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CONTRADEFORME DECRETA: JAVIER MILEI YA FRACASÓ

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09 Ene. 2026
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Durante un cierto lapso -entre 2021 y 2024- Javier Milei encarnó algo que la democracia argentina no había visto hace décadas: la posibilidad de su propia interrupción. No en el sentido clásico de un aterrador golpe de Estado, sino de una forma más secreta e inquietante: el colapso final del consenso alfonsinista tras cuatro décadas de mostrarse inútil para planificar, integrar y producir prosperidad. Una inutilidad que el macri-kirchnerismo trasladó en todo su esplendor a la práctica política durante sus últimos tres gobiernos.

Milei emergió en este contexto de agotamiento como una figura que, asentada sobre el simulacro de una convicción moral sólida, era capaz de traicionarla una y otra vez a través de su histrionismo farmacológico, el escepticismo radical y la vulgaridad estética. Aunque declamaba sobre occidente y sus valores trascendentes, su pertenencia cultural era a la lumpen-bourgeoisie porteña: aversión a engendrar hijos, mascotismo, desprecio del catolicismo, fascinación por las vedettes de los ‘80, una niñez introvertida y futbolera entre Devoto y Sáenz Peña, una performance educativa mediocre, tendencia al plagio, ingenuidad, etc. Milei era -sigue siendo- la creación más perfecta de la cultura de izquierda universitaria. Performático, relativista, irónico, judío y kitsch.

Desde este punto en la historia, Milei no prometía reforma sino otra cosa, algo más cercano a la catástrofe controlada: destruir al sistema político y a la casta parasitaria de burócratas poniendo en crisis el pacto democrático. Algo que el pueblo argentino anhelaba con pasión traumatizante, recordando el 2001, último momento de su historia en el que pasó “algo real”.

Este era su verdadero capital político y simbólico. No la estabilización macroeconómica, ni la dolarización ni la motosierra, sino la promesa de que, una vez más, quizás una última vez, una traza de vida podía interrumpir la melancólica suspensión de la realidad.

Y sin embargo, una vez en el poder, Milei hizo exactamente lo contrario. No destruyó la recontra chota democracia argentina sino que la salvó, la restauró, la estabilizó y la protegió en el momento mismo en que estaba más cerca de su colapso. No destruyó la casta política sino que se integró a ella.

El gobierno de Milei es una tragedia. No una tragedia en un sentido moral sino en un sentido sistémico y literario. Después de todo lo escrito y lo discutido, La Libertad Avanza es el emergente de la incapacidad de las instituciones democráticas para reformarse a sí mismas, a pesar de que todos vemos cómo el barco de la Argentina se hunde. Es la representación de un héroe, noble o cobarde, bienintencionado o estúpido, que falla al enfrentarse a una fuerza invencible por el peso mismo de las decisiones que toma para torcerla. Esto es algo que vuelve a la catástrofe social aún más inevitable y terrorífica. El sistema democrático, en su intento por representar la voluntad de las mayorías, genera burocracias que terminan destruyendo esa misma representación. 

Las revoluciones empiezan siempre en el plano de la estética porque es ahí donde se redefine qué es visible, decible y pensable. Milei funcionó como una figura artística que redibujó las fronteras de lo posible. No un líder programático sino una performance potente: memes, exabruptos, masculinidad tortuosa. Operaba como una figura posmoderna en tanto su misión no era ni decir la verdad ni mentir y ocultarlo, sino romper los marcos de referencia del discurso y de la política. Su función no era gobernar, era señalar que el sistema no funcionaba. Su promesa no era conservadora sino nihilista: destruir todo para que algo emerja después. Lo que sea. La motosierra no era un programa de gobierno sino una fantasía de purificación.

La democracia liberal -la combinación imposible de libertad, igualdad y fraternidad, la promesa imposible de armonía social- funcionó como un espejismo: visible, atractiva, deseable, pero abstracta, extranjera y al final, engañosa y falsa. Cuarenta años después de su implantación ha fallado en estas tierras tan escandalosamente como aquellas instituciones nobles pero titubeantes que el Departamento de Estado injertó en el norte de África y en oriente medio tras el derrocamiento de tantos oscuros líderes reaccionarios. El desierto argentino pedía un caudillo y a cambio obtuvo la lánguida promesa de elegir cada cuatro años entre un hijo de puta y un boludo. Javier Milei es la sensación de que podríamos estar ganando pero en cambio estamos perdiendo. ¿Por qué seguimos perdiendo?

