Terminó el 2025 y el verano se recalienta con el aroma a putrefacción de nuestras esperanzas, mezclado con el olor a miedo, fastidio y resignación de la clase media empobrecida que todavía se aferra a sus identidades históricas. Pero pese a la importación descontrolada, al cierre de industrias deficitarias y al humo luminoso sobre Caracas festejado en nuestro Obelisco, todavía se produce algo en Argentina además de candidaturas fantasma, streamings de realpolitik, análisis geopolíticos de café e interpretaciones de Rosalía. Me voy a referir a dos novelas premiadas que creo que dicen o intentan decir algo de aquello sobre lo que muchos nos vimos fuertemente impulsados a pensar desde que gobierna Milei. Esa misma inquietud que lleva a algunos a discusiones onto-teológicas sobre el peronismo entendido como el alfa y el omega de la identidad y de la diferencia nacional, y que lleva a otros a escribir prosa literaria.
Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores de Roberto Chuit Roganovich y El contrabando ejemplar de Pablo Maurette son dos de las novelas más interesantes de 2025. La primera ganó el premio Clarín y fue publicada por Alfaguara, y la segunda el premio Herralde y salió en Anagrama. ¿Por qué leerlas juntas? Son dos novelas ambiciosas, no muy breves y con cierta pretensión totalizante que es parte de su atractivo. Por otro lado, sus asuntos son muy distintos. La novela de Roganovich narra la interacción entre humanos y una planta gigante con poderes misteriosos (denominada “bionte” en la sección más científica de la novela) que aparece en momentos y lugares específicos para luego retirarse. Las tres principales apariciones que narra están relacionadas con nuestro país: una durante la conquista, protagonizada por indios y españoles, otra con la campaña del desierto (narrada por un diplomático argentino desde la Londres victoriana), y finalmente otra en el contexto de la segunda guerra mundial (narrada por un científico japonés enviado a investigar en nuestras tierras). También hay una cuarta manifestación, bastante más enigmática, que transcurre en el futuro. La novela de Maurette se centra en el deseo del protagonista, Pablo, de ganar fama literaria, para lo que decide robar y terminar el manuscrito de la novela inconclusa de su “tío” Eduardo (en rigor un amigo de su padre), manuscrito que a su vez tenía como núcleo un episodio supuestamente ocurrido entre la segunda fundación de Buenos Aires y la creación del Virreinato del Río de la Plata. Se trata del nacimiento monstruoso de un bebé de tres cabezas, hijo de un español y una mujer indígena, que al morir habría sido depositado por los querandíes en la plaza de la Catedral de Buenos Aires para condenar a los españoles y sus descendientes criollos al fracaso perpetuo del que la Argentina de 2025 es un obvio testimonio.
No se trata, entonces, de dos novelas “sobre la Argentina”, ni siquiera de dos alegorías nacionales. Lo que las vuelve comparables es otra cosa: ambas ensayan una respuesta literaria a la sensación contemporánea de estancamiento, exceso y agotamiento de sentido, aunque lo hagan desde operaciones formales e imaginarias bastante distintas. En otras palabras, que no sean alegorías o novelas “realistas” en un sentido lukácsiano no implica que renuncien a pensar totalidades. Al contrario: ambas novelas proyectan una imagen de conjunto que, aunque no se formule en clave identitaria explícita, vuelve inevitable la pregunta por el lugar singular que ocupa este territorio en la historia.
En el caso de El contrabando ejemplar, un buen punto de partida es el tópico del excepcionalismo argentino, que ha dado de comer a muchos y que sigue apareciendo en el debate público, ya sea en relación con nuestro fútbol, economía o con la pregunta que se hacía Fabio Alberti en Todo x 2 pesos al finalizar cada episodio: “¿Qué nos pasa a los argentinos? ¿Estamos locos?”. Tenemos los cuatro climas, recursos naturales, una población relativamente educada, y aun así… La respuesta a este, digamos, “interrogante”, no tiene nada de original en el texto de Maurette. Lo que domina la Argentina es una combinación triple de cipayismo (el narrador, Pablo, declara haber creído que las Malvinas son inglesas, y el autor, Maurette, vive fuera del país hace rato), contrabandismo (la facilidad con la que el argentino esquiva las normas, justificada en su origen por las restricciones ilógicas al comercio en el Río de la Plata pero que se proyecta hasta la fascinación de Borges con el plagio) y violencia (el exterminio de los querandíes, entre otras cosas). El debate peronismo-antiperonismo, presentado de una forma tan explícita como banal en la novela, no es más que un epifenómeno de estas tres maldiciones clasemedieras y canónicas, evidentemente afines al imaginario de los jurados del premio Herralde.
La pregunta por lo argentino no está ausente del libro de Roganovich, pero ciertamente no aparece con este nivel de explicitación obsesiva. En principio, no hay nada de “argentino” en el bionte, cuyas apariciones pueden darse en cualquier lugar del globo, asociadas con sucesos vagamente catastróficos. La primera vez que aparece el nombre de nuestro país en el texto es cuando el narrador del período victoriano narra el acuerdo para la construcción de la primera embajada inglesa. ¿Podría ser entonces que la Argentina no sea más que un territorio, un espacio fértil tanto para la explotación colonial como para la exploración espiritual de los pueblos originarios y la germinación de hongos gigantes con consciencia?
