La primera vez que oí hablar de los crímenes contra mujeres en Ciudad Juárez fue en diciembre de 2003. No fue en una conversación, sino en las páginas de una revista mexicana, Metapolítica, en un número extraordinario dedicado a “Las muertas de Juárez”. Por entonces, el hallazgo en 2001 de la fosa común denominada “del Campo Algodonero” no había revelado todavía su real alcance, pero ya circulaban conjeturas, informes fragmentarios e hipótesis que se superponían en una trastienda poco clara. Los dos grandes hallazgos previos –Lote Bravo y Lomas de Poleo, en 1995 y 1996– habían dejado un rastro perturbador: mujeres muertas, cuerpos dispersos y, entre ellos, similitudes difíciles de explicar. Algo no terminaba de encajar en la explicación inmediata de esos crímenes extraños y repetidos, que parecían fundarse en un móvil sexual pero que insinuaban otra lógica. Las víctimas, de algún modo, eran seleccionadas y sus muertes inscriptas de cierta forma. La pregunta era por quién. Y para quién. Aquel número de Metapolítica estaba coordinado por Sergio González Rodríguez, quien acababa de publicar, mientras tanto, uno de los libros más importantes para quien se acerque a estos hechos: Huesos en el desierto (2002).
El segundo libro de relevancia sobre las muertas de Juárez es de la periodista estadounidense de El Paso Diana Washington Valdez, quien también habló de cuidadosos mecanismos de selección de las víctimas: eran elegidas, con casi total certeza, a través de unas solicitudes para estudiar en ciertas escuelas de computación que exigían fotos y datos personales, y sus secuestros estaban muy bien organizados en el centro de la ciudad, a plena luz del día, o camino a sus puestos de trabajo en la industria maquiladora. Otras parecían haber sido fotografiadas en sus lugares de trabajo. En The Killing Fields: Harvest of Women, publicado en 1999 y más tarde traducido como Cosecha de mujeres: un safari en el desierto mexicano, Washington Valdez insistía una y otra vez en un detalle: las mujeres tenían una tipología física común y, en su casi totalidad, eran obreras de las maquilas. Y eran, además, adolescentes o mujeres jóvenes que aparentaban menos edad de la que tenían. Este rasgo, aparentemente secundario, adquiere un peso distinto cuando se lo mira desde otra historia que volvió a emerger en los últimos meses: el de la red de tráfico asociada a Jeffrey Epstein, cuyo período de dolo corresponde al mismo segmento temporal, y cuyos alcances el Departamento de Justicia estadounidense mantiene en sombras.
A primera vista, el caso Epstein parece corresponder a un patrón distinto del de los crímenes de Juárez. Para la imaginación pública, su figura revive antiguas categorías del monstruo moral como las que encarnaron Erzsébet Báthory o Gilles de Rais. Financista influyente y anfitrión brillante, Epstein era a la vez un manipulador eximio, un hombre aparentemente interesado por las formas de la cultura y la ciencia, un judío creyente, alguien incapaz de arrepentimiento, alguien impune pero, más todavía, impunible. Bajo una faz seductora y afable, Epstein encarnaba el arquetipo de la abyección: alguien con el poder suficiente como para entrar a todos los círculos, a todos los espacios, para saltar todas las barreras y, en la medida en que no parecía enmarcado por ley alguna, para materializar sus fantasías y amordazar a sus perseguidores. Las adolescentes traficadas a montones, tal vez algunas ejecutadas, los chicos, los bebés posiblemente asesinados en ceremonias, las orgías, las filmaciones, las ceremonias burdas, las presas, las víctimas, los chantajes, los rumores, las mentiras y las verdades sobre todo ello, actualizan un escenario que tiene suficientes antecedentes. Sin embargo, interpretar los hechos únicamente como la obra de un monstruo individual puede resultar engañoso. En ese punto, el caso Epstein comienza a acercarse de manera inesperada al de Juárez. Ambos fenómenos se dan en el epicentro del poder democrático moderno: en los Estados Unidos o en su frontera inmediata. Esa frontera, decía Sergio González Rodríguez, condensa un mal expansivo. El núcleo de ese mal está adentro: por eso sus escenarios, incluso lejanos, terminan pareciéndose.
