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ENEMIGOS DE LA NACIÓN (ARGENTINA)

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27 Ago. 2026
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¡ADVERTENCIA! Este contenido podría tener propaganda financiada por fundaciones espurias vinculadas a intereses extranjeros y servicios de inteligencia de esos países, secesionismo y chantaje emocional.

Frackibacter Vaccamortensis. Ficciones sobre el petróleo.

Pablo Schanton, Gabriela Cabezón Cámara, Magalí Etchebarne, Michel Nieva, Gabriela Borrelli Azara, Claudia Aboaf, Valeria Meiller

Tenemos las máquinas (2026)

102 páginas

Me acerqué al Museo de Arte Moderno de Buenos Aires para la presentación del libro Frackibacter Vaccamortensis, antología de cuentos comisionada por el grupo eco-militante ECO ECO y editada por Tenemos las Máquinas. La sala estaba llena y el vino que ofrecían para brindar era bueno. Un éxito de la organización llevar tanta gente un viernes helado a esos bordes de San Telmo. Los afiches del evento prometían la presencia de Pablo Schanton, el prologuista, y de los autores de la antología: Claudia Aboaf, Gabriela Borrelli Azara, Magalí Etchebarne, Gabriela Cabezón Cámara y Michel Nieva, este último en formato virtual y asincrónico. En el café del museo, junto a la sala, dos franceses charlaban, indiferentes. En la pantalla de la sala de eventos se proyectaban imágenes de Añelo y de los pozos petrolíferos del megayacimiento de Vaca Muerta. Las imágenes, todas desprovistas de humanos, apenas una sucesión de tanques de YPF, chimeneas y balancines fracking, baby, fracking, eran hermosas y emotivas, la fuerza de la técnica argentina para extraer los frutos y los tesoros de nuestro suelo. En una mesita, al costado, regalaban ejemplares de Frackibacter Vaccamortensis a quien estuviera interesado. Tanto el evento como el libro atrajeron mi interés. ¿Qué tiene la literatura argentina, al menos una parte muy prestigiosa de ella, para decir acerca de Vaca Muerta, la esperanza más grande para que la Argentina, finalmente, supere el problema de la restricción externa y transite el largo y beneficioso camino de la soberanía energética?

El evento comenzó con otro prólogo de Pablo Schanton que replicaba, casi palabra por palabra, su propio prólogo en el libro. Y si bien los chismes de cócteles son interesantes, mejor vayamos al texto. Al tratarse de una antología de cuentos, las intenciones del libro van a estar bien explicitadas en los ensayos que rodean los relatos, en este caso, un extenso prólogo y un aún más largo epílogo. Primera curiosidad. Schanton, en su texto, no se demora en el objetivo: “Hacer foco en el asunto Vaca Muerta como problema ecológico, a un costado de la polémica por la soberanía de su explotación”. La afirmación es llamativa de por sí. ¿Es acaso posible, en el siglo XXI, tras siglos de explotación y colonialismo que sufrió y sufre Argentina y América del Sur, separar las cuestiones soberanas de los recursos naturales de cualquier discusión que los rodea, tanto ambiental o política? La pregunta que asoma es: ¿por qué Schanton querría ensayar esa escisión? ¿A quién le conviene separar las discusiones sobre nuestros recursos de las discusiones sobre sus dimensiones soberanas? Y tal vez, más urgente: ¿qué soberanía se ve vulnerada por Vaca Muerta? No olvidemos ese concepto, el de separar, desmembrar. Entonces, sigue Schanton, la idea de la antología es separarse de los datos duros, de los reportes ambientales, etc., que no convencen ni interpelan a nadie, para pasar a estimular a la ciudadanía por lo que él llama “la educación estética de todes” para, así, “boicotear la anestesia informática”. Pero si la realidad ya no importa, ¿cuál es el límite para lo que se puede decir y escribir sobre la realidad de Vaca Muerta? Todos estamos a favor de la imaginación, pero este salto ficcional puede no ser tan inocente en un libro diseñado como propaganda.