El triunfo de Milei en las presidenciales -el triunfo de LLA en las últimas legislativas nacionales también- fue desde el principio un ejemplo de lo que la teoría crítica francesa llamó un “significante flotante”. Un contenedor vaporoso en donde conviven la defensa de los trabajadores informales, el antiperonismo, el peronismo realmente existente, la crisis del neoliberalismo, el fascismo, el neoliberalismo fascista, el optimismo tecnológico, el agotamiento de la conducción política del peronismo, el racismo, etc, etc, etc. La pelea por el verdadero sentido del triunfo de Milei y de su gobierno empezó apenas terminaron las elecciones y todavía continúa. ¿Qué significa que haya ganado Milei? ¿Quién puede ser capaz de traducirlo en una narrativa política coherente?

Una lectura posible -y a veces predominante entre los “avivados”- es que el gobierno de Javier Milei fue una reacción equivocada pero reversible frente a la angustia inflacionaria del gobierno de Massa. Una pequeña simplificación entendible. El triunfo de Javier Milei fue, más profundamente, una reacción ante el colapso económico y la inercia cultural, social e ideológica del modelo post-2003, que puso a la Argentina en un letargo imperdonable mientras nuestros vecinos desarrollaron sus sectores competitivos, mejoraron sistemas educativos y se fortalecieron militarmente. Mientras se rompía la unipolaridad. Mientras el mundo cambiaba, en suma. Fue una reacción a esos mismos que hoy sostienen, no sin un alto grado de cinismo, la hipótesis inflacionaria. Aquellos que quieren sostener los viejos privilegios del ya frágil y enfermizo Estado de Bienestar: los sectores industriales deficitarios, la inútil pero noble elite universitaria, los que mueven planes sociales y administran la pobreza y la capa de burócratas mediocres, fans de Dillom y Milo J, que se encuentran adheridos a los azulejos de la administración pública como los hongos de un baño interno en una casa con poca luz. El horror de estos agentes del letargo social y el status quo nos dio qué pensar: quizás Milei no está tan equivocado.

Y en algunas cosas no lo estaba. No es de extrañar que la reacción de la Argentina “oficial” fuera de pánico ante las peligrosas pasiones “irracionales”, racistas y aislacionistas de los organismos de gobernanza globales, esos foros educados a los que Milei cae con el mameluco de YPF, que sostuvieron inicialmente y en apariencia a LLA. Pánico ante el rechazo casi parroquial al feminismo, al proteccionismo industrial, a la inmigración y a la expansión infinita de trabajadores municipales.

Solemos escuchar quejas sobre la creciente apatía entre los votantes, sobre el declive de la participación popular en la política. Los peronistas liberales, preocupados, hablan todo el tiempo de encontrar nuevas formas de “representar” a un pueblo que reclama algo que no terminan de entender. Pero ese “movilizar a la gente” siempre aparece bajo iniciativas lagunosas y decresionistas de la “sociedad civil” que el pueblo real odia: urbanizar villas, dinamitar la General Paz y construir plazas, proteger casas viejas y llenas de humedad que nadie desea habitar, bloquear el acceso Temu y Shein, prohibir los celulares, poner impuestos para entrar al microcentro en auto, etc. Sabemos que cuando la gente despierta del letargo apolítico que promueven estas ideas, en general lo hace bajo la forma de una revuelta populista y de derecha. Esto resulta muy incómodo para el peronismo actual dada la consolidación de su identidad de izquierda intelectual liberal durante los últimos quince años. No sorprende que muchos peronistas hoy alienten por lo bajo la baja participación electoral. La apatía del sistema democrático no parece, después de todo, tan mala.