Donde manda el flujo
Nada es azaroso en el lenguaje. Usamos la misma palabra para aludir a dos espacios centrales del capitalismo tardío: se habla de plaza financiera y de plaza del narcotráfico. Ambas se consolidan en el mismo lapso, entre aproximadamente 1980 y el 2000, período que muestra tres procesos que se infiltran mutuamente: la lenta disolución del mundo moderno del trabajo fordista y la insinuación del mundo neoliberal, difuso, consumista e informático; la aparición de una economía de flujos libidinales hecha ya no de fuerza sino de excitación y potenciada por sustancias biológicas y fármacos; y la articulación entre el capitalismo global y el crimen organizado.
No es casual que el primero de esos procesos encontrara en México un escenario inaugural, hacia 1994, con la firma del ALCA bajo la presidencia de Carlos Salinas de Gortari. En ese momento el desierto fronterizo de Juárez se pobló de estructuras industriales, las denominadas maquiladoras. General Electrics, Johnson & Johnson, Boeing o Dell, entre muchas otras trasnacionales, instalaron fábricas de subpartes para su producción global. Algunos especialistas consideran que no hay objeto técnico en ningún hogar del globo que no lleve en su interior, al menos, un resto de este desierto: en nuestros electrodomésticos, en nuestros autos, en nuestras computadoras o celulares hay alguna pieza hecha en Juárez. Como a los obreros chinos de Foxconn más tarde, a la mano de obra en Juárez se le exigía precisión, manos ágiles y resistencia a las jornadas extenuantes, aunque las maquiladoras pedían algo más, dedos delgados y, por ende, femeninos. En suma, la nueva economía de la información traería, como no podía ser de otra manera, una vuelta a las más arcaicas técnicas de sumisión.
El segundo proceso de afianzamiento de la nueva economía especulativa es más opaco y se funda en la aparición de entidades financieras ubicadas en las grandes ciudades de Occidente que permiten lavar capitales provenientes del crimen, y en la multiplicación de los llamados paraísos fiscales. El propio Epstein dio muestras de moverse con soltura entre estas nuevas plazas financieras después de adquirir un poder absoluto sobre los activos de Leslie Wexner –dueño, entre otras cosas, de Victoria’s Secret– y organizar con ellos una red de sociedades que operaba de manera trasnacional y multiplicaba misteriosamente su volumen. Junto con JPMorgan Chase, otra entidad financiera en la cual Epstein alojaba sus fondos millonarios era el Wachovia Bank, un banco estadounidense que lavó millones de dólares de los cárteles mexicanos y que sería denunciado en 2005 por el analista financiero Martin Woods. Wachovia ya había lavado 372 mil millones de dólares para el cártel de Sinaloa antes de ser absorbido en 2008 por otro banco, Wells Fargo, y sancionado en 2010, cuando HSBC tomó el relevo de los mecanismos fraudulentos. Epstein, mientras tanto, siguió con sus operaciones sin obstáculos en otro de los principales bancos del mundo, el Deutsche Bank: las plazas financieras que gestionaban sus asuntos en Londres y Wall Street le tributaban la lealtad que exigían sus contactos del más alto nivel en los medios financieros, políticos e incluso aristocráticos.
En términos del tercer proceso, los desiertos linderos a los Estados Unidos empezaron a ser barridos permanentemente por los coyotes que organizaban el tráfico de drogas y personas hacia el país del norte. Esta otra historia se puede seguir mejor en CeroCeroCero, de Roberto Saviano: con el aumento del consumo de drogas en los Estados Unidos, un joven jefe de policía de Chihuahua, Rafael Aguilar Guajardo, empezó a organizar el tráfico. Lo propio hizo otro policía federal del estado de Sinaloa, Amado Carrillo Fuentes. Ambos afianzaron un imperio hasta que Carrillo Fuentes decidió quedarse con el negocio y mandó a matar a Aguilar Guajardo en 1993. A partir de entonces, se lo conoció como El señor de los cielos. La plaza de Juárez había quedado organizada y, coincidentemente, empezaron los crímenes.