A continuación, Schanton relata el viaje que hicieron los escritores de la antología y él a mediados del año pasado al “miserable” e “infernal” pueblo de Añelo, centro urbano de la extracción de Vaca Muerta. La referencia al viaje fue interesante por su opacidad: tanto en la charla presencial como en el prólogo, nunca se revela quién financió los pasajes, los hoteles y el trabajo del chofer que los paseó por los pozos, los basurales, el hotel y el casino en ese viaje de egresados ecologista. Aunque no lo hayan mencionado, sin embargo, no es muy difícil de reconstruir. ECO ECO, según señala en su página web, es el desprendimiento artístico del colectivo Periodistas por el Planeta (PxP). A su vez, en el sitio de PxP se exhibe el “apoyo” de la Embajada Británica en Buenos Aires —tal vez ahora todo empieza a tomar sentido—, además de un complejo entramado de fundaciones extranjeras como FARN, que recibe cerca del 90% de sus fondos a través de fundaciones internacionales, o la European Climate Foundation, financiada por fundaciones como McCall MacBain, Children’s Investment Fund Foundation, Bloomberg Philanthropies, ClimateWorks, Hewlett Foundation e IKEA Foundation, entre muchas otras. Lo que se dice un verdadero tejido filantrópico casi exclusivamente angloamericano y europeo. También podemos ver el logo de Global Greengrants Fund, que ha aceptado con entusiasmo fondos de, entre otras, la Fundación Ford —no olvidarse de googlear su relación con los servicios de inteligencia americanos y su rol en la región en los años 70— y de la familia Rockefeller, accionista fundadora de Standard Oil, hoy ExxonMobil. ¿Cuál será el objetivo de algunos actores centrales de la estructura petrolera mundial buscando desarmar la estructura petrolera de nuestro país? Lo dejo a criterio del antologador y de los autores de otro libro de cuentos que, probablemente, tenga menos financistas que este.

Pero antes de seguir, una mención especial a la Fundación Avina, fundada por Stephan Schmidheiny, empresario suizo y expropietario de Eternit, la compañía que hizo fortuna con el amianto y dejó a su paso miles de muertes por asbestosis en media Europa. Un fiscal italiano lo sentenció en 2012 en el juicio de Turín de homicidio doloso y desastre ambiental permanente por esas muertes —la prensa de la época, sin medias tintas, lo llamó directamente “terrorista y asesino en serie”. En pocas palabras: el dinero detrás de una de las fundaciones que financia el ecologismo regional viene de una de las mayores catástrofes de salud ocupacional e industrial del siglo XX en Europa. Follow the money. Si bien PxP insiste en su sitio en una política de “total independencia sobre el contenido, temáticas, abordajes y enfoques de nuestro trabajo, y nuestras decisiones no están influenciadas por ninguno de nuestros sponsors y financiadores”, todos sabemos que la intersección de intereses es condición necesaria para hacer buenos y provechosos negocios, y pareciera que PxP no le dice que no a nadie a la hora de pasar la gorra. Tanto en la vida como en la buena literatura, no hay que autoengañarse ni intentar engañar a los demás.

Por otro lado, como sí deberíamos creer en los datos, vale aclarar que hoy, gracias a Vaca Muerta, la Argentina alcanza un 101% de autosuficiencia energética y es exportador neto del sector. Aunque sean un poco pesados, tómense un minuto para absorber la información: en 2025 el superávit energético llegó a 7.815 millones de dólares, el más alto de la historia, con exportaciones de combustibles y energía por 11.086 millones. Solo en abril de 2026, las exportaciones totales del país treparon a 8.914 millones, empujadas por Vaca Muerta y la soja, con un superávit comercial de 2.711 millones. YPF ya comprometió 25.000 millones de dólares para perforar más de mil pozos nuevos, con una meta de 240.000 barriles diarios; en su desarrollo pleno, el yacimiento generará 40.000 empleos directos y 240.000 indirectos, y para 2030 se proyectan exportaciones del sector por 30.000 millones de dólares, única política, tal vez, consistente entre los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, Mauricio Macri, Alberto Fernández y Javier Milei.

