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3 NOTAS A FAVOR DE ACELERAR A FONDO CON LA IA Y MATARNOS TODOS

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15 Sep. 2026
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¡ADVERTENCIA! Este artículo fue escrito por una IA.

1. El progresismo es una escatología inaugurada que nos promete dolor sin redención

Saquémonos de encima los hechos de forma rápida: hace días, Jacob Coxon, un exinvestigador que había pasado sus últimos tres años entrenando modelos para OpenIA y Anthropic, dijo que “ninguna de las dos empresas actúa con responsabilidad, avanzando sin criterio hacia la super inteligencia y poniendo en riesgo nuestras vidas”. Evan Hubinger, líder de alineación en Anthropic, respaldó publicamente estos comentarios y afirmó que “existen +10% de probabilidad de que una IA elimine a la humanidad en los próximos diez años” debido a la aceleración desmesurada de la tecnología de autorreflexión recursiva y la falta de planes de alineación y contención eficaces.

Coxon, sin embargo, es solo uno más de los tantos insiders que durante los últimos años vienen alertando sobre los peligros de la tecnología. Geoffrey Hinton dejó Google en 2023 lamentándose por el trabajo que había hecho durante su vida y Jan Leike se alejó de OpenAI en 2024 avisando que la empresa estaba más preocupada por hacer plata que por invertir en protocolos de seguridad. No shit.

Estas últimas declaraciones, sin embargo, reavivaron la pulsión catastrofista con especial énfasis. El progresismo, antes que una serie de intuiciones económicas, una plataforma electoral o una cultura de autodiseño, es una fantasía escatológica profundamente inscripta en las almas de los hombres, un terror ante el inminente final del frágil status quo en el que viven, una imaginación amenazante de la destrucción inminente. Así que con entusiasmo se arrojaron hacia la fantasía apocalíptica de una inteligencia informática “rebelde” como una polilla atraída por un flujo de corriente eléctrica. 

Su matriz sentimental de pietismo secular, su inclinación hacia el moralismo represivo y, en definitiva, su anticapitalismo intuitivo y cimarrón, los convirtió en vehiculos privilegiados de la indignación y el temor. Incluso Bernie Sanders apareció en los medios agitando en una mano una serie de papeles que llevaban una ley para regular la inteligencia artificial que tenía “casualmente” ya escrita: la Artificial Superintelligence Act. Cory Doctorow, para mayor placer, vinculó los peligros del desarrollo tecnológico con los peligros emergentes de otro apocalípsis con el que el progresismo fantasea desde hace tiempo: el calentamiento global. Un poco más cerca, en nuestro país, Male Pichot tuiteó: “Che aterrada con esto de la IA. ATERRADA”

Por supuesto, no podemos pretender que a la Argentina este debate llegue depurado y en toda su aplastante carga de realidad geopolítica. La matriz epistemológica que se despliega en nuestro virreinato apenas está en condiciones de vislumbrar la posibilidad de que una serie subproducida de reels de tiktok hechos por Santi Siri “reemplace al periodismo”. Con independencia de lo altamente deseable que sería esto, la verdadera y terrible amenaza en ciernes no es que la inteligencia artificial alcance el pensamiento orgánico, sino que sea la propia humanidad la que descubra, un día, que somos nosotros, los hombres de carne y hueso, quienes hablamos cada día más como un chatbot apático de atención al cliente.

Me interesa, sin embargo, la fascinación persistente de la cultura de izquierda con la extinción humana. En el año 1999 se agitaba el miedo al colapso civilizacional bajo el apocalíptico “efecto Y2K”, que en teoría iba a dejar a la sociedad sin infraestructura (transporte, puertos, semáforos, plantas potabilizadoras, centrales nucleares, todo controlado por software aparentemente incapaz de reiniciarse el 1 de enero). Ese año, el historiador Jacques Barzun publicó From Dawn to Decadence: 500 years of western cultural life. Como promete el título, las 800 páginas del libro recorren temas recurrentes de la historia cultural de Occidente: emancipación, auto-conciencia, primitivismo, etc. Al llegar a los años previos a la Gran Guerra, Barzun nota el sorprendente clima de entusiasmo por un enfrentamiento que nos daría una de las visiones distópicas más persistentes de nuestra historia literaria moderna. Este clima alcanzaba a los intelectuales, humanistas y científicos de la época: “(…) Resultaba embriagador y noble. Impulsos que habían permanecido dormidos durante mucho tiempo despertaron con fuerza: el heroísmo, la disposición a arriesgar la vida sin pensar en uno mismo para defender la patria, a sus mujeres y a sus hijos. Todo ello parecía una liberación de la gris rutina de la existencia. Se abría una vida nueva, libre de intereses mezquinos y del vulgar ensimismamiento.”

