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ALAN MOORE, LOVECRAFT Y EL FIN DE LA HUMANIDAD 

19 May. 2026
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Por razones de afinidad intelectual y estética, y diría también que gracias a una disposición espiritual común, no es extraño que el guionista inglés Alan Moore sea uno de los mejores intérpretes de la obra y de la vida de Howard Phillips Lovecraft. Por eso mismo, tampoco es extraño que Providence, la serie de doce cómics que Moore publicó entre 2015 y 2017, haya logrado componer el tipo de relato que, si por un lado, como ya han hecho antes muchos, retoma a varios de los personajes, los seres y los “conflictos metafísicos” en los cuentos de Lovecraft, por otro los reubica en un único paisaje narrativo, estético, psíquico y biográfico coherente y original. Pero mi hipótesis es que Providence, antes que la obra de un talentoso guionista, es la obra de un excelente lector.

A los fines publicitarios, cuando Providence empezó a publicarse, se habló de un “Watchmen del terror”, en referencia al éxito de Watchmen, la novela gráfica con la que Moore se hizo mundialmente famoso en 1987 y cuyas adaptaciones, readaptaciones, precuelas y secuelas, en todos los formatos, siguen produciéndose. Este éxito benefició muchísimo a Detective Comics (DC), la editorial de Watchmen, pero no tanto a Moore, ya que DC aprovechó todas sus ventajas legales sobre Moore para privarlo de buena parte de las ganancias, lo cual derivó en la conocida rabia de Moore contra la industria del cómic en general y contra todo aquel que con buenas o malas intenciones parasite, explote, manipule o altere su guion original de Watchmen. Es esta doble batalla perdida contra el mercado y contra la propiedad intelectual (aunque no nos referimos al derecho legal a ganar algo por lo que uno creó, sino a la aspiración razonable a disponer, al menos mientras sea posible, de lo que uno ha creado) marca la primera alianza entre Moore y Lovecraft, que en sus cartas hablaba acerca de que “si vienen los ingresos, bienvenidos sean; pero jamás deben ser el objeto de interés principal”, asunto a propósito del cual Lovecraft tenía muy claro que “aparte de la literatura existe el trabajo perfectamente honrado de escribir narraciones chabacanas a la medida de la gente chabacana”.

UNA ALIANZA CONTRA LAS TRAMPAS DEL MERCADO

El trasfondo de esta alianza ideológica entre Moore y Lovecraft probablemente esté en que ambos, aunque con desenlaces distintos, siempre tuvieron relaciones esquivas con el dinero. Sobre lo que pasó después de la muerte Lovecraft y el desfile de herederos literarios que lo merodearon a veces como buitres hablaremos en detalle en otra oportunidad. Solo diremos que, mientras estuvo vivo, Lovecraft, a quien las revistas donde publicaba sus cuentos le pagaban poco y tarde, tenía que vender su tiempo y su paciencia a esa clase de amateurs que hoy no dudarían en usar ChatGPT para escribir. Y en el caso de Moore, es importante considerar que se trata de un anarco-idealista de familia obrera al que expulsaron del colegio por drogarse con LSD, y que pasó años limpiando inodoros o trabajando en una peletería en Northampton antes de dedicarse a los cómics. En síntesis, las ambiciones de estos hombres siempre fueron altas, pero nunca fueron estrictamente monetarias. Es por eso que en el prólogo que Moore escribió para el H. P. Lovecraft anotado de Leslie Klinger, esta alianza ideológica se formaliza a través de un reconocimiento negativo. Cuando Moore escribe, por ejemplo, que “incluso aquellos principalmente responsables de mantener vivo el nombre de Lovecraft a menudo lo hacían simplemente tergiversando (quizás sin darse cuenta) su ficción, su filosofía y su naturaleza esencial como ser humano”, ¿no es evidente que también se refiere a lo que DC y sus empleados (aunque estos sí se dan cuenta, ya que Moore está ahí para insultarlos) hacen al tergiversar su obra?

De todas formas, dice Moore, “tal es el poder hipnótico del lenguaje y la imaginación de Lovecraft que, a pesar de estos obstáculos, hoy en día se lo venera”. Por supuesto, este punto es más delicado, ya que cuando Moore menciona los “obstáculos” que tuvo (o que tiene) que vencer la obra Lovecraft para ser abordada de una vez por todas como lo que es, buena literatura, de lo que además está hablando es de su racismo, su presunta misoginia, sus prejuicios de clase, su homofobia y su antisemitismo. Y aunque, hasta donde sé, Moore no comparte con Lovecraft ninguna de estas particularidades (aunque Watchmen fue acusado en su momento de misoginia), el punto es que también a él hoy en día se lo venera, a pesar de haber hecho cosas bastante particulares para la lógica neutral de la industria cultural, como autoproclamarse mago o llamar “infantilizados” y “fascistas” a los adultos fanatizados con las películas de superhéroes. Recapitulemos: si Alan Moore es uno de los grandes lectores de Lovecraft es porque a través del tiempo y las ideas, o si les suena más lindo, a través del arte, se entrelaza entre ambos una alianza ideológica común contra las peores trampas del mercado, la mediocridad y el oportunismo artístico, y porque ya sea desde el fracaso que nació a partir del éxito de uno o el éxito que nació a partir del fracaso de otro, Moore y Lovecraft fueron capaces de decir algo terriblemente verdadero sobre el mundo que les tocó habitar.