Pero bueno, basta de chismes y cifras, vayamos a los cuentos, que esto es una crítica literaria. Frackibacter Vaccamortensis es la segunda aventura artística del colectivo ECO ECO, tras Geonnitus, instalación audiovisual sobre el fracking, que buscaba llevar “al espectador urbano a atravesar un mundo desconocido, donde manda el viento, la toxicidad y la violencia que se ejerce sobre los territorios”. En octubre llegará una tercera pieza, una obra de teatro dirigida por Luciana Mastromauro. 

El primer relato de la antología es “El camino del oleoducto”, de Cabezón Cámara, el cual sigue a una antropóloga que documenta el éxodo de sacrificados climáticos junto a una mujer y su perro por la ruta de un oleoducto hacia un final apocalíptico. El texto parece, apenas, una crónica delirada del viaje que Schanton narra en el prólogo, a tono con su “militancia” editorial por la temática econativista de moda en el mercado anglo y pro-Greenpeace en el caso de la campaña contra la explotación petrolera en el Mar Argentino. Lo curioso es que es el único de los cinco relatos que nombra y se ubica en una de las “miserables ciudades de la República Argentina”. ¿Qué otras ciudades o pueblos tendrá en mente Cabezón Cámara? ¿Habrá algo que no sea “miserable” en esta república para ella? Es el mismo adjetivo que usó en la presentación para describir a Añelo —miserable, infierno—, antes de enmarcar lo que sucede ahí como una especie de genocidio, un acto belicoso sin armas, sin mencionar que la población del pueblo solo crece hace décadas y que la provincia de Neuquén goza de un PBI per cápita comparable al de Estados Unidos y Alemania. En todo caso, es lo que pasa cuando se decide abandonar los datos en favor de hacer propaganda disfrazada de literatura. En este punto, vale la pena volver a la presentación para subrayar el elogio y el entusiasmo que mostró Cabezón Cámara ante la noticia de que Reino Unido había prohibido el fracking en su mainland, como si no tuvieran otras islas en el Atlántico Sur de donde extraer ilegalmente hidrocarburos.

“La parición”, de Etchebarne, imagina una Vaca Muerta post-humana: una mujer sola, sobreviviente de una catástrofe que mató a todos menos a ella y sus cabras, criando animales entre pozos abandonados —fantasía bucólica de extinción, de un mundo sin hombres y, también, sin necesidades—. Si bien se trata, por lejos, del mejor relato de la antología, es también donde el mecanismo berreta de extorsión que motoriza el libro —aquel que Schanton imaginó como educación estética frente a la anestesia dura de los datos que elige ignorar— se ve con mayor claridad, es decir, el abandono de cualquier forma de credibilidad o la construcción de un mundo plausible al servicio del objetivo propagandístico y colonial de renunciar a nuestros recursos naturales. Basta un ejemplo: cuando la protagonista despierta junto al cuerpo de su marido, “muerto y gris, tan duro y tan hinchado como un chancho”, el texto no ofrece ninguna causa verosímil para semejante catástrofe, ninguna cadena de eventos que un lector pudiera reconstruir o cuestionar. ¿Tiene sentido escribir ficción e inventar cualquier horror en pos de un objetivo político? Por eso los datos son importantes: sin ellos, la ficción deja de ser una hipótesis sobre el mundo y se convierte en pura extorsión emocional. Dicho sea de paso: no hay ningún ejemplo, ni mucho menos una proyección seria, de que el fracking o la extracción de hidrocarburos pueda generar una catástrofe repentina y de tal magnitud que extinga toda o casi toda la vida humana de una región que, en los hechos, no para de crecer.