De a poco podemos entrar así a escenas coyunturales que no se oponen a escenarios geográficos o edilicios particulares, sino que se sustancian mutuamente hasta alojar reales puntos ciegos de la ley. Las fotos de los archivos liberados por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos que muestran el interior de algunas de las propiedades de Epstein develan un elemento decorativo que muy acertadamente la periodista francesa Ophélie Roque denominó los “backrooms de la globalización”, analizándolos como espacios liminales, sin puntos cardinales, sin aberturas, con líneas de fuga hacia la nada, extrañas simetrías, colores chillones, atmósferas crispadas. No es un azar, como tampoco la geografía sin referencias de Juárez: la soledad del desierto, la ruta, el basural, los espacios inhabitados o de tránsito rápido donde se levantaban a las víctimas, donde se cometían los crímenes o donde se arrojaban los cuerpos. En México también se hablaba de algunos ranchos, misteriosas propiedades escondidas y blindadas, no declaradas en planos, cuyos interiores no se mapearon nunca porque jamás sus dueños fueron imputados. Elementos relevados por González Rodríguez y Valdez sugieren que eran lugares donde el narcotráfico ocultaba a sus hombres y alojaba sus orgías sexuales. En el caso de Epstein, además de su propiedad en Palm Beach y la isla privada Little Saint James (donde hay un extraño templo cuyas funciones no pudieron ser resueltas, sin ventanas y con trabas externas) existe una propiedad llamada Zorro Ranch en Nuevo México, a 400 km. de la frontera, cuya construcción empezó precisamente en 1995 y que está sospechada, junto con las demás, de haber sido sede de hechos aberrantes. Son espacios sin dueños ni testigos, inestables, coincidentes con lo que el investigador estadounidense Robert Ressler definió como “una dimensión desconocida” o crepuscular (más literalmente una twilight zone).
En la zona crepuscular
Que nunca la ley fue otra cosa que la forja de sus puntos ciegos lo sabe cada habitante del mundo a uno y otro lado de la línea. La misma ambigüedad alcanza a lo que crece en la zona crepuscular, o más bien a lo que muere adentro. Es prueba la incansable pérdida de pruebas y las fallas en los mecanismos judiciales y de investigación alrededor de estos delitos. En Juárez, una funcionaria nombrada para encabezar una comisión de investigación, la fiscal Sully Ponce, ocultó pruebas y obturó la investigación para terminar asesinada de un tiro en la cabeza en 2022. Muchos otros funcionarios e involucrados saltaron como fusibles, en el mejor de los casos, y en el peor fueron ejecutados. En el affaire Epstein existió un polémico plea-deal del año 2008, un Non-Prosecution Agreement, mediante el cual la fiscalía federal se comprometía a no acusarlo de delitos mayores si él aceptaba otros menores. Años más tarde, el fiscal federal Alexander Acosta, artífice del acuerdo, manifestó haber sido presionado para no molestar a Epstein, y es lo menos que se sospecha cuando uno sigue el hilo de accidentes y suicidios dentro de cárceles y fuera de ellas protagonizados por involucrados, testigos y partícipes, sumados a las fallas técnicas que convierten a las distintas líneas de análisis en todos estos casos en vías muertas, como ocurrió con cada uno de los casos de Juárez, o con la muerte del propio Epstein, o con la de alguno de sus cómplices, como el tratante sexual y agente de modelos francés Jean-Luc Brunel. Estos blues de la impunidad suenan con el contrapunto de una inadecuación categorial. El caso Epstein fue tipificado, primero, como una mera solicitación de prostitución, y después según la variable del tráfico y el abuso sexual en concurso con la pedofilia. Muchas de sus víctimas, aunque no todas, tenían menos de 18 años, y eran convocadas, seducidas, atraídas por promesas de progreso en los estudios y, finalmente, en la vida. También las mujeres de Juárez, contratadas como obreras para ayudar a la manutención del hogar, querían progresar, y para eso estudiar, y el reclutamiento de las escuelas de computación Ecco apuntaba al mismo punto: enviaban promotores a las barriadas o les arrancaban sus datos a las jóvenes en las calles del centro. Epstein lo hacía en fiestas, vernissages y colegios secundarios. Pero como en Juárez se encontraban cuerpos, y como un logro temprano de las madres de las muertas fue acuñar el término “feminicidio” –que dio paso en otras geografías al de “femicidio”, así como el “ni una más” mexicano derivó en el “ni una menos”–, el dato de que las víctimas fueran muchas veces menores fue leído en forma secundaria. Todo Juárez quedó asociado al femicidio pero no a la pedofilia, dando como resultado una situación que elimina la mitad del marco de comprensión del hecho criminal. Cualquier fragmento de Huesos en el desierto prueba hasta qué punto la edad de las muertas es un dato insoslayable[1]. Mientras tanto, en el caso Epstein no se pudo inscribir los sucesos dentro de la línea de los femicidios porque jamás se encontraron cuerpos. Recién hace pocas semanas, siete años después de su presunta muerte y después de que la propiedad haya sido “redecorada” en manos de nuevos propietarios, se iniciaron desganados rastreos en Zorro Ranch a la búsqueda de mujeres supuestamente enterradas en sus cercanías, según el testimonio de un exempleado. No obstante, los casos se mantienen todavía conceptualmente alejados.