¿Por qué es importante el factor ideológico de esta alianza? Porque, a mi entender, es lo que determina el hecho de que dos de los más grandes artistas de comienzos y de finales del siglo XX, el siglo de la consagración definitiva de la esencia de la técnica moderna, hayan surgido en ámbitos tan populares y estéticamente marginales en sus respectivas épocas como las revistas pulp y los cómics. Para entender por qué Providence es una gran lectura de la obra y la vida de Lovecraft, por lo tanto, es necesario tener claro a qué mundo pertenece exactamente Moore, a qué mundo pertenece exactamente Lovecraft y en qué exacto sentido esos mundos se cruzan. Quien explica bien el mundo de Lovecraft es Moore, que en su prólogo al libro de Klinger subraya que los Estados Unidos de 1920 era un país inundado de inmigrantes y refugiados europeos entre los que nuevas ideas políticas, nuevas etnias, nuevos lenguajes y nuevas sexualidades se mezclaban frenéticamente a través de los engranajes de un nuevo capitalismo para incubar la lógica económica, cultural y social de lo que pronto sería una nueva superpotencia. Sabemos que Lovecraft, como integrante de lo que hoy llamaríamos una identidad de protestante anglosajón blanco, sentía repugnancia por el cosmopolitismo de estos “muladares de mestizos”, como dice en sus cartas. ¿Pero tenemos claro más allá del velo del odio lovecraftiano lo que pasaba a su alrededor?

Cito a Moore: “En los relatos de H. P. Lovecraft se nos ofrece una visión oblicua, pero inquietantemente perspicaz, de los orígenes atormentados del convulso mundo moderno y la mentalidad que lo acompaña, que habitamos actualmente. Codificados en un alfabeto de monstruos, los escritos de Lovecraft ofrecen una posible clave para comprender nuestro dilema actual, si bien es crucial para ello que se entiendan en el contexto completo del lugar y la época en que surgieron”. Vamos a volver a lo que Moore llama “nuestro dilema actual”, pero antes hagamos una recreación del mundo en el que Alan Moore imaginó el grueso de su obra: V de Vendetta, La saga de Swamp Thing (donde aparecen varios monstruos lovecraftianos), Batman: La broma asesina, From Hell… Hablamos de la Gran Bretaña neoliberal de Margaret Thatcher de 1980, cuando la vieja Londres industrial es demolida y gentrificada, el proverbial racismo imperial pierde cualquier residuo de genuina aversión humana para convertirse en un mecanismo artificial y resentido para el control de las fronteras económicas, y no los servicios públicos, sino la idea misma de lo público se privatiza, y eso mientras el narcisismo inicia su ascenso como única fuerza individualista y la paranoia general late al borde del desenlace atómico de la Guerra Fría. En síntesis, el de Moore es exactamente el mismo mundo de Lovecraft, solo que con una buena dosis de esteroides históricos, mayor encarnizamiento y nulas especulaciones cósmicas.

EL HORROR CÓSMICO ES EL INCONSCIENTE COLECTIVO

Entre las obras notables de Moore, sin embargo, ninguna deja de tratar de forma inteligente y directa con aquello que, a pesar de las flagrantes evidencias de hipocresía y fracaso, las fuerzas de su época insistían en presentar como signos de un gran progreso, de un gran salto a la libertad, de un gran paso hacia el futuro o de una gran invitación a la paz. Por eso tampoco es sorprendente que si los mundos de Lovecraft y Moore se cruzan, lo hagan en un mundo que no es otro que nuestro propio mundo: el mundo que nos rodea en este instante, el mundo en el que basta mirar apenas las noticias o captar un poco la energía en el aire para notar la confluencia de lo peor del mundo de Lovecraft y lo peor del mundo de Moore. Providence es la cima de esta intersección, el núcleo de esta fusión cosmogónica definitiva: una alianza cuyo fundamento es un único y mismo terror ante la disolución de la humanidad. Y, por eso, Providence revela que el “horror cósmico” no es una mitología apócrifa ni un género literario. El “horror cósmico” es el inconsciente colectivo de la especie humana, a la espera de alcanzar su realización definitiva en el mundo mientras nosotros, como hombres y mujeres dueños de la razón y la técnica modernas, deambulamos convencidos de estar en control de nuestro destino, cuando en realidad solo somos las tristes proyecciones oníricas de los Antiguos.