Irónicamente, lo que la elite intelectual llama “populismo de derecha”, los elementos “racistas” y “fascistas” que identifican en la base electoral de Milei, es el mejor argumento de que lejos de estar obsoleta, la lucha de clases continúa – aunque nunca como el marxismo la describió. Hoy la insistencia en el multiculturalismo, la inmigración, la prohibición de los celulares, el desfinanciamiento de las fuerzas armadas y la “exitosa integración” de las villas al tejido urbano -bienintencionada como quiere ser bajo su pátina de estética ricotera y maradoniana- es la forma más penosa de conservadurismo y de odio al pueblo.

Dentro de la elite liberal-tecnocrática iluminada que hoy constituye al peronismo (cuya expresión más pura es el inquietante kicillofismo), el apoyo electoral a Milei es descrito como un fenómeno esencialmente populista: una revuelta de personas defraudadas y confundidas, una explosión de irracionalidad, etc. Javier Milei hace propia esta definición y la instrumentaliza con orgullo y astucia. La tragedia es que en ese gesto, que es aquello que lo vuelve capaz de construir su mayoría electoral, residen las condiciones de su fracaso como destructor del sistema político.

Para Laclau la lógica de la articulación hegemónica define la esencia misma de lo político. El populismo no es un movimiento específico sino el grado cero de la política, su forma más pura y trascendental. A través de la “determinación oposicional” hegeliana, lo universal se encuentra a sí mismo en una de sus especies particulares. Así, una serie de demandas democráticas heterogéneas se encadenan en una equivalencia que produce un “pueblo” como sujeto universal frente a un “ellos” antagónico. A diferencia de la lucha de clases marxista, que presupone un sujeto privilegiado por su posición objetiva en el sistema, el enfoque de Laclau sostiene que cualquier demanda particular -sea obrera, patriótica, racista, anti inflacionaria- puede ser “transubstanciada” contingentemente en el significante que encarne la totalidad social, redibujando las fronteras de lo posible frente a un poder incapaz de integrar tales reclamos.

Esta elegancia conceptual no omite el hecho de que el populismo se caracteriza fundamentalmente por desplazar el antagonismo hacia una entidad externa y reificada, un intruso parasitario o espectral, cuya aniquilación supuestamente restauraría la armonía perdida. Para un marxista o para un freudiano la patología es el síntoma que revela la falla interna en la estructura normal -falla sin la cual, paradójicamente, la estructura no puede existir. El populismo, en cambio, externaliza el mal. La culpa nunca es del sistema como tal sino de quienes lo corrompen. Por ello, el populismo funciona como una matriz formal donde el enemigo es siempre impreciso o es inalcanzable. La política se transforma así en una carrera por performar antes y mejor a la fuerza antagónica, una cuestión de forma antes que de contenido.

Laclau escribe en La razón populista que “afirmar que la oligarquía es responsable de la frustración de las demandas sociales no es declarar algo que pueda leerse a partir de las demandas sociales en sí mismas; es algo provisto desde afuera de estas demandas por un discurso en el que estas pueden inscribirse (…) Es aquí donde surge necesariamente el momento vacío, tras el establecimiento de los vínculos de equivalencia. Ergo, hay ‘vaguedad’ e ‘imprecisión’, pero estas no resultan de ningún tipo de situación marginal o primitiva; están inscriptas en la naturaleza misma de lo político.”

El populismo debe compensar este carácter “discursivo” del fenómeno político por simulacros de realidad (Zizek diría lo “pseudo-concreto”). La masculinidad, el militarismo, la ideología tradicionalista, el TND o la reciente cruzada anti-musulmanes son imágenes que se crean para llenar el vacío que separa al universo artificial creado por el libertarianismo de nuestro viejo entorno vital, es decir, estrategias para “domesticar” este nuevo universo y volverlo menos impreciso, abstracto y pelotudo. El mecanismo se mueve en los dos sentidos: el fanatismo por los Redondos o por Maradona, el constante duelo moral frente a los desaparecidos, el revival rosista, la fantasía industrialista o imperialista “austral”, los grupos de lectura de El modelo argentino, son también “simulacros de realidad”.

El status-quo ideológico que emergió de emparchar eternamente el consenso alfonsinista, incapaz de planificar e integrar, incapaz de producir bienestar o de reformarse para intentar hacerlo, compensa sus carencias invirtiendo cuantiosos recursos materiales e intelectuales en subsidiar el conflicto. Una estrategia que pone a Javier Milei como heredero no de Carlos Menem ni de Néstor Kirchner, como quiso y pudo ser, sino de Cristina Kirchner.

