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LA BATALLA INFINITA

13 Ene. 2026
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Si la relevancia cultural de las películas se midiera por el intercambio que generan en las redes, dejando de lado viejos reduccionismos como el éxito comercial o la “calidad artística”, entonces One Battle After Another y The Substance serían, sin demasiada discusión,las películas más importantes de los últimos dos años. La elección es dispar y algo arbitraria, pero admite, al menos por un momento, reconciliarnos con la idea misma de progreso.

Para empezar, ambas ofrecen una interpretación de lo que Slavoj Žižek llama “interpasividad”. Un concepto que, como el nombre sugiere, se origina como reacción a la supuesta agencia política que prometería la interactividad en la web. El reverso de interactuar con el objeto, explica Žižek, es la situación en la que el propio objeto se apropia de mi pasividad. En otras palabras, la interpasividad es el fenómeno por el cual delegamos y externalizamos nuestro goce en el objeto, aliviándonos de la carga de la propia y retorcida satisfacción pasivizante.

Para ilustrar esta situación, Žižek recurre al ejemplo clásico de las risas pregrabadas en las sitcoms de los noventa. Aunque estemos demasiado exhaustos para reírnos con un programa de televisión, ese registro mecánico se encarga de disfrutar por nosotros, liberándonos del imperativo neurótico de gozar para poder, ahora sí, hacer algo útil (por ejemplo, preocuparnos por pagar la tarjeta u odiar gente en las redes desde nuestro teléfono). Este proceso, por el cual le cedemos al otro el lado pasivo de nuestra experiencia, nos permite seguir produciendo mientrasdescansamos. A esto último Žižek lo llama falsa actividad: las personas no sólo actúan para cambiar algo, sino para evitar que algo ocurra y así nada cambie. De ahí que la actitud fundamental del sujeto no sea ni la pasividad ni la actividad autónoma, sino precisamente la interpasividad.

Pero volvamos a nuestras películas. Como narrativas del liberalismo ilustrado en tiempos de ultraderechas (o neofascismos, o crueldad, etc.), ambas dramatizan el régimen interpasivo del progresismo, aunque de manera contrapuesta. Por eso, donde una profundiza el desliz, la otra intenta revisarlo. Desde esta perspectiva, las dos propuestas están condenadas al fracaso, ya sea por la perseverancia autocomplaciente en el error o por la reivindicación nostálgica de un futuro que nunca se concretó. Aunque quizás haya alguna grieta. Veamos por qué.

Dejando de lado que The Substance es una película diseñada para atender a las necesidades especiales de un público con el attention span atrofiado por una dieta cognitiva a base de reels de Instagram (y olvidando, aunque sea por un momento, el deslumbrante cuerpo de Margaret Qually), el guion de Coralie Fargeat ofrece exactamente lo que su audiencia ideal ya piensa, o intuye que piensa, pero es incapaz de articular en una oración medianamente coherente.

En términos Žižekianos, The Substance externaliza dos formas complementarias del goce: la sumisión, a través de la autoexplotación física y mental, y la omnipotencia, por medio de una femineidad hipersexualizada y avasallante. El vórtice de interpasividad de la película absorbe y procesa la violencia estructural del imperativo de belleza y productividad en un reciclaje sintomático perfecto. El personaje de Demi Moore se indigna, se autodestruye y mata, gozando pasivamente en lugar del espectador, que puede volver a su Ozempic, su dieta y sus preocupaciones cotidianas luego de haber cumplido con su deber progresista por medio del otro.

One Battle After Another, por otra parte, articula su relato alrededor de los equívocos de la paternidad (y la maternidad). Bob Ferguson, el personaje interpretado por Leonardo DiCaprio, vive angustiado. Pero entre los muchos motivos que justifican sus inclinaciones melancólicas, hay uno que se destaca por encima del resto. Su hija, o más precisamente, el devenir de su hija. ¿Será una persona de convicciones, íntegra y coherente, tal como lo soñaron Bob y su mujer, la fatídica Perfidia Beverly Hills? ¿O irá camino a convertirse en una esponja dopaminérgica, una zombi desclasada y necesitada de estímulos cada vez más intensos y constantes? En esencia, lo que perturba a Bob Ferguson no es una simple proyección narcisista, sino la intuición del destino de su hija recortado contra el cada vez más nítido basurero de la historia.

La pregunta por la trascendencia, entendida como el legado que le dejamos a las generaciones venideras, se vuelve doblemente angustiosa cuando se la piensa a la luz de los errores inevitables que estructuran la relación de un padre con su hija. Ese es el impulso central en “One Battle After Another”, un relato que, al igual que los senderos impredecibles del trasvasamiento generacional, no está exento de cabos sueltos y falsas expectativas. Pero aunque Bob Ferguson falla en todas las instancias posibles (se cae de la terraza, pifia el tiro cuando tiene a su némesis en la mira, se olvida las contraseñas, etc.), su derrota es incompleta. No se derrumba del todo ni ofrece el exceso necesario para que el espectador delegue en él su propia pasividad. La caída de Bob, lejos de redondear el argumento, lo desordena. Deja restos (la desaparición de Perfidia, la militancia de la hija) y, por lo tanto, no organiza el sentido de la película, que se resiste a actuar como un puro soporte interpasivo.