La historia de Providence está catalogada como apta solo para mayores de 18 años y narra a través de un periodista y escritor judío que reprime su homosexualidad, Robert Black, el descubrimiento de que, entre muchos otros personajes marginales, secretos o turbios, Lovecraft es el gran redentor de los Antiguos y el máximo difusor universal de su omnipresencia a partir de una serie de relatos que él atribuyó a lo que nosotros llamamos Necronomicón. Providence comienza en 1920 y entremezcla en un todo coherente los personajes, los escenarios y los detalles biográficos y literarios más conocidos de Lovecraft, y se conecta con otros dos cómics de Moore ambientados en el siglo XXI: The Courtyard, una miniserie de dos números publicada en 2003 a partir del cuento “El horror de Red Hook”, que Lovecraft escribió en 1925, y Neonomicon, una miniserie de cuatro números publicada en 2010 a partir de distintos cuentos de Lovecraft sobre los Mitos de Cthulhu.

NO HAY SALVACIÓN: EL DESTINO FINAL DE LA HUMANIDAD

Si conocen el Lovecraft que se publicó en 2004 guionado por Hans Rodionoff, adaptado por Keith Giffen y dibujado por Enrique Breccia, Providence propone exactamente la idea opuesta: para Moore, Lovecraft no fue ni pudo haber sido jamás un noble redentor de la humanidad, un héroe anónimo dispuesto a entregar su vida y su obra para salvarnos de los Antiguos, sino que fue, como dijimos antes, el redentor de los Antiguos, dispuesto a entregar su vida y su obra para aniquilar a la humanidad. Y eso es lo que ocurre en Providence: los Antiguos, finalmente, avanzan sobre nuestro mundo para siempre. No hay salvación. La ilustración de Providence está hecha por Jacen Burrows, un dibujante estadounidense que para representar a Cthulhu, que en la historia de Moore nace después de la violación de una agente del FBI por parte de un monstruo anfibio de Innsmouth, se basa en el bosquejo que Lovecraft hizo de Cthulhu para Robert Barlow en 1934. Considerando que Lovecraft prefirió que muchos de sus relatos se mantuvieran inéditos antes de que los editores de las revistas los recortaran, les cambiaran las comas y los arruinaran, pero que, aún así, reconocía el talento que algunos de los ilustradores de Weird Tales, Amazing Stories o Astounding Stories para dar un formato visual concreto a los seres que imaginaba, el trabajo de Burrows resulta perfectamente complementario del trabajo de Moore y a la altura de las imágenes visuales de la literatura lovecraftiana.

Un comentario final sobre lo que Moore llama “nuestro dilema actual”. A la luz de Moore, Lovecraft sigue siendo la puerta más colorida, imaginativa y valiente hacia aquello que nosotros necesitamos creer que simplemente duerme bajo nuestros pies, desde su tiempo y también en el nuestro. Ahora bien, eso que duerme bajo nuestros pies, a veces con sutileza y otras veces con crudeza, suele relampaguear e irrumpir en nuestra realidad en formatos violentos, depravados y destructivos. Por supuesto, ni Lovecraft ni Moore son tan torpes o ingenuos como para oponerse a algo inevitablemente humano como la violencia, la depravación o la destrucción. A lo que sí se oponen es a lo que Lovecraft, en una carta de 1922 a Alfred Galpin y Frank Long, llama “la obsolescencia de todas las ilusiones de nuestra juventud” por el efecto de lo que él describe como una “enseñanza científica”. En otras palabras, un mundo emplazado a partir de la esencia de la ciencia y la técnica modernas para producir, cito a Lovecraft, “el desierto insignificante de la Vida”. A estas mismas “ilusiones de juventud” perdidas alude Moore cuando, en su Cuadernos de humo sagrado, una recopilación de ensayos que escribió entre 2006 y 2013, dice que la ciencia ficción se transformó, al menos desde los años de Ronald Reagan, en una proyección de la vida soñada por las grandes corporaciones de los Estados Unidos. Moore piensa en la película Aliens, por ejemplo, cuyos ecos lovecraftianos son cercanos, y en cómo el Ejército de los Estados Unidos evoluciona hacia un mecanismo de caza y reclutamiento de fuerzas extraterrestres para convertirlas en otro activo empresarial al servicio de una tecnocracia privada de alcance global. 

En tal caso, Lovecraft y Moore pudieron percibir y representar, cada uno con su lenguaje, aquello que la ilusión racional de la tecnificación absoluta de la existencia no podrá someter jamás. Y, por eso mismo, que Lovecraft y Moore hoy sean parte central del mismo mainstream no debería tranquilizarnos, porque significa que eso que ellos percibieron, y por lo que pagaron un precio, se vuelve más y más inevitable para muchísimas otras personas, aun si todavía no lo notan. Nuestro “dilema actual”, por lo tanto, es si todavía tiene sentido disimular que Lovecraft sigue entre nosotros, como muestra Providence. Por eso Alan Moore es un excelente lector de Howard Phillips Lovecraft, no porque repite a la perfección los gestos, los personajes y los temas de su autor admirado, sino porque sabe continuar su pensamiento donde el otro no pudo llegar. ///// DB

* Una versión de este texto se presentó en las “Primeras Jornadas sobre H. P. Lovecraft: su vida y obra, sus ideas e influencias” celebradas el 27 de noviembre de 2025 en Buenos Aires.

Disclaimer. Contenido libre de financiación del Departamento de Estado.
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