de 1985 en manos de Kevin Rooney y en dos de los socios más antiguos de D´Amato: Bill Cayton y Jimmy Jacobs. Ese año, con un diagnóstico terminal de fibrosis pulmonar y setenta y siete años de furia y voluntad consumiéndolo, Cus sobrellevó el proceso de su muerte con el mismo carácter con el que había atravesado su vida. Cuando José Torres lo visitó en el hospital, Cus lo miró y le dijo: “No te preocupes. No me voy a morir en este lugar. No les voy a dar ese placer a mis enemigos”. La muerte era habitual en Brownsville, donde los amigos de la infancia de Tyson desaparecían de un momento a otro asesinados por la policía, por las víctimas de sus robos, por la heroína y, un poco después, por el sida, pero en Catskill la posibilidad de que Cus D´Amato lo abandonara cuando estaban tan cerca de lograr lo que se habían propuesto parecía una tragedia. Si se moría, le dijo Tyson a Cus la última tarde que se vieron, no iba a pelear más. Furioso, Cus se levantó de la cama y le dijo que, si llegaba a hacer eso, iba a descubrir que los muertos volvían del más allá, porque iba a perseguirlo durante el resto de su vida. Tenía que pelear. Esa última tarde, D´Amato le habló entre lágrimas sobre sus grandes decepciones: todas las personas en las que había confiado lo habían traicionado, por lo que le pidió a Tyson que le prometiera otra cosa: cuidar a Camille, con la que no se había casado para no salpicarla con sus problemas judiciales y financieros. En ese momento, entró a la habitación el médico y le preguntó a Cus cómo se sentía. Cus dijo: “Doc, está en presencia del campeón mundial de los pesos pesados, este es el campeón”. El médico reaccionó con incredulidad, como si creyera que D´Amato deliraba, pero Tyson repitió en su mente: “Escuchaste lo que dijo, hijo de puta. Soy el campeón de los pesos pesados”.
Lo último que Cus D´Amato le dijo a Mike Tyson antes de morir fue que tenía que mover la cabeza, así que iba a conseguirle un buen sparring para que entrenara como un auténtico profesional. Había visto su última pelea y estaba convencido de que un peleador más experimentado lo habría lastimado, a pesar de que Tyson había noqueado a su oponente en treinta segundos. Un año después, con apenas 20 años, Mike Tyson noqueó a Trevor Berbick y se convirtió en el campeón mundial de los pesos pesados más joven en la historia. El golpe final, en el segundo round, puede verse con perfecta claridad en YouTube: Berbick, con el cerebro completamente desconectado, se cae tres veces antes de que el árbitro dé por terminada la pelea. Aun así, la noche anterior, Tyson no podía dormir: hablaba por teléfono con chicas con las que todavía no había podido acostarse porque la que sí se había acostado con él, “una discutible señorita que terminaría muriendo de sida”, le había contagiado gonorrea. “Era como Nietzsche”, cuenta Tyson, “la primera vez que consigue algunas conchas, se pesca la sífilis y se muere”. Pero nada de esto importó, porque la decisión de ganar estaba tomada. Esta fue la razón por la cual, mientras se llevaban a Berbick de la lona, Tyson le habló al espectro de Cus: “Lo hicimos, les mostramos a esos tipos que estaban equivocados”. Unos segundos después, cuando alguien le acercó un micrófono, Tyson dijo que quería dedicarle esta pelea a su gran protector, Cus D´Amato, acerca del cual “estoy seguro de que está allá arriba, mirando y hablando con todos los grandes luchadores, diciéndoles que su chico lo logró”. En una de sus últimas entrevistas, cuando le preguntaron a D´Amato acerca de su legado, dijo que lo único que quería era dejar una marca en esta gran roca que es el planeta Tierra para que todos supieran que él había estado por acá. Cuarenta años más tarde, Tyson dice que D´Amato lo logró, y que sus dos marcas están juntas. “Y cada vez que alguien recuerde a Mike Tyson, conocerán también el nombre de Cus D´Amato. Hasta el final de los tiempos”.
Como la muerte de cualquier padre, la de Cus D´Amato fue el evento que lo cambió todo. Tyson ya no tuvo con quién hablar sobre lo que le pasaba y empezó a guardárselo. Angustiado, se casó y se divorció con la primera mujer que intentó estafarlo, empezó a tomar alcohol sin control y también a drogarse cada vez más. Su dedicación a la técnica peek-a-boo se suavizó, por lo que adoptó un método de pelea mucho más simple, basado en la fuerza antes que la inteligencia. A la par de todo eso, la vida monacal que había llevado bajo la supervisión de su mentor se transformó de un momento a otro en una orgía perpetua[17]. En términos culturales, Tyson considera que los mejores y los más salvajes años de su vida pública adquirieron una espectacularidad tan tremenda que le dieron forma al life style que los raperos estadounidenses y sus derivados latinos, incluidos los argentinos, copian hasta el día de hoy. Mujeres, dólares (cuando hay), drogas, intimidación física, lujo obsceno, más mujeres, autos exclusivos… “Fui el primero en comprar autos Rolls-Royce y Ferrari. En 1986, ¿qué otro negro de veinte años estaba comprando esos autos legalmente? Y no tenía uno, tenía una flota”. Entonces apareció Don King, el mánager con quien las cifras en juego para cada pelea llegarían a récords inéditos y el mundo del boxeo cambiaría para siempre.