Bajo esta marco conceptual, el mileismo se encamina hacia el gesto kirchnerista por antonomasia (el gesto antiperonista por antonomasia): su referencia es “lo popular sin pueblo”, es decir, lo popular atravesado, frustrado, por un antagonismo constitutivo y permanente que le impide adquirir la plena identidad sustancial de un Pueblo. Estético pero vaciado. Cuanto más moviliza a la gente en torno a causas imaginarias, cuanto más los histeriza, su horizonte es más y más la despolitización del cuerpo social. Es decir, pretendiendo ser modernista, esencialista y trascendental, el mileismo es en realidad tan o más laclauiano que el kirchnerismo.

No es que, como algunos quieren presentarlo, el campo político actual se encuentra polarizado entre una administración post-política y una hiperpolarización populista sino que, como quedó demostrado una y otra vez, ambas tendencias conviven dentro de las mismas fuerzas políticas. Tanto el libertarianismo como el peronismo constituyen partidos pos-políticos que se legitiman a sí mismos en términos populistas. 

Cuando encontramos un problema (como, digamos, el estancamiento económico argentino de 40 años), obtenemos a la vez una gran cantidad de diagnósticos acerca de dónde reside ese problema, una gran cantidad de causas o, en el sentido en el que venimos argumentando, una gran cantidad de narrativas que lo explican: demasiado intervencionismo económico o décadas de horrible liberalismo, poca igualdad o demasiada redistribución, exceso de corrupción o exceso de institucionalismo, etc. Todas son verdaderas y todas son falsas. Realmente no importa. Lo importante es que cada uno de estos diagnósticos, desde un punto de vista dialéctico, nace intervenido por una solución. Incluso podríamos decir que, en general, se piensa primero la solución y luego cuál es el problema a la que esta solución aplica.

El primer discurso de Javier Milei el día en que asumió el mando como presidente fue perfecto. Un diagnóstico único con una performance a la altura que no prometía una solución más entre otras soluciones, sino una diagnóstico amenazante y un roadmap sombrío. Distinto a todo lo que se había escuchado en los últimos veinte años.

Para el kirchnerismo, la solución a la “cuestión Argentina” hasta ese momento era siempre intensificar la magnitud de nuestros problemas (más cepo, mayor cierre de la economía, más inflación, etc). Para Milei, en cambio, la situación era crítica y no había margen para gradualismos. El compromiso era con el cambio radical, aún a expensas del “costo social” y el “costo institucional”. Cuando Milei decía que el Estado argentino era “un Estado que hace todo y todo lo hace mal”, que la política “debe ser un servicio, no un negocio” o que “el orden público y la vida social en paz deben volver a ser la regla” apuntaba directamente al consenso sobre el que se había construido el post-2003: la combinación entre hipertrofia de la función asistencialista del Estado con atrofia de su función represiva. O sea, el Estado neoliberal por excelencia, tal como lo definiera Samuel T. Francis.

Los kirchneristas y los macristas estaban horrorizados. Desde Marcos Peña hasta Martin Guzman, desde fundAr hasta Eli Gómez Alcorta, desde Kicillof hasta Martín Redrado, el diagnóstico era que el consenso post-2003 estaba en crisis y debía ser salvado, perfeccionado, restituido: un poquito más de orden social, un poquito menos de déficit, y listo. Fácil. Suficiente para mantener a la Argentina funcionando como la conocíamos, con profunda moderación y sin innovar. 

Milei, en cambio, fue el primero que señaló -durante la campaña y en ese discurso fuerte del inicio de su presidencia- que el problema no era realmente un problema sino una solución: la verdadera causa de la decadencia argentina era ese consenso democrático, económico y social y no su crisis. Había que acelerar su descomposición.

El estándar por el cual identificamos una situación como problemática es parte del problema mismo. Para el neoliberalismo progresista el principal problema de la economía era la “restricción externa” producto esencialmente de una caracterización psicológica: la clase media argentina es cipaya y tanática, aprovecha cualquier mínima oportunidad para refugiarse en el dólar y veranear en el exterior. A esto Cristina le llama “economía bimonetaria”. El Estado debía, entonces, erigirse como un mecanismo de bloqueo de las pulsiones sociales autodestructivas y, eventualmente, como un empleador privilegiado que, al incluir a todos dentro de sí mismo, produjese una nueva clase media rectificada ideológicamente.