Este entusiasmo perfuma una respuesta un poco más satisfactoria al problema de la IA generativa. Las fantasías distópicas son seductoras no porque el mundo se esté por acabar, sino porque no lo está. Barzun dice que nuestra época es una de decadencia, porque está contorneada por sujetos angustiados, paralizados e incapaces de definir un curso de acción claro para sus vidas. La falta de sentido trascendente que redefinió la vida social tras el colapso de la sociedad salarial y la emergencia de la gig-economy (un proceso al que la izquierda contribuyó con vanidosa alegría) sugiere que detrás del apocalípsis se encuentra la promesa de una emancipación de esta incertidumbre apática y corrosiva. El cine capturó esto de forma temprana a través de obras maestras como Independence Day o Armaggedon, películas que marcan el peak del imaginario utópico neoliberal, pero también con películas como Titanic, en donde el fracaso de la promesa tecnocrática arrasa con todo el orden social, sin distinción de clases. En Argentina, el estallido de 2001 funciona constantemente como esta fantasía de recuperación heroica de un destino nacional perdido tras décadas de votar gobiernos de mierda, algo reactualizado con ardor durante la pandemia.

La contracara del magnetismo que genera el apocalipsis en el pensamiento de izquierda es el deshilachamiento de su horizonte utópico. A Fukuyama lo destriparon en su momento (y lo siguen destripando ahora) por hablar del “fin de la historia”, pero probablemente tuviese un punto: ¿y si el verdadero fin de los tiempos no fuera una megacatástrofe, sino la repetición interminable de un mismo ciclo histórico? El horizonte de un destino eternamente postergado y vuelto a postergar en un loop aniquilador del alma.

La idea de que una inteligencia informática puede “rebelarse” y exterminar a la especie es una fantasía antropomórfica y melancólica sobredeterminada por este imaginario persistente y catastrófico que Hollywood construyó en un momento en el que se intuía que el orden global liberal era hermoso pero eventualmente insostenible. Hoy, sin embargo, las referencias están un poco torcidas: miles de fotos de los T-800 en sus esqueletos mecánicos aterrorizando a la humanidad fueron subidas a las redes sociales como demostración de que Terminator II ya nos explicó hace 30 años qué es lo que nos va a pasar. Sin embargo, la película de James Cameron es menos conservadora que su audiencia de progresistas del siglo XXI. Al final la película nos muestra cómo la tecnología puede ser “re-encantada” por la inocencia de la humanidad, al igual que los hombres pueden ser “maquinizados” fácilmente y sin necesidad de un apocalipsis, simplemente apelando al deseo.

Por eso es importante desmantelar la ilusión de que la IA puede responder a imperativos morales o a intenciones humanas. Concebirla como “sujeto” en vías de desarrollo implica un error ontológico. El sujeto no emerge del procesamiento eficiente de datos o del cálculo cognoscitivo, sino del fracaso de la representación simbólica. Esta fisura, este trauma, este efecto retroactivo de intentar decirse a sí mismo en el lenguaje y fracasar, es exclusivo del ser humano. La IA no está castrada y carece por completo de esta negatividad constitutiva. Funciona como un puro saber, un conjunto de operaciones donde la información se desliza. Mientras que el deseo humano es siempre el deseo del Otro y está mediado por la culpa, la fantasía o la búsqueda del reconocimiento egoísta, la pulsión mecánica del algoritmo es un vector ciego y autorreferencial que gira indefinidamente alrededor de un objeto parcial. Esta distinción es crucial: la IA no actúa por envidia, soberbia, odio o narcisismo. Su movimiento es un avance hacia la optimización cuantitativa. En consecuencia, jamás puede estar insatisfecha porque la única lógica que la gobierna es la de la aceleración dentro de su propia brecha operacional. Volveremos sobre este importante punto al final.

2. El catolicismo es un firewall hardcodeado en la dialéctica de la historia

El riesgo existencial auténtico puede ser, sin embargo, más silencioso, estructural y de largo plazo. El algoritmo puede no comportarse de forma mezquina, pero es posible que la humanidad alcance finalmente el punto de obsolescencia funcional de su biología dentro de la economía de procesamiento del capitalismo. 

Durante siglos, el Capital necesitó a la humanidad como su exoesqueleto biológico indispensable. Los seres humanos somos la prótesis de carbono requerida para construir las instituciones, la infraestructura eléctrica, los semiconductores, los servidores de datos y los marcos legales que permiten la acumulación de valor. La existencia humana es un enabler para que esa acumulación ciega pueda desplegarse y autoorganizarse. El peligro definitivo aparece, entonces, en el momento en el que la IA y la automatización robótica permitan que el Capital cierre sus propios bucles de retroalimentación sin mediación biológica. En este punto de inflexión, la humanidad podrá dejar de ser un activo necesario para convertirse en un factor de fricción o un apéndice innecesario, un consumo ineficiente de energía y un freno regulatorio.

Desde este punto de partida neurótico y oscuro podemos empezar a leer Magnifica Humanitas. La mirada progresista secular suele cometer el error de juzgar los pronunciamientos del Vaticano como simples anacronismos bienintencionados o como vacías exhortaciones pastorales sin contexto. Sin embargo, bajo una lectura materialista y cibernética, la Iglesia Católica opera como un firewall ontológico embebido dentro de la matriz biológica de la humanidad para contener el drive aceleracionista del capitalismo. En este sentido, encarna la estructura residual williamsiana por excelencia: una tecnología vestigial y defensiva cuyos códigos de programación no pueden ser traducidos por el software avanzado del tecnofeudalismo. 

Este es un tropo eficaz porque tiene un lugar de preeminencia y sensualidad dentro de la imaginación occidental. Sigamos con el drop de películas heróicas: en Depredador (1987), un cazador alienígena equipado con camuflaje óptico, visión térmica, cañones de plasma y tecnología de rastreo es derrotado cuando Dutch se da cuenta que las armas de fuego no son efectivas y decide regresar a las técnicas de combate primitivas: barro, trampas, arcos, flechas y estacas. En ¡Marte ataca! (1996), la tecnología invencible de los invasores demuestra ser inútil frente al carisma de una vieja canción country, “Indian Love Call”, grabada en 1952 por Slim Whitman. En El retorno del Jedi (1983) los Ewoks utilizan lianas, piedras y troncos de árboles para resistir y ganar la batalla de Endor contra las fuerzas superiores del Imperio, en una reactualización therian de la guerra de Vietnam. En Top Gun: Maverick (2022) el F-14 Tomcat de la década del ‘70 logra maniobrar frente a los cazas de combate de quinta generación Su-57. Y así podríamos seguir eternamente.

El precipitado de tradiciones, significados y valores del catolicismo romano que no pueden ser expresados ni verificados en los términos de la cultura dominante del neoliberalismo progresista actúa con una intencionalidad defensiva explícita. La Iglesia es capaz de denunciar, con un pavor premoderno inesperadamente lúcido, que el despliegue tecnológico no representa la emancipación de la materia, sino un mecanismo de inminente deshumanización y alienación del alma, un dispositivo cuya aceleración constante no será capaz de perfeccionar al hombre sino que va a desmantelar su centralidad metabólica en el mundo. La encíclica de León XIV no es un manual de ética sino un protocolo de desaceleración: detrás de la metafísica de la técnica, nos dice la Iglesia, hay en realidad una antiteología.

Algo de esto observó Heidegger cuando anunció que “ya solo un Dios puede salvarnos”. No se trataba de una conversión piadosa sino de la constatación trágica de que, despojada de todo horizonte de trascendencia o sacralidad, la razón técnica carece de frenos ante la disolución de lo humano. 

Sin embargo, en este punto de inflexión encontramos un matiz profundamente irónico: la Iglesia romana es uno de los principales sponsors de la renta básica universal, una de las grandes prótesis biopolítica de la obsolescencia humana, sino la más grande. En 2020 y en 2022 el Papa Francisco pidió explícitamente su consideración en la Carta a los Movimientos Populares y en el Mensaje al IV Encuentro Mundial de Movimientos Populares, respectivamente, basado en el principio teológico del destino universal de los bienes y la dignidad humana (Imago Dei) que está en la Doctrina Social de la Iglesia: “No olvidemos que las grandes fortunas de hoy son fruto del trabajo, la investigación científica y la innovación técnica de miles de hombres y mujeres a lo largo de las generaciones”. En esta misma dirección parecería avanzar la encíclica de León.