Es justamente en ese punto, en la imposibilidad de delegarle por completo el goce de nuestro fracaso porque su propio fracaso carece del espesor necesario para absorberlo, donde se abre otra dimensión del personaje. Bob sostiene la crianza de su hija bajo el azote imperecedero de la paranoia política y cannábica, condenado de antemano a equivocarse, atado a una especie de profecía autocumplida. Sabe que está destinado al error y opera desde ese saber; ahí reside, paradójicamente, su fortaleza. Después de todo, esa es la batalla infinita: la auténtica paternidad, de un lado y otro de la pantalla.

La contraparte más obvia de Bob Ferguson es el coronel Steven L. Lockjaw, interpretado por Sean Penn, que representa la marcha siniestra de lo Real tanto desde una perspectiva filiatoria (es el verdadero progenitor de la hija de Bob) como desde la perspectiva política (es el verdadero “fatum” del poder, el resto obsceno del orden fascista que se desenvuelve en la película, alguien que por ambición es capaz de asesinar a su propia hija y por deseo es capaz de traicionar a sus jefes racistas y entregarse a la “perversión” de un “nigger lover”, etc.). El coronel Lockjaw, sin embargo, como cualquier militar verdaderamente obediente, también está destinado al fracaso porque carece de lo que a Bob le sobra: conciencia de su auténtico destino. ¿Y no es esto lo que incomoda por igual a nuestros queridos progresistas globales, ofendidos por la resignada vena revolucionaria de One Battle After Another, como a nuestros conservadores melancólicos que sueñan (o dicen soñar) con la restauración de una “comunidad organizada” en la que, desde ya, les resultaría imposible vivir?

Bob Ferguson y el coronel Lockjaw, dos extremos antagónicos y al mismo tiempo especulares, sin embargo, no están conectados por una batalla ideológica alrededor de una hija en disputa. Su verdadera conexión es la batalla existencial alrededor de Perfidia Beverly Hills, la mujer de las curvas gloriosas que supo reducirlos a objetos sexuales, políticos y genealógicos a ambos, para después abandonarlos sin sentimentalismos bajo la estela de la revolución. Que Perfidia sea el punto imposible de reconciliar tanto para la narrativa de la propia película como para el resto de los personajes tiene sentido: lo que hace Perfidia al abandonar a su hija recién nacida, de hecho, es indigerible incluso para cualquiera de las versiones ya algo nostálgicas del feminismo (primera, segunda o tercera ola, con sus respectivas subsidiarias “disidentes”), y lo hace para convertirse, literalmente, en el auténtico motor de la historia.

Lo paradójico es que en nuestra era de tristes adicciones dopaminérgicas, Perfidia lleva adelante el único “acto libre”, y lo hace con un carácter tautológico innegable: aun si la consideración de todas las razones pertinentes le imponen dar preferencia a la opción de actuar con responsabilidad ante su bebé, ella asume el juicio incondicional que la obliga a abandonarla para continuar una revolución prácticamente derrotada. ¿Por qué ese es un auténtico “acto libre”? Porque Perfidia actúa así porque quiere hacerlo, a pesar de la cadena de razones moralizantes o convenientes en su contra.

Esta libertad abisal en favor de una causa superior resulta tan traumática, tan cruda y vergonzante, que prácticamente nadie tuvo el coraje de pensarla con cuidado, al menos antes de las nominaciones al Oscar. ¿Y por qué lo haríamos? Más allá de la hipocresía evidente de quienes todavía pretenden traficar su narcisismo como si fuera en sí mismo una práctica “militante”, una “construcción subjetiva” o una misión “pedagógica” (con fantasías acerca de instruir a los otros qué votar, qué sentir o cómo pensar), sabemos que el único proyecto ciudadano de alcance colectivo es gozar, pero también sabemos que ese goce ni siquiera es libre, sino que más bien se asemeja a un deber, por eso la imagen del vibrador conectado a la vagina artificial todavía enmarca bastante bien nuestro presente.

Al final de One Battle After Another, el coronel Lockjaw es asesinado por sus propietarios y Bob Ferguson se acuesta en un sofá a sacarse selfies. Y si uno entendió la película, entonces no debería pedirle bajo ninguna circunstancia que se levantara. Pero, ¿y Perfidia? Dejando de lado la carta farsesca para su hija en la que ella restituye el lugar vacío del padre e intenta justificarse como madre, ¿qué pasa con Perfidia? Desde el punto de vista hegeliano, podría decirse que su “efectividad ejecutada” la conserva más fiel a sí misma que todos los demás, porque más allá del carácter particular de sus actos (la traición a Bob, el engaño a Lockjaw, el abandono de su hija), lo que nunca resigna es su estructuración simbólica de la realidad en la que esos actos encuentran su lugar. La revolución persiste, ¿y mañana quién sabe lo que pueda pasar? Esta es, por supuesto, la única y verdadera idea progresista.

Las “almas bellas”, en cambio, preferirán describir el estado deplorable del mundo y de quienes luchan por cambiarlo como si ellas mismas estuvieran excluidas del mundo y lo observaran desde una distancia objetiva, ¿pero qué otra cosa podrían preferir? Es la condición necesaria para insistir en el juego perverso de preferir que el mundo siga siendo tal cual es para continuar ocupando sus cómodas posiciones de víctimas. “Interpasividad”, pero por otros medios. ///// DB

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