La gran innovación política de Milei fue percibir en la herida del cuerpo social la desintegración de los viejos hábitos y una oportunidad para construir un nuevo orden. Esto fue posible quizás porque el propio presidente es una persona mortificada, que construyó a partir de su propia herida personal una carrera y un personaje público poderoso y movilizador. El peronismo, en cambio, persiguió el mito liberal por default de la universalidad sin heridas: los derechos humanos para sanar, el multiculturalismo para expandir la sociedad, la no represión del delito para alcanzar la paz social, etc. Este horizonte, ya derrotado, se expresó en la infame frase “votá al normal” durante la campaña presidencial. Esto es, de hecho, lo que sigue representando aún hoy, sin chances políticas verdaderas, el kicillofismo. Milei demostró que, en cambio, hay un potencial liberador en las heridas. 

Fantaseamos sin descanso con el fin del mundo. La ciencia ficción y su heredero despolitizado y moralmente extraviado, el ambientalismo, son los grandes canales para procesar el terror ante lo invisible e inevitable. Sin embargo, en una reciente visita a México, la filósofa eslovena Alenka Zupančič ironizó: quizá deberíamos bajar nuestras expectativas sobre ese gran acontecimiento. ¿Y si el verdadero fin de los tiempos no fuera una mega-catástrofe, sino la repetición interminable del mismo instante, siempre aplazado y eternamente diferido? Tal vez ya habitamos ese final: un ocaso que se prolonga sin resolución posible.

Alexandre Kojève, a mediados del siglo XX, veía en el “fin de la historia” la forma más refinada del orden social. Un proceso iniciado en 1789. Para él, después de Napoleón no surgieron fuerzas históricas radicalmente nuevas. El final no es cronológico, sino teológico: la integración trascendental de la organización racional. Esta hipótesis —la culminación del desarrollo institucional— resonó en los años noventa con Francis Fukuyama, ya escarmentado y domado por el posestructuralismo francés.

Algo de esta lógica reaparece en el último artículo de Curtis Yarvin sobre el fracaso de la segunda administración Trump. La democracia, escribe, no es un cohete espacial, sino un transatlántico oxidado y a la deriva, gobernado por mil timoneles que se neutralizan entre sí. Cada uno tiene poder para frenar, pero ninguno para cambiar el rumbo. El diseño, concebido como antídoto contra la tiranía, se convierte en una máquina de parálisis: cualquier intento de reforma se disuelve en comités, audiencias, subcomisiones y secretarías. El sistema promete corregirse, pero sus mecanismos de autocorrección son los mismos que bloquean la cirugía mayor.

En este ecosistema las élites se consagran en una rueda imparable: periodistas que legitiman expertos, expertos que blindan burócratas, burócratas que protegen políticos, políticos que pagan a periodistas. La estructura se reproduce a sí misma, indiferente a la voluntad de cambio.

El triunfo de Karina Milei sobre Santiago Caputo en la interna libertaria ilustra la victoria de la estructura sobre la disrupción ideológica y la provocación digital. Karina, una suerte de Evita de la dimensión oscura, sueña con riquezas porque el mercado y la sociedad la despreciaron. Desenganchada de su origen, su obsesión es olvidar rápido sus raíces y bloquear en el WhatsApp a los amigos de infancia. Su reacción ante la constatación de su propia limitación intelectual y marginalidad material no es el resentimiento de clase ni la redención revolucionaria, sino un deseo implacable y melancólico de pertenecer.

Su alianza con los Menem y Sebastián Pareja para articular el “partido nacional”, la integración con el PRO, su rol de guardiana presidencial a cambio de favores o los pedidos de coimas para aceitar la maquinaria estatal —una práctica inmoral y por eso anti mileista— son piezas que neutralizan la rebelión de las bases y manchan la condición ética trascendente que habilitaba a Milei a juzgar y destruir el sistema democrático. La integración al sistema “normal” construye incentivos para domesticar el libertarianismo y convertirlo en un partido liberal tradicional. No falta mucho para que, en una era post-Milei, los candidatos de LLA eviten pronunciarse contra el aborto o incluyan a Horacio Rodríguez Larreta como tercer nombre en una lista municipal.