Esto es así, en parte, porque las categorías modernas del abuso y la pedofilia, útiles en términos jurídicos, lo son menos en términos simbólicos. Si se trataba de atraer púberes hacia la twilight zone, más opaco es para qué. El vector de la juventud y la belleza abre puertas celestes o infernales: es el único ascensor que puede recorrer al instante todos los pisos de la jerarquía de clases. La presunción de que las muertes de Juárez tenían que ver con ceremonias rituales apareció desde las primeras autopsias documentadas, aunque fue pronto soslayada y sus elementos probatorios perdidos, y esto sucedió desde la primera sistematización de registros en 1995, un año después de la firma del ALCA y dos años después del inicio de los hechos, cuando las maquiladoras estaban en su apogeo. Las mujeres aparecían muertas a los pocos días de desaparecer, pero a veces después, e incluso meses después y con signos de haber sido guardadas en algún congelador. La causa de la muerte era en general ahorcamiento, a veces con elementos de la ropa, como cordones de zapatillas. En los cuerpos, además, se encontraban señales no explicadas: el pezón izquierdo arrancado con los dientes, la ausencia de un mechón de pelo en la nuca, un triángulo dibujado desde la espalda hasta al glúteo con un filo cortante. González Rodríguez cita la mecánica reiterada: “Aún con vida, la víctima estando en decúbito ventral, el agresor le toma la cabeza, mientras le muerde el lóbulo de la oreja izquierda, para enseguida traccionar con mucha fuerza el cuello, colocando muy probablemente una rodilla en la región escapular, a nivel de las vértebras torácicas, haciendo girar bruscamente el cuello”. La hipótesis de un ahorcamiento en el momento del orgasmo fue sostenida como muy plausible por Oscar Maynes, jefe de peritos forenses y criminólogo que se ocupó de los crímenes hasta que fue forzado a renunciar. En las más de 2300 víctimas relevadas en 14 años se constatan invariantes como las medias, siempre sacadas, la aparición del corpiño en la cabeza, la bombacha desaparecida, los pezones arrancados. La denuncia anónima no verificada de un supuesto exempleado de Epstein que llevó a los actuales allanamientos mencionan “two foreign girls were buried, both died during rough, fetish sex”.