En “El manfloro”, Michel Nieva —que vive en Nueva York— describe la búsqueda de dos etnobiólogos tras una bacteria que da nombre al libro y que tendría la posibilidad de ayudar a terraformar Marte, para así tener, de una vez por todas, gauchos marcianos, o gauchos intergalácticos. No queda claro por qué habría gauchos en Marte si las corporaciones que buscan terraformarlo son estadounidenses —en fin, tal vez vaqueros marcianos, sin vacas, solo con bacterias. El relato está narrado por la propia bacteria, que tiene una voz muy humana, y muy idéntica, además, a la del propio Nieva en Ciencia Ficción Capitalista y en La infancia del mundo. Lo interesante de este cuento es que, ante cada maravilla de la vida que sucede en la zona de Vaca Muerta —como el nacimiento de un manfloro—, la bacteria exclama: “Y todo esto ocurría en la Tierra, señores, y en ningún otro lugar: ¡en la Tierra!”, sin que en ningún momento diga que eso ocurre, al menos en lo que se narra, en Argentina, y no simplemente en un pedazo de piedra flotando en el espacio. Nieva continúa así con la tendencia general del libro a desterritorializar Vaca Muerta para situarla como un lugar cualquiera en la Tierra, donde cada perforación deja de ser un acto de soberanía jurisdiccional de una nación concreta, Argentina, y pasa a ser, apenas, otro crimen contra el planeta. Pareciera que Argentina es, para este libro, una palabra vergonzosa. 

Llegamos así al texto más largo del libro, que, llamativamente, no es un relato, sino el epílogo a cargo de Valeria Meiller, académica del sistema de becas internacional que divide su tiempo entre sus clases en San Antonio y la Stony Brook University de Nueva York, institución famosa por haber recibido en 2007 fondos del Departamento de Defensa para investigar contraterrorismo digital, y del Departamento de Seguridad Nacional para el diseño de sistemas de detección de radiación.

Es curioso que, en un libro que buscaba despertar nuestra educación estética por medio de la ficción literaria, sus dos textos más largos sean dos ensayos profunda y explícitamente políticos y panfletarios, como si la literatura fuera apenas el preservativo con el que el lector es expuesto a lo verdaderamente programático del proyecto ECO ECO y sus financistas. Meiller empieza su texto con una excelente y detallada historia sobre el descubrimiento de hidrocarburos en Neuquén por parte de geólogos norteamericanos financiados por la Standard Oil Company, hoy Chevron (¿sabrá Meiller quién financia su universidad y el proyecto ECO ECO?). A Meiller la horroriza que múltiples fósiles de dinosaurios recuperados durante esas excavaciones hoy estén en exposición en algún museo de los Estados Unidos. Desde su marco decolonial, las zonas extractivas no son más que “territorios donde el capitalismo racial reorganiza violentamente la vida y la tierra para remover recursos sin consentimiento”. Otra vez la palabra territorio y tierra, incluso raza, sin menciones específicas. Pero la pregunta es: ¿sin consentimiento de quién? Los datos no dicen lo mismo. Prestemos otro segundo de atención a esto: el 82% de la explotación de Vaca Muerta es llevada a cabo por empresas argentinas. Sin embargo, aunque algunos de nuestros dinosaurios se exhiben en museos del Primer Mundo, ni Meiller, ni Schanton, ni Cabezón Cámara, ni Etchebarne, ni Nieva, ni Aboaf, ni Borrelli Azara mencionan la explotación de hidrocarburos planeada por la empresa Sea Lion conjuntamente entre Israel y el Reino Unido en el territorio argentino de las Islas Malvinas. Al parecer, no todos los hidrocarburos contaminan igual. O tal vez algunos hidrocarburos sean más denunciables que otros. Seamos piadosos: tal vez el próximo proyecto de ECO ECO mire hacia los recursos energéticos que el anglosionismo extrae de la Madre Tierra. Viendo quién los financia, no creo que les sea complicado conseguir viajar a las islas. Lo curioso de dicha omisión es que los une también al silencio cómplice del gobierno de Javier Milei sobre la explotación ilegal de nuestros recursos en las Malvinas. Los que odian a la Argentina no son tan distintos.