Leer la manera en que Tyson se las arreglaba para dejar de drogarse, tomar y fornicar apenas unas horas (o unos minutos) antes de subirse al ring y noquear a quien le pusieran delante a cambio de millones de dólares es, sin duda, leer sobre proezas que van más allá de lo deportivo. Pero aquello, al fin y al cabo, era el tipo de disciplina brutal que lo emparentaba con el linaje en el que había querido incluirlo D´Amato, el de los auténticos luchadores (leyendo sobre Alejandro Magno, por ejemplo, Tyson descubrió que las largas marchas a pie a través de Europa y Asia se hacían gracias al uso de drogas). En 1997, el famoso incidente con la oreja de Evander Holyfield marcó el final de una curva de decadencia durante la que Tyson perdió una enorme parte de su fortuna y mucho del honor que había ganado en el ring. Para darse una idea de lo que esto significa: por aquellos años, a algunos de sus rivales les decía, antes de tenerlos entre las cuerdas, que iba a cogérselos y, a otros –después de haberlos destruido entre las cuerdas–, les decía que habían gemido y llorado como mujeres. Era un método retórico que desarrollaba mejor ante los periodistas: “Te voy a coger por el culo delante de todos. Estás asustado como una putita blanca. Asustado de un hombre de verdad. ¡Te voy a coger hasta que te enamores, marica!”.
En el transcurso de esta decadencia, y para recuperar una parte de los millones de dólares que Don King le fue robando con contratos tramposos, también le pegó a él. Y por aburrimiento, o por efecto del alcohol y la cocaína, se involucró en varias decenas de peleas callejeras que empeoraron aún más su reputación y su economía[18]. Pero terminemos con la pelea en la que Tyson le arrancó un pedazo de oreja a su amigo Holyfield, un episodio sobre lo cual ellos siguen haciendo chistes y negocios. Es probable que Tyson, en esa etapa de su carrera, fuera más lento y pesado, y también que el alcohol, la cocaína y la marihuana no aportaran nada a su lucidez. Pero lo cierto es que Holyfield estuvo cabeceando a Tyson durante tres rounds seguidos y con absoluta impunidad. Uno de esos cabezazos, de hecho, le provocó a Tyson un corte arriba del ojo. Él dice que se quejó con el réferi, pero la pelea siguió y también siguieron los cabezazos. “Así que solo quería matarlo. Cualquiera mirando podía ver esos cabezazos. Estaba furioso, era un soldado indisciplinado y perdí mi compostura”. Lo que pasó es conocido en cada punto del planeta y la Comisión Atlética del Estado de Nevada lo sancionó por ello con un año de suspensión y tres millones de dólares de multa, “el 10 por ciento de mi bolsa, así que realmente me sentí traicionado después de todo el dinero que le hice ganar a esa ciudad. Nadie más estuvo cerca de producir las ganancias que yo llevé a Las Vegas”.
Y bien, ¿qué es perder? Según Tyson, la respuesta más profunda la dio George Foreman: “Es como estar en una nada profunda y oscura, como el mar, sin nada sobre tu cabeza o debajo de tus pies, nada, nada de nada. Hay un olor horrible en la derrota, un olor que nunca pude olvidar, un olor a pena. Si multiplicás todos los pensamientos tristes que hayas tenido, ni siquiera vas a estar cerca. Miraba alrededor y estaba muerto. Eso era todo”. Para Tyson, sin embargo, el boxeo no era la vida. ¿Qué decía Cus D´Amato? “Perder, ganar, nunca lo tomes como algo personal”. Lo único personal, para Tyson, fue la muerte de uno de sus ocho hijos, su hija Exodus, en 2009. Fue a partir de ahí que las cosas volvieron a cambiar y, al igual que tras la muerte de D´Amato, su mirada sobre el propósito de su existencia se alteró. Que esta revelación surgiera entre las ruinas de un dolor tan devastador en alguien cuya sola presencia física era capaz de dañar, tal vez, sume color al relato: “El enorme apoyo que me dieron personas que no conocía me afectó. Me hizo entender que quería darle algún servicio a la sociedad y no ser solo un egoísta. Quise saber cómo dejar de ser promiscuo y volverme leal a una sola persona. Quise saber cómo ser un adulto responsable, un padre responsable. No sabía cómo hacerlo, pero quería eso. Y con todo ese dinero, toda esa fama y todos esos títulos, lo único en lo que me había convertido era en un divorciado con un montón de chicos sin padre. Después de la muerte trágica de Exodus, todo mi paradigma cambió. Me di cuenta de que todo lo que pensaba que era verdadero era una mentira, así que tenía que reiniciar mi vida de nuevo”[19].