La conexión de los crímenes con algún tipo de ritual fue presurosamente descartada por las autoridades mexicanas, igual que fue soslayada en los abusos de Epstein, incluso si otros hechos cercanos en el espacio y en el tiempo ofrecían elementos para seguir esta línea de investigación. Había habido crímenes en igual sentido, como el del joven estadounidense Mark Kilroy, asesinado en 1989 cerca de un rancho de Matamoros y encontrado junto con otros cadáveres mutilados y restos de ofrendas, fetiches, vasijas, animales. El caso logró un detenido que declaró formar parte de “una banda satánica de narcotraficantes”. La hipótesis de González Rodríguez es que el objetivo de esos ritos era lograr la inmunidad y la invisibilidad para sus miembros según una variante de la creencia cubana denominada “Palo de Mayombe”, o bien directamente bajo el culto de San la Muerte, o la Santa Muerte, cultos sacrificiales cuyo signo es la inscripción del triángulo. Pocos años después del hallazgo de Lote Bravo, se encontró en las calles de Juárez un texto bautizado “Diario de Richy” en alusión a su supuesto autor. En un mazo de hojas, o cartas, unidas por una barra de madera, con caligrafía dispersa, se describían actos de extrema violencia sexual similares a los inferidos en las muertas de Lote Bravo. Lo publicó El diario de Juárez, aunque el material se extravió y las autoridades lo desestimaron, como desestimaron durante la búsqueda del cuerpo de Guadalupe del Río Vázquez, en 1996, el hallazgo de una cabaña de madera abandonada rodeada de velas negras y rojas, así como una enorme tabla pintada de cerca de 2 metros de alto por 1,50 de ancho. Contenía, según testigos que la vieron antes de que se perdiera por impericia policial, el dibujo central de un escorpión y de tres mujeres desnudas, de cabello largo, sentadas en bancos con la mirada hacia el escorpión. “Debajo se hallaba la figura de una mujer sin ropa, recostada y maniatada”.
Es plausible que muchas de las muertes de mujeres en la frontera entre México y los Estados Unidos hayan supuesto una elección por edad, y los cuerpos indican una ritualización muy verosímil. Las maquiladoras, en los noventa, estaban habilitadas para contratar trabajadores a partir de los 15 años, pero algunas adolescentes mentían y empezaban a los 13 o 14. La pobreza en México obliga al trabajo infantil, al punto de que, en tiempos de la segunda gran oleada de hallazgos de cuerpos, en los tempranos 2000, un obispo de la iglesia católica, después de señalar que las mujeres no debían incorporarse al mercado de trabajo porque ya en su casa tenían bastante que hacer, agregó: “En cambio, no veo con malos ojos que los niños trabajen para aportar a la economía de los hogares”. Son declaraciones del obispo de Aguascalientes Ramón Godínez Flores al diario La Jornada en julio de 2003 y recuperadas por Carlos Monsiváis. Los elementos que reúne González Rodríguez son de una enorme complejidad y no se inclinan ni por una ni por otra hipótesis, aunque insisten en los elementos de teorías sacrificiales muy arcaicas (cuyas víctimas serían principalmente niños, aunque no solo) dentro de dos redes novedosas: las vinculadas con la imagen, con las redes del capital transnacional y con vertientes parasitarias de dichos flujos económicos. Lo que parece claro es que se trataba de una red, mientras que el caso Epstein también presenta la figura de la red, aunque subsumida siempre a la figura individual, lo que desvía la consideración de la estructura misma y su organización.
Releva González Rodríguez que, en la biografía Henry Lee Lucas. Retrato de un asesino en serie de Joel Norris (1991), se detalla que Lucas estaba en contacto en los Estados Unidos con una secta satánica bautizada “La Mano de la Muerte”, que le solicitaba niños y jóvenes para ritos sacrificiales o la filmación de videos pornográficos. La secta, presuntamente, secuestraba niñas o púberes, las vestía y las preparaba para una actuación única que terminaba con su asesinato. González Rodríguez señala que la secta, además, tenía ramificaciones en México, país en donde las desaparecidas nunca encontradas y las muertas no identificadas delatan la imprecisión de las estadísticas. Cruzar de un lado a otro a menores de edad era algo que hacían con facilidad los coyotes del narco, y el propio Lucas habría hecho decenas de viajes llevando niños de entre cuatro y once años, que eran entregados en un rancho preciso. Lucas decía que esos cuerpos, sacrificados, llevaban marcas que los convertían en mensajes.