Pese a que hay una dosis de hippismo ecofriendly en Si sintieras bajo los pies… leer la novela como un manifiesto decrecionista me parece extremadamente superficial, ya que eso implicaría dejar de lado el hecho de que la novela de Roganovich de hecho produce, mientras que la de Maurette, en cambio, solo reproduce. Esta producción no se manifiesta en un canto a la modernización económica, a la industrialización comandada por el Estado o a una fantasía tecnoaceleracionista (todos ideologemas algo lejanos de lo que entiendo de la posición política de Roganovich) sino en la dimensión misma de la forma y el contenido, el estilo y la imaginación. Las “estructuras mayores” que podríamos llegar a sentir bajo nuestros pies no son ni la causa ni la consecuencia de una discusión pelotuda entre tío y sobrino sobre los méritos del General Perón: la idea es que hay algo más profundo, oscuro e incomprensible. No puede ser todo tan banal. No hay solo economistas y streamers: tiene que haber algo más en este suelo, algo lo suficientemente grande y misterioso como para escapar las clasificaciones de nicho a las que nuestro presente es tan afecto.
El contrabando ejemplar puede leerse como una ejemplificación de su propio contrabandeo. Se trata de construir una imagen de la decadencia argentina que sea lo suficientemente humorística y auto-condenatoria como para esquivar cualquier acusación de imprecisión político-ideológica y lo suficientemente cargada de tragicidad, violencia y referencias literarias como para poder ganar premios y venderse en el extranjero. El narrador llega a declarar explícitamente su obsesión por hacerse famoso, y por más amplitud narrativa que pueda tener la infinidad de episodios menores que pueblan la novela, el punto de referencia siempre es el narcisismo. La conclusión quizás buscada es que más que cipayo, tránsfuga y asesino/violador de indios, el argentino es antes que nada bastante pelotudo.
En una de las discusiones entre tío y sobrino, el narrador alude a la Radiografía de la pampa, publicado en otro momento de derrumbe de expectativas históricas. Allí, Martínez Estrada pensaba la pampa no como un simple paisaje ni como una promesa incumplida, sino como una fuerza de exceso, una desmesura espacial y simbólica que disolvía la posibilidad misma de un proyecto histórico sostenido. La civilización argentina aparecía así como una cáscara frágil (una seudoestructura) flotando sobre una realidad telúrica que no se deja dominar ni organizar, y que tiende una y otra vez a desarmar las ficciones de progreso que se le superponen.
Leída desde esa tradición, la diferencia entre Maurette y Roganovich se vuelve más nítida. El contrabando ejemplar parece resignarse a narrar indefinidamente ese vacío diagnosticado por Martínez Estrada: la repetición del mito, la cebolla sin centro, la proliferación de relatos que giran alrededor de una falta que ya aceptó que no se puede más que llenar de palabras. Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores, en cambio, ensaya una hipótesis más ambigua y riesgosa: que ese exceso pueda adoptar una forma distinta, no ya como pura desposesión o ilusión, sino como una estructura activa, opaca, no humana, que reorganiza el mundo desde abajo. La pregunta que queda abierta, casi un siglo después, es inquietantemente similar a la de Martínez Estrada: si ese exceso que nos excede constituye una condición de posibilidad para otra historia, o si no es más que la versión contemporánea, tecnificada y sublime, de una postergación infinita de la acción histórica.
Es verdad que el ejercicio de lo sublime cuasi-lovecraftiano (o “propio del new weird”, sea lo que eso sea) de Roganovich podría parecer una respuesta fácil. Una teología apofática en la que una Pacha Mama fungosa aparece y desaparece frente a sus criaturas con un mensaje que no se revela porque, de hacerlo, sería inevitablemente tan banal como los del Capitán Planeta (“no se maten entre ustedes” o “escuchen Futurock”). El mérito de la novela está en hacer de la planta un misterio que moviliza la trama y pone a funcionar un mundo complejo y dinámico a su alrededor. Ahí hay algo que buscar, algo que entender y que no es una mera proyección del yo. Es una novela científica (una de las tramas es la de un japonés estudiando la planta), de conspiración con elementos retrofuturistas (el ambiente victoriano se presta para eso) y también una especie de prosa poética que recuerda por momentos a El entenado de Saer, sobre la interacción entre indios, naturaleza y españoles.
Es tentador traer una tercera novela a colación. La infancia del mundo, de Michel Nieva (publicada por Anagrama como la de Maurette), también abona el tópico de indios vs. cristianos, la presencia de una fuerza sublime incomprensible pero materializada en la Argentina (“la Gran Anarca”) y la tendencia al contrabando que domina nuestras tierras. Nieva, al igual que Roganovich, ha publicado libros de ensayos con una posición crítica respecto del funcionamiento del capital, aunque a diferencia de él no vive en Argentina. Maurette tampoco, cosa que no deja de recordarnos con la infinita e insoportable lista de ciudades por las que transita el narrador de El contrabando.