Quizá soy ingenuo. ¿Por qué esperar que en un país estancado y fetichizado como Argentina ocurra una verdadera transformación del sistema? ¿Por qué pedirle a Milei que cierre el Congreso —y arriesgue su vida si fracasa— en vez de acumular poder, negociar, retirarse rico y pasar el resto de sus días esquivando juicios, como cualquier expresidente? ¿Por qué exigirle que sea distinto si puede ser igual?

En las últimas páginas de su monumental historia de la segunda guerra mundial, Winston Churchill evalúa las implicancias de una decisión militar. Churchill dice que luego de que los especialistas económicos, los analistas militares, los psicólogos y los meteorólogos propongan sus refinados y elaborados análisis, alguien debe asumir la decisión. Un acto simple y concreto, en este punto que para cada decisión posible hay tres o cuatro opiniones contrarias. Pero al final todo se reduce en un simple “sí” o “no” – debemos atacar, mejor esperar, debemos retroceder, etc. La decisión, sin embargo, nunca puede estar totalmente anclada en razones racionales porque es el momento del Amo. El discurso experto presenta la situación en su infinita complejidad y el Amo debe simplificarla en una decisión.

Igual que Cristina, Macri y Alberto Fernández, Milei parece temerle a esta decisión. Parece temerle al poder. Porque el poder real implica responsabilidad radical, asumir decisiones sin excusas, sin validación de expertos ni cobertura jurídica, solo con la legitimidad de la fuerza y el apoyo popular. Es vertiginoso y no está exento de consecuencias. Es más fácil explorar la multicausalidad y sentirse virtuoso que simplificar y dudar. Por eso la cultura del veto se impone: cada actor prefiere ser guardián antes que protagonista. Es más rentable presidir un Observatorio que ser presidente tanto económica como moralmente. Este mecanismo se traduce en la retórica de los tecnócratas, repleta de Universales Abstractos: “no hay soluciones mágicas”, “hay que hacer un plan integral”, etc. Todo discurso que identifique problemas claros y proponga soluciones reales se tacha de represivo, fascista o peligroso.

La narrativa moral refuerza el miedo: cualquier concentración de autoridad se asocia con tiranía. Imaginar una figura que decida con claridad se percibe un acto de herejía hacia la democracia (por ejemplo, la reciente polémica entre Beltrán Briones y María Migliore). El resultado es un régimen que administra su propia impotencia, repitiendo el ritual de la esperanza en cada ciclo electoral mientras todo permanece igual. La concepción de lo político que emergió tras la internalización del posestructuralismo en la matriz ideológica argentina alimenta este ciclo infinito de moralismo, veto y fracaso.

La función del Amo es, en su esencia, anti democrática. Jacques Duclos, el histórico dirigente del Partido Comunista Francés, dijo en 1940 que si hubiesen elecciones libres Marshal Petain las ganaría fácilmente con el 90% de los votos. Este fue el momento en el que De Gaulle, con su acto histórico, rechazó la capitulación francesa y declaró que era él, y no el régimen de Vichy, el que representaba a la verdadera Francia. No dijo representar “a la mayoría de los franceses” sino “a la Francia verdadera”. Ese acto fue profundamente real, incluso si en el momento era “democráticamente” falso.

Cuando en diciembre de 1990 Mohammed Ali Seineldin al mando de sectores del Ejército tomaron el Edificio Libertador, el Regimiento de Patricios y otras unidades, enviaron abundantes mensajes a la Casa Rosada y a la prensa en los que sostenían que su objetivo era solo desplazar a la cúpula del Ejército. El golpe, según Seineldin, no era “contra el orden constitucional ni contra la figura del Presidente”. Menem gritó exasperado: “¡Qué no va a ser contra mí, obviamente es contra mí!”. Luego dio la instrucción de fuego sin mediaciones. A partir de ese gesto único y decidido -antidemocrático, en tanto ignoraba la feminizante tradición jurídica iniciada por Alfonsín y el hecho de que, en el momento íntimo de la última instancia, Seineldin tenía razón– se funda la sociedad argentina post-76 y su continuidad sin interrupciones. Parafraseando a Margaret Thatcher, quien sobre el final de su mandato admitió que su logro más grande había sido “el nuevo laborismo”, Menem podría haberse jactado de que su logro más grande fue, a través de la represión y la sociedad de consumo, el kirchnerismo. 