Los circuitos de Epstein parecían entretanto ser otros, pasando desde los jets privados a las fiestas de lujo en Londres, París y Nueva York, pero una mirada más cuidadosa muestra también viajes a África y un ojo puesto del otro lado de la frontera. De hecho, el diario La Nación observa que la desclasificación de los archivos reavivó la sospecha sobre la utilización de México como enclave operativo en su red de tráfico. “Testimonios incorporados a documentos del FBI y correos electrónicos enviados por el informante Kenneth Turner detallan visitas recurrentes del magnate a destinos turísticos como Cancún y Puerto Vallarta, y muestran la presunta organización de encuentros en Ciudad Juárez”[2]. Y tal vez tampoco sea casual que, en la denominada “sala del dentista” de la residencia de Epstein en Little Saint James, un ambiente incomprensible en un espacio liminal, hubiera diversas máscaras colgadas de las paredes, una de las cuales era de Salinas de Gortari, el presidente bajo el cual se dio la firma del ALCA, el hito después del cual el armado criminal de México terminó de fundirse y sellarse.
Si la indagación busca llegar tan lejos como hasta la existencia de delitos sexuales registrados para efectuar chantajes –bajo la hipótesis de que Epstein, a partir de sus vínculos probados con Ehud Barak y sus más opacos con Robert Maxwell, habría sido un colaborador del Mossad dedicado a involucrar en sus crímenes a personajes políticos y financieros poderosos que luego eran extorsionados por Israel–, eso no es todo lo lejos que se puede llegar. Hay indicios de actividades no verificadas que cruzan elementos provenientes del satanismo y la invocación de fuerzas de la negatividad radical. ¿Pero por qué y para qué? Para decirlo de manera más siniestra: ¿qué otra cosa reclamarían las dos “plazas” más poderosas del mundo sino niños para jugar? Estos cultos, testimoniados para el narcotráfico, y quizás también para la actividad financiera especulativa de alto nivel, establecerían lazos o pactos de sangre y silencio de los que dependería el funcionamiento delincuencial en busca de la impunidad permanente, como planteaba González Rodríguez en el caso del narco-satanismo y el culto a San La Muerte. En este sentido, el abuso sexual sería la primera estancia dentro de un abanico de delitos criminales caracterizados por su alto grado de violencia y dolo. No importa si en círculos infernales o paradisíacos, hay lugares en donde nada crece y donde la tierra está sellada por el silencio.
La sangre que ordena
El sacrificio es un tipo de crimen con una dimensión imposible de cuadrar con la lógica jurídica moderna. René Girard señala que, dentro de las particularidades de la muerte sacrificial, está la de ser un tipo de crimen que no puede no cometerse sin exponerse a unos peligros no menos graves. En las sociedades arcaicas, conjetura Girard, el sacrificio ritual está basado en una sustitución en donde una víctima “paga” – es decir, absorbe la violencia– en lugar de otros seres a los que se intenta proteger. En este sentido, en la dinámica simbólica del sacrificio más arcaico, las víctimas son seres cuya muerte importa menos y a la vez importa más que el resto de las muertes, dado que tienen que concentrar, de manera expiatoria, gérmenes de violencia que, de otro modo, se esparcirían sobre la comunidad entera. Parte constitutiva del sacrificio es el secreto: así es el secreto del sacrificio de Ifínoe, que tiene un lugar central en la extraordinaria Medea de Christa Wolf: “Nuestro precio era Ifínoe. Toda Corinto habría perecido si no la hubiéramos sacrificado”.
Si el crimen es sexual en la medida que está erotizado, la variable sacrificial parece evidenciarse en la producción simbólica de cosas sagradas –como la inmunidad– a través de la destrucción real de algo –un niño, una mujer– que adquiere estatuto de cosa. Por eso el sacrificio y el homicidio –o el femicidio– no se prestarían a este juego de sustituciones recíproco si no estuvieran emparentados. La repugnancia a abordar estas aristas y relegarlas a las teorías del complot es sintomática. Comprender estas muertes como sacrificiales, más allá del evidente encubrimiento, toca una fibra refractaria dentro de la sensibilidad actual. Si el sacrificio siempre fue comprendido como una mediación entre un grupo y una divinidad, y dado que toda divinidad, en palabras de Girard, hoy queda relegada al terreno de lo imaginario, la determinación del móvil de una muerte ritual se vuelve absurda o no lucrativa porque su ganancia no está en el orden de las cosas materiales. Argumentos como que es parte de la justificación dinámica de la muerte sacrificial que evite otros sacrificios humanos peores –los de la furia de un dios desatada sobre un clan o grupo que, a la vez, por esa muerte, quedaría encerrada en el silencio mediante un pacto– son inmanejables. Por eso la lógica jurídica moderna, cuando estudia la violencia del sacrificio como violencia sobre la víctima, o sobre el débil por parte del fuerte, omite la pregunta hecha en sentido inverso, que es imposible de responder, así como de medir y castigar: cuál es la violencia que ese crimen pretende absorber y cuál es el mecanismo que considera a una víctima elegible. Florecen entonces argumentos no menos verdaderos acerca de la vulnerabilidad de las presas, o aparecen otros vinculados con la intercambiabilidad de las víctimas. Nada de eso es lo central en la medida en que las víctimas no son indiferentes o indiferenciadas: son elegidas precisamente por representar sangre nueva y, en ambos casos, una tipología física particular. Y si bien es cierto que la víctima es relativamente indiferente porque no vale para su sacrificador otra cosa que el sacrificio, el error es pensar que es indiferente porque es pobre, niña, niño o mujer: precisamente por eso es elegida. Su carácter puro, apto para el sacrificio, queda determinado, en muchos casos, por su poca edad. Es la única variable de relevancia, más allá de que, en un caso, fueran jóvenes de piel y pelo oscuro y largo, y en el otro fueran mujeres blancas y de pelo rubio y largo. Los niños y las niñas que, en las hipótesis más oscuras, pudo haber sacrificado Jeffrey Epstein seguramente no se caractericen, de existir, por su inanidad: su valor seguramente radique en la pérdida que su sacrificio suponía, contrapeso de la ganancia simbólica que otorga a sus sacrificadores. La ganancia es simbólica y no real: las ganancias reales, los flujos de capital, de metálico, de oro, explican las condiciones de base, y funcionan como la riqueza fluyente que compensa la pérdida de sangre. Nada que no hubieran pensado Marcel Mauss y Henri Hubert, insospechados, por otro lado, de dedicarse a teorías del complot.
Por eso sigue siendo arduo dejar de lado la vieja categoría de monstruo moral para considerar aquella zona ritual en donde quien ejecuta el sacrificio lo hace en nombre de su grupo de protección. Y por eso, si la pedofilia en general, y el placer sexual en general, pueden ser vistos como una primera capa, hay capas más profundas. El caso Epstein, que encubre distintas capas delictivas, hace saltar la dinámica de lo jurídico. Hay una capa develada y vinculada con el sexo con jovencitas, y otra capa oculta y sugerida plausiblemente relacionada con crímenes fatales. Hace unas semanas, la misteriosa muerte catalogada como suicidio de Soshana Strook, hija de la ministra israelí Orit Strook, volvió a poner sobre la mesa la existencia de una sexualidad ritual basada en la infancia. El sacrificio de sangre nueva enlaza con la perpetuación de la propia, y en este sentido, cabe recordar algunos documentos de los archivos y algunos testimonios de quienes lo escucharon que sugieren que Zorro Ranch era el lugar en donde Epstein planeaba instalar una suerte de gran incubadora de su propio ADN, esparciéndolo en mujeres jóvenes y aptas para la tarea. Serían mujeres elegidas por ser inocentes: inocentes de culpa y omnipotentes en su capacidad de producir vida. Parte de esto late debajo de la zona censurada de los archivos Epstein, zona que incluye conjeturas sobre el canibalismo como modo de extender y conservar la juventud, así como de dar poder.
Las mansiones, los ranchos, las geografías liminales, son espacios donde se hace más patente que nunca el planteo de Paul Preciado respecto de que las verdaderas materias primas del proceso productivo actual son la excitación, la erección, la eyaculación, el placer, la sensación de omnipotencia y el control complaciente, a lo que se le agrega el tráfico de sustancias para el consumo. Quizás haya que sumar un vector antiilustrado que vuelve a los sacrificios a deidades protectoras. Igual que en Juárez, la finalidad última de la muerte tiene que ver con la protección y la perpetuación de la actividad delictiva misma, en adoración a una deidad cuya satisfacción se expresa por la producción de dinero. A partir de 2004, las desapariciones de Juárez continuaron, pero los cuerpos ya no aparecieron, y la hipótesis más plausible es que surgieron nuevas formas de deshacerse de ellos a través de cerdos en granjas o más posiblemente ácido. Cuando se reactivó la causa en su contra, en 2018, posiblemente previendo los allanamientos, Epstein encargó para la isla de Little Saint James más de 1200 litros de ácido sulfúrico. Su finalidad jamás pudo ser justificada. Las víctimas inocentes cuyo cuerpo es un mensaje –a una deidad, pero, en el cuerpo mismo, a otros grupos criminales– sin duda reformularon su carácter de emisarias. El único mensaje para quien quiera saber está escrito en negativo: en los nombres tachados, en los documentos faltantes, en la censura, en la pérdida, en la elusión. Buscar información en la web es equívoco: las censuras algorítmicas desconocen lo escrito hace más de veinte años en letra de molde. Pero, sin dudas, el descubrimiento del caso Epstein provocó una conciencia general: estamos en una zona crepuscular que devora sus contornos y avanza sobre todo lo viviente, porque es necesaria para acumular y reorganizar las fuerzas vivas que empiezan a derramarse sobre nuevos moldes. Lo que no entra en ellos es ajustado, o ajusticiado. Desde arriba, las estructuras estatales se ven confrontadas con la aparición de flujos monetarios que esas mismas estructuras no pueden filtrar y fiscalizar. Desde abajo, los pobres ejercen la violencia sobre otros pobres, usándolos o reclutándolos. La extorsión es un elemento central en ambos extremos del arco: una vez que se participó en algún tipo de ilícito relacionado con el narcotráfico, el lavado o el crimen, no hay deserción posible que no se pague con la vida. En el medio, mientras tanto, un tenue despertar acicatea con angustia la buena conciencia de las clases medias, indecisas entre sentir que pueden ser embaucadas por teorías del complot que no están en la medida de discernir o, peor todavía, suponer que pueden tomar el toro por las astas y usar ChatGPT para llegar al núcleo siempre inaccesible de los archivos desclasificados. El mapa real, mientras tanto, nos muestra la existencia de una sociedad subterránea que conecta a las lencerías de lujo con las mesadas de las maquilas y con las especulaciones sobre el adrenocromo, al transhumanismo y la precisión del mecanismo inteligente con la sangre joven y caliente, como una línea de frontera que, al hacerse ancha, terminara por invadirlo todo. ///// DB
[1] “Tres días después, se descubrieron a 4 kilómetros al sur del kilómetro 6 a Casas Grandes los cuerpos de dos adolescentes no identificadas. Atrás de Granjas Santa Elena se ubicó, el 11 de noviembre de 1995, el cuerpo de quien se dijo era Adriana Torres Márquez de 15 años y, muy cerca, el de Ignacia Morales Soto, el 23 de noviembre. El 15 de diciembre de 1995 apareció el cuerpo de Rosa Isela Tena Quintanilla de 14 años, otra vez en las cercanías del kilómetro 5 de la carretera a Casas Grandes. El 9 de marzo de 1996 se descubrió el cuerpo no identificado de una niña de 9 a 12 años. Esto fue en el kilómetro 27 de la carretera a Casas Grandes, ni más ni menos donde está el Rancho La Campana […] El 9 de junio de 1996 se encontró el cuerpo no identificado de otra adolescente cerca de Granjas Santa Elena. Al día siguiente, sucedió lo mismo, pero esta vez a dos kilómetros del Rancho La Campana. El 1.º de diciembre de 1997 apareció atrás de Granjas Santa Elena, a 5 kilómetros de la carretera a Casas Grandes, el cuerpo de Aracely Núñez Santos. Proliferan los datos semejantes: la mayor parte de los cuerpos de mujeres asesinadas en Ciudad Juárez a partir de 1993 se ha hallado en este mismo perímetro, desnudos, semidesnudos, con huellas de violencia sexual, mutilaciones y muerte por estrangulamiento”.
[2] “País por país, así expandió Epstein su red en los círculos influyentes del mundo”. En https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/pais-por-pais-asi-expandio-epstein-su-red-en-los-circulos-influyentes-del-mundo-nid21022026/