¿Qué es el boxeo? Según Mike Tyson, uno de los atletas más grandes de su generación y probablemente uno de los pocos deportistas vivos en una categoría similar a la de Diego Armando Maradona, el boxeo es el deporte más apasionado del mundo cuando se hace bien. Y sí, puede que las artes marciales mixtas parezcan más emocionantes, pero eso solo pasa, dice Tyson, porque no hay boxeadores que se atrevan a desear con todo su corazón reinar entre los dioses. Los boxeadores de ahora quieren dólares y adulación, ni siquiera quieren lastimar a su oponente. ¿Y qué es lo que quería Tyson? Adulación e inmortalidad[20]. ///// DB
[1] Home Box Office, hoy propiedad de Skydance Corporation.
[2] La tigresa Kenya, educada por un entrenador de dos mil quinientos dólares a la semana.
[3] Circunstancia que, entre otras cosas, le permitió aprender chino, “por lo que cuando varios años después fui a China, podía mantener una conversación”, detalla Tyson.
[4] Entre las particularidades de un proceso judicial viciado desde el inicio por el racismo, la codicia y la cultura del espectáculo, se comprobó que Desiree Washington había firmado un contrato que la obligaba a denunciar a Tyson antes de vender los derechos para un libro y una película sobre su vida.
[5] Tyson admite que la habilidad para pelear llegó a él mucho antes de conocer las reglas del boxeo, cuando las calles de Brownsville, en Brooklyn, Nueva York, mantenían a un jovencísimo Michael Gerard Tyson en estado permanente de intimidación. Tyson tuvo que elegir entre ser la víctima de los crímenes de los otros o convertirse en un criminal, pero un día uno de sus cómplices le mostró un pasatiempo: la cría y entrenamiento de palomas. Tyson empezó a invertir parte de su botín en eso hasta que su destino como boxeador le fue revelado. “Un día, después de robar una casa, fui a una veterinaria y gasté 100 dólares en pichones que alguien del barrio me ayudó a llevar hasta el techo donde escondía mis palomas. Pero después les contó a otros chicos, que vinieron a robarme”. Que el boxeador más intimidante del siglo XX haya sido víctima del bullying puede ser llamativo, pero en su memoria esta experiencia se convierte en el primer capítulo para un gran relato de superación. “¿Querés este pájaro?, me preguntaron. Entonces le arrancaron la cabeza, me la tiraron encima y se limpiaron la sangre en mi ropa”. Fue la primera vez que escuchó que alguien gritaba: “No tengas miedo, enfrentalo”. “Hasta entonces, había tenido miedo de pelear con cualquiera. Pero tiré algunos golpes duros, uno conectó con mi contrincante y cayó”.
[6] Muchos de los 44 nocauts de sus 58 peleas profesionales fueron antes del segundo round.
[7] En cualquier momento, recuerda Tyson, Cus podía entrar en trance, como si soñara despierto, y entonces veía a sus enemigos haciendo lo que él quería. Estas curiosas lecciones de dominación psíquica llevaron a Cus a intentar hipnotizar a uno de sus luchadores durante un encuentro con periodistas.
[8] “Leí a Mao y al Che. Leí a Maquiavelo, Tolstói, Dostoievski, Marx, Shakespeare, lo que quieras. Leí a Hemingway, pero era deprimente. Prefería las obras revolucionarias”, explica Tyson, capaz de citar a Marx y Hegel. Sin embargo, fue con Tupac Shakur con quien tuvo sus más prolíficas conversaciones sobre teoría revolucionaria en la cárcel. “Cuando llegabas a conocerlo, era un maestro de la didáctica antes que un matón. Tenía una mente fascinante”.
[9] Y sus palabras se respaldaban con acciones. Unos meses después de mudarse a Catskill, llegó a la casa el equipo sudafricano de boxeo, que durante el apartheid era blanco. Lo primero que hizo Cus fue decir que “en esta casa hay un chico negro que es parte de nuestra familia, trátenlo con el mismo respeto con el que tratan a los demás, ¿entendido”. Cus fue educado pero terminante. Los sudafricanos, por su lado, se limitaron a responder “sí, señor”.
[10] Durante sus regresos a Brownsville, Tyson no dudaba en regalarles ropa, joyas o fajos de billetes a quienes jamás se habían sentido merecedores de nada. Otra vez, son las palabras de D´Amato las que explican el escaso valor de la riqueza cuando uno persigue un objetivo superior: “El dinero significa seguridad, y para mí seguridad significa muerte, así que nunca me importó el dinero. Todo lo que valoro no se puede comprar con dinero. Por eso se lo doy a quienes están en problemas, y no me parece que eso sea desperdiciarlo”.
[11] “Si un tipo intentaba darme la mano antes de pelear como gesto de caballerosidad deportiva, Cus se disparaba”, recuerda Tyson. Lo único que tenía permitido era ayudar a sus rivales a levantarse después de noquearlos, aunque al cabo de un tiempo Tyson descubrió que, en realidad, la maniobra era la última parte de la humillación sobre el ring.
[12] Cus no salía casi nunca de casa, pero hablaba por teléfono. Uno de sus interlocutores era Alí, al que había conocido cuando todavía se llamaba Cassius Clay y no tenía ni los dólares suficientes para entrar a ver peleas. D’Amato, como había hecho durante toda su vida con cualquier boxeador, en esa época le había prestado un par de billetes y le había dicho que se tomara el entrenamiento en serio si quería llegar a algo.
[13] El primero fue desvinculado del equipo después de una discusión sobre los hábitos sexuales de Mike y el segundo cuando Don King tomó el control de su carrera.
[14] “Les enseño a mis luchadores a enseñar”, decía D´Amato. “Es como la Enciclopedia Británica. Todo ese conocimiento ahí adentro no significa nada si nadie levanta el libro y lee. Cuando me muera, mis luchadores van a saber lo que yo sé. Por eso soy mejor que la mayoría de los entrenadores. Dicen que soy narcisista, pero no es eso. Es solo que el resto son muy incompetentes. No hay que ser un genio para ser mejor”.
[15] “¿Qué significa estar asustado?”, le preguntó William Shatner en Hotboxin´ With Mike Tyson, el podcast de Tyson. Sereno, Tyson miró a la estrella de Star Trek y con su particular ceceo dijo: “Estar asustado es una ilusión proyectada por tus peores pesadillas. En una pelea puedo estar asustado porque soy humano, pero no me siento intimidado. Tener miedo es un sentimiento, pero no impide que actúes. La intimidación, en cambio, sí afecta tu desempeño. Un peleador tiene que comprender el sentimiento del miedo. El miedo es como el fuego. Fuera de control, puede destruirte. Pero bajo control puede ser tu amigo, cocinar tu comida, mantenerte caliente, luchar por vos”.
[16] Patterson volvió a embarazar a Gloria Wanamaker durante una de las visitas a su hijo.
[17] Hay muchísimas anécdotas sexuales en sus memorias, aunque vale la pena solo una línea para entender en qué se transformó esta adicción aun cuando Tyson ya se había retirado del boxeo profesional: “Mi criterio, en ese momento, era solamente que respiraran”.
[18] En Undisputed Truth se describen muchas, y todas son instructivas y hablan sobre la terrible batalla metafísica que significa cargar con el estigma de la violencia como medio para la existencia. Basta recordar apenas una, que los hombres de bien podrán tener en cuenta cuando llegue la hora. Una vez, mientras tomaba champagne en un bar, alguien que dijo que era boxeador y llevaba puesto un tapado de visón empezó a provocarlo. Tyson no quería problemas: tenía una fastuosa cantidad de marihuana y cuatro prostitutas encima, y pensaba irse pronto con todas. Pero la provocación siguió, así que no tuvo más remedio que reaccionar. “Empecé a tirarle derechazos e izquierdazos, pero como estaba borracho se me escapó. Así que levanté su tapado, me bajé los pantalones y me limpié el culo con la piel de visón. ¡Dios mío! ¿Se imaginan si eso pasara hoy, con todas esas cámaras en los teléfonos?”
[19] Poco después llegarían las participaciones en películas, series y dibujos animados, un unipersonal en Broadway convertido en un documental dirigido por Spike Lee y el relanzamiento de su figura como ícono deportivo, escritor, gran empresario y celebridad, incluido algún retorno fugaz y mucho más que digno a los rings, como ocurrió en 2020 contra Roy Jones Jr., y después en 2024 contra el influencer Jake Paul, al que le perdonó la vida en varias oportunidades.
[20] “Cuanto más lastimaba a alguien, cuanto más rápido lo hería, más adulación conseguía de la multitud, y yo me alimentaba de eso. El boxeo va a volver, créanme. Está dando vueltas desde hace casi doscientos años, legalmente. No va a irse tan fácil. Solo esperen hasta que veamos al próximo gran luchador de los pesos pesados. Será algo que querremos ver una y otra vez”.