¿Qué queda de la Francia de De Gaulle y de la Argentina de Carlos Menem? Muy poco o nada. Pero sí quedan sus poderosos gestos monárquicos, que deben ser repetidos. 

Esta es la verdad: a la gran mayoría del pueblo argentino no le interesa la política ni quiere involucrarse en política. No le interesa el peronismo ni el antiperonismo. De hecho, odian a ambos por igual. Los argentinos anhelan con pasión el momento en que sean dejados en paz, en que nadie reclame su participación ni los chantajee moralmente con la superioridad supuestamente trascendente de sus causas. No quieren una patria grande sino un país que no les rompa las bolas.

Sin embargo, la política argentina hierve de fantasías de movilización social, participación directa, involucramiento de los agentes. Es algo que tiñe al peronismo y a La Libertad Avanza por igual: la sociedad siempre movilizada y militante, la hiper neurotización frente a amenazas apremiantes, el tono escandaloso de los medios, etc. Este es un síntoma de la crisis profunda de la elites políticas argentinas y un signo del colapso de la figura del Amo, algo que venimos arrastrando desde 1955. 

En su libro de diálogos con Alain Badiou sobre Lacan, Elisabeth Roudinesco señalaba que esta crisis de elites bloquea la capacidad de los individuos de convertirse en agentes realmente políticos dentro del sistema democrático. “La posición del Amo habilita el mecanismo de transferencia freudiano: el psicoanalista se supone que ‘ya sabe’ lo que el analizado va a descubrir más tarde. Sin este conocimiento atribuido, la búsqueda por el origen del sufrimiento es casi imposible”. El Amo es el que ayuda al individuo a convertirse en un sujeto, y el que permite convertirse a un grupo de personas en un Pueblo. Steve Jobs fue freudiano cuando dijo que “es imposible diseñar productos a través de focus groups. La mayoría de las veces la gente no sabe lo que quiere hasta que se lo mostrás. Lo que hacemos es entender lo que nosotros queremos y luego diseñarlo.” Esta es la forma en que actúa un verdadero Amo: su poder deriva de la fidelidad a su propio deseo, no de su corrección a través de la ortopedia de la opinión pública. 

Cuando el Amo desaparece es reemplazado por pequeños jefes locales que portan verdades parciales y subvierten este principio. Estos pequeños jefes, frente al astillamiento de la hegemonía, ejercen un tipo de autoritarismo más represivo que deriva en formas parroquiales de verticalismo e interrumpe el proceso de libre demandas y discusión, aún tras la apariencia de una mayor “descentralización” del discurso y del poder. Por eso es que más adelante, en el mismo diálogo, Baudiou afirma que “la función capital de un Amo no es compatible con la cultura ‘democrática’ predominante”. La paradoja suprema de la política es que el Amo es necesario para que los individuos alcancen una genuina politización, que se entiende como una participación sin esfuerzo y orgánica (lo contrario a una reacción neurótica frente a constantes señales de alarma). Milei, al reproducir la dinámica del populismo de forma tan nítida y al delegar la construcción política en su hermana ha fallado en erigirse como verdadero Amo. Tuvo un momento inicial, es cierto. Cuando el pueblo argentino escuchó por primera vez sus propuestas heterodoxas inmediatamente supo que eso era lo que quería: estabilidad económica pero también cortar los planes sociales y los subsidios, abandonar el discurso feminista, reprimir el delito y la protesta social, olvidarse de la dictadura y de los derechos humanos, cerrar el Congreso, etc. En ese instante hubo un momento de verdadera naturaleza política. Al escucharlo se reconocieron a sí mismos. Sin embargo, con el correr de los meses, ese proyecto posible parece quedar cada vez más fracturado.

Disclaimer. Contenido libre de financiación del Departamento de Estado.
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