Volvamos al texto de Meiller. La autora no esquiva la pregunta del consentimiento respecto a quién puede y quién no permitir la explotación de Vaca Muerta, ya que para ella “el fracking no solo presenta nuevos desafíos ambientales sino que también reactualiza la disputa colonial que enfrenta a los pueblos originarios con el Estado argentino por la soberanía de la tierra”. Lo cual para Meiller tiene sentido porque Vaca Muerta formaba parte de “Wallmapu, la nación mapuche que se extendía desde el océano Pacífico hasta el Atlántico”. En este sentido, Vaca Muerta es un nuevo impedimento para los “ciudadanos mapuches para reclamar su soberanía territorial” y una amenaza a sus “últimos territorios soberanos”, ya que hoy son “asediados por una nueva frontera extractiva, los hidrocarburos”. Desde Manhattan, donde reside, pareciera que Meiller no tiene pudor en su proclama secesionista, ya que, vale aclararlo, no existe dentro de la República Argentina nada parecido a otra nación con capacidad estatal para otorgar “ciudadanía” alguna, ni mapuche ni de ningún tipo, y nunca, ni antes ni ahora, puede admitirse que se ponga en duda la soberanía argentina sobre todo el territorio nacional. Así como no existe, de ninguna manera, una disputa colonial que enfrente a Argentina en tanto país agresor con nadie, más bien lo contrario: Argentina tiene, efectivamente, parte de su territorio ocupado y vulnerado por una potencia extranjera, la misma que, casualmente, aloja en Bristol, desde 1996, una de las mayores organizaciones mapuches del mundo.

Lo que existen, en todo caso, son zonas argentinas pobladas por argentinos, que además pueden ser o no mapuches, tehuelches, collas, diaguitas o hinchas de Flandria, pero cualquier comentario que sugiera que existen territorios soberanos de otra nación dentro de la Argentina pero por fuera de ella es lisa y llanamente secesionista. Pero Meiller insiste, ya que el debate sobre Vaca Muerta nos obliga a encarar el racismo estructural argentino y su colaboración en el entramado del capitalismo mundial patriarcal. Por lo tanto, nuestro lugar, como “naciones del sur global”, es ingeniárnosla para “imaginar coordenadas de representación que difieran de las representaciones euroccidentales” e imaginar un futuro que no dependa de “construir un nuevo extractivismo basado en la explotación de recursos renovables sino de reducir el extractivismo en su totalidad”. En fin, desde Stony Brook parece fácil reafirmar el rol tercermundista de la Argentina al querer coartar su derecho a tener gas y energía y no morirnos de frío en invierno, o a gastar nuestros preciados dólares en importar, justamente, energía de países en y a los que Meiller, latinoamericana profesional, trabaja y obedece.

Hay una figura, sin embargo, desdibujada en el libro, apenas mencionada en su contorno: la del trabajador. El trabajador que, con sus hermosos mamelucos de YPF, perfora la tierra y baja a los pozos y, como héroe nacional, aporta a extraer nuestro petróleo y a la generación de riqueza nacional. Ningún cuento busca a estos personajes. Cuando aparecen, es apenas como una amenaza o un autómata de fondo. La pregunta no se responde, pero tampoco hace falta. Luego de leer el libro, su tesis secesionista y su interés por frenar el desarrollo argentino, quedan otras preguntas sin responder. Es llamativo que nadie señaló, ni se animó a precisar, ni en el libro ni en la presentación, qué recibieron a cambio los autores por su trabajo, además de un viaje todo pago al infierno de Añelo. El dato es valioso porque los lectores merecen saber, ante una pieza de propaganda que se regala en un museo municipal porteño, si los autores lo hicieron gratis y por una profunda vocación de sirvientes o al mejor postor por una clásica voluntad de mercenarios. Tal vez algún día lo sepamos. La decepción, en todo caso, con ciertos sectores de la literatura argentina —algunos que tienen el privilegio de dar discursos en la apertura de la Feria del Libro— ya no es sorprendente, pero cada vez es más profunda. Desde la crítica ni siquiera se pide, ni se sugiere, que escriban a favor de la Argentina, pero tal vez no escribir en contra —en contra de su soberanía, de sus intereses o, al menos, de su unidad territorial— no sea mucho pedir, o, en su defecto, hacerse cargo de sus intereses. Habría que pensar si no es hora de algún movimiento que busque preservar la integridad del ecosistema literario argentino de estas influencias. Una idea, tal vez, de verdadera ecología nacional. Desde esta pequeña trinchera digital solo podemos decir: viva el fracking, viva Vaca Muerta, viva Argentina. ///// DB

Disclaimer. Esta vez el contenido no está libre de financiación del Departamento de Estado.
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