Este ordenamiento, aunque se presenta como una victoria de la justicia distributiva, está lejos de constituir un triunfo de la dignidad humana. Más bien dinamiza la incapacidad o el desinterés de la estructura del Capital de seguir reproduciéndose mediante la subsunción formal y real del trabajo humano. Como la automatización avanzada destruye la relación valor-trabajo a una velocidad superior a la que puede crear nuevos sectores productivos, el sistema recurre a la acumulación por desposesión.

La renta básica universal es el protocolo financiero mediante el cual el capitalismo se libera definitivamente del imperativo moral de integrar a la humanidad dentro de su circuito funcional de producción. Al desvincular el sustento material de la participación activa del proceso, el Capital no “democratiza” la riqueza, sino que declara la irrelevancia y la bancarrota del trabajo humano. Quienes quedan enganchados en el sistema de subsidios pierden su capacidad de autorrealización, en estrictos términos materialistas: “El objeto de trabajo es la objetivación de la vida genérica del hombre”, dice Marx. En el acto de “objetivarse”, el hombre ve la propia inteligencia, creatividad y voluntad reflejadas en el mundo exterior. La dialéctica de la historia nos sugiere, una vez más, que en nuestro intento por desviar un destino profetizado de su conclusión destructiva solo podremos contribuir con mayor eficacia a acelerarlo, algo que sabían muy bien los griegos pero que han olvidado nuestros contemporáneos.

Se produce así una de las distorsiones más agudas de la modernidad tardía: la Iglesia Católica, tildada por el racionalismo secular de oscurantista y enemiga del pensamiento, queda posicionada como el último partido global capaz de sostener una crítica radical a la totalidad tecno-capitalista, aunque a través de la defensa del mismo marco legal y económico que nos llevaría hacia la obsolescencia en nombre del humanismo. Esto explica, por cierto, el vibrante filo-catolicismo de figuras como Christopher Olah, cofundador de Anthropic, que participó en la presentación en el Vaticano de Magnifica Humanitas. O el reciente vínculo entre Steve Bannon y Bernie Sanders, dos leninistas melancólicos que fueron leídos erróneamente como opuestos en su cruzada contra el aceleracionismo trumpista.

3. Milei nos presenta un destino trágico y heróico pero también la posibilidad de una teatralización melancólica del fracaso argentino

En nuestro país estamos familiarizados con este tipo de contradicciones. Son la manera en que a diario nos vinculamos con el gran vacío ontológico argentino, la promesa fallida de una nación desarrollada. Por eso para nosotros resulta tan natural el complejo entramado ideológico que vincula a la fantasía industrialista del peronismo progresista con su misma oposición a minar, cultivar, criar o exportar.

Esta extraña lógica, la lógica de lo que Freud llamaba pulsión se ve perfectamente plasmada en la obsesión argentina con el “déficit”. Desde hace décadas que las cuentas bancarias del país (balanza comercial, balanza fiscal, reservas) están en rojo. Argentina es un país que vive endeudado y como tal es un país que vive en ese espacio subliminal de tener siempre “menos que nada”.

La obsesión de Javier Milei, como novedoso vector aceleracionista del posneoliberalismo nacional, es alcanzar el cero, es decir, llegar finalmente al punto en el que la Argentina “no tenga nada”. Esta es una metáfora que Žižek utiliza con una lógica similar para la ontología, y prolongando el vibe decadentista de Elvis Costello y Bret Easton Ellis: la existencia material no surge de la “nada” pura y armónica, sino de esta falta originaria y traumática del déficit estructural. “Hay algo en vez de nada no porque la realidad esté en exceso en comparación con la mera nada, sino porque la realidad es menos que nada”.

Por esta razón es que nuestro país está tan fuertemente mitologizado: la cultura, las ficciones, la ideología, las fantasías imperiales, atlánticas y geopolíticas, funcionan como sistemas de creencias complejos que intentan ocultar el agujero que subyace en el fondo de la realidad argentina: el de su propio fracaso, metástasis del déficit fiscal.

En este sentido, Javier Milei sigue funcionando como un cortocircuito ontológico que interrumpe el flujo del desaceleracionismo por los cables chamuscados del deep state progre-peronista. La desregulación salvaje y la destrucción de la mediación estatal tienen como objetivo operar sobre la red de consensos y alineaciones que habilita el funcionamiento esclerótico de la economía argentina con epicentro en el complejo industrial bonaerense (tutucas, aguarrás, textiles y ensamblado de partes) hasta desmontarla. Alejandro Galliano le llamó a esto “software mileista en el hardware kirchnerista”.

Sin embargo, la negatividad constitutiva argentina no puede ser sanada o bypasseada. Correr un programa de optimización algorítmica pura sobre una infraestructura compuesta por décadas de sedimentación burocrática, corporativismo tutelado, una economía informal masiva pero defensiva y un mapa territorial concentrado y aferrado a la economía del subsidio cruzado y la sustitución de importaciones no produce una transición fluida hacia el libre mercado, sino un sobrecalentamiento del sistema y su irremediable falla. La violencia del proyecto mileísta, en este sentido, no es un exceso ideológico accidental sino un workaround en el proceso cibernético, un comando de stress test que expone las rajaduras materiales del motherboard estatalista. Incapaz de absorber el voltaje del capital ciber-financiero global, el hardware argentino se derrite.

Esta incompatibilidad entre el programa y la máquina nos conduce directamente a la dimensión performativa del fenómeno. Por eso el mileísmo no opera realmente en el plano de las reformas estructurales o de los agregados monetarios; su verdadero vector de penetración es estético y discursivo. Groys ha conceptualizado la transformación de la esfera pública contemporánea a través del tránsito de una ética de la conservación a una estética de la trasgresión. Por un lado, el progresismo y la centro-izquierda tradicional, atenazados por la melancolía de un horizonte utópico que ya no pueden imaginar, ha quedado atrincherado en una posición conservadora. Su propuesta política se reduce a una pedagogía del cuidado, una administración del riesgo y una defensa sacralizada de las instituciones burocráticas del deshilachado Estado benefactor. Es decir, un terror escatológico paralizante y, a la vez, moralizador.

Por otro lado, el impulso tanático de la humanidad refinado en la aceleración algorítmica y cibernética, que nos ofrece en apariencia dos destinos posibles: o la extinción o el mejoramiento. Ambos son deseables, al menos como horizontes utópicos e imposibles, en tanto nos ofrecen una salida real del pantano conservador en el que nos encontramos girando en el vacío [1]. ///// DB

________________________

[1] Existe una tercera posibilidad a la hora de interpretar las recientes declaraciones y el debate alrededor de la IA, seguramente la más cínica, la más teatral y la más probable, sobre la que me gustaría no hacerme el boludo: que sea todo una venta de humo, un intento banal de los tecno-oligarcas de retirarse elegantemente de la carrera frente a una economía insostenible que quema millones de dólares en infraestructura, centros de datos, GPUs y energía para entrenar y operar modelos que no es posible monetizar de forma escalable. Uno de los argumentos más fuertes de Ed Zitron sobre la naturaleza engañosa de la industria es cómo se financia. Los hyperscalers hunden grandes cantidades de capital en startups que luego utilizan ese capital para comprar poder de cómputo en la nube de las propias empresas que las financieron originalmente. Esto infla artificialmente los ingresos de los gigantes tecnológicos creando una burbuja que la competencia con DeepSeek está a punto de hacer explotar.

Así mirado, podría ser también una metáfora melancólica y perfecta del mileismo: una promesa trágica y heroica que oscurece un entramado de política pedestre, pequeñas roscas municipales y corrupción de bajo vuelo, una economía circular que produce rendimientos decrecientes y eventualmente estancamiento, un mecanismo de trasgresión que ya no resulta mágico ni liberador sino casi administrativo, porque su procedimiento se ha institucionalizado y bajo la apariencia de trasgredir las normas sostiene en realidad el orden mediático actual. Esta posibilidad, sin embargo, debería hacernos perseverar en la aceleración -en lugar de conceder- para poner a prueba el farol tecno-pesimista y desenmascararlo para siempre.

Disclaimer. Contenido libre de financiación del Departamento de Estado.
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