Más importante que eso, La infancia del mundo y Si sintieras bajo los pies… son novelas que tratan de postular un futuro y darle al pasado un sentido en relación con su advenimiento. Este advenimiento no está geográfica ni políticamente localizado y tiene el aura del ecoapocalipsis, del reino de lo Indistinto, del “fin del capitalismo” que todavía podemos imaginar que imaginamos. Maurette, en cambio, se refugia en la nostalgia, ciertamente bastante cínica, de lo que creímos que podríamos haber sido y que en realidad nunca pudimos ser. En la novela de Roganovich hay algo como un post-ser que se manifiesta incluso en el condicional subjuntivo de su título. La novela, que como cualquier obra literaria digna es una máquina sensual, tiene que transmitir esa “estructura del sentimiento” que va por caminos distintos a los de la teoría.
Tres de las temporalidades de esta novela son manifestaciones de una suerte de mirada imperial, aunque con ángulos y recursos diferentes. El visionado de la reina Isabel sobre sus nuevas tierras está, más que ningún otro, basado en la sensibilidad. Se percibe claramente en el inicio de la novela: “Escucharías un ruido tan enorme que creerías que el mundo está por abrirse al medio. Es más grande que todas las tormentas que jamás hayas escuchado y te llevaría al pavor.” La mirada desde el Imperio británico aparece asociada con la lógica del secreto, la conspiración, y la geopolítica. La mirada desde el decadente imperio japonés del narrador de 1945 es nostálgica y derrotista, y es la única que incluye una historia de amor más o menos convencional. Los imperios y sus súbditos se quedan mayormente perplejos, queriendo aprehender y eventualmente dominar un fenómeno que los excede.
En principio, no hay motivos para pensar que ese fenómeno del exceso sea en sí La Maldición Argentina. Hay otra respuesta más afín a lo que el texto nos ofrece y que, de nuevo, va en un sentido diferente al decrecionismo indigenista con el que coquetea tecnología. De forma más o menos explícita el bionte es una supercomputadora (o una red de procesamiento distribuido con blockchain). El narrador del siglo XIX la compara con “una red neuronal” por su capacidad infinita de procesamiento de la información. He ahí otra lectura que la novela de Roganovich (y un poco la de Nieva) favorece: ese otro inconmensurable y total es en última instancia una metáfora del sublime tecnológico, la “singularidad”. La única forma de acercarse productivamente a él es mediante una mezcla de veneración, religión, magia y saberes ancestrales que los indios americanos habrían alcanzado a percibir y que resulta difícil de asimilar para el hombre occidental, aunque quizás no imposible.
En El contrabando ejemplar, al contrario, la tecnología está notablemente ausente. La experiencia del estancamiento argentino en sus diferentes manifestaciones empíricas no estaría relacionada con una incapacidad o maldición técnico-científica. La novela de Maurette parece escrita para un mundo pre-algorítmico, incluso en las escenas que transcurren en el presente, salvo por una o dos menciones marginales a Facebook y audios de WhatsApp. La nostalgia siempre gana.
Una y otra vez Maurette nos muestra que no hay nada para saber, que en el centro de la cebolla no hay más que otras capas de relatos, ficciones, plagios y repeticiones disfrazadas. La novela, que (como dice el narrador) se esparce como un charco de pis, lo pone en evidencia en su misma falta de estructura. Podría seguir 100 páginas más o terminar 100 páginas antes. Maurette se contrae y expande por una logorrea que solo se señala a sí misma. El relato de la decadencia argentina puede narrarse en cincuenta tomos o en un grano de arroz, porque solo habla de sí mismo. En cambio, Si sintieras bajo los pies… se expande y se contrae alrededor del bionte, cuyo tamaño es igualmente flexible, pero que es siempre infinitamente otro.
Entre el humanismo que todavía cree en la historia y la fascinación por lo no humano que la suspende, esta última novela oscila sin decidir del todo si el exceso es una promesa de emancipación o una forma elegante de renuncia, un agenciamiento no humano que desarma la historicidad y deja la política totalmente al margen. La historia toma la forma de un advenimiento misterioso, como sucede también en la primera novela de Roganovich, Quiebra el álamo, en la que el contraste entre lo cotidiano (un pueblo en el que es posible suponer elementos autobiográficos del autor) y lo sobrenatural es mucho más agudo.
Hay algo innegablemente atractivo en estos advenimientos porque, a diferencia de lo que suele pasar en los cuentos de Mariana Enríquez (o en la novela de Lamberti, Para hechizar un cazador, que había ganado la edición anterior del premio Clarín), no están morfológicamente atados a una violencia originada en los episodios más sonados de la historia nacional. Incluso el genocidio de la campaña del desierto aparece en una serie más amplia y no aporta un diferencial particular a la cuestión. El bionte no es un monstruo de la dictadura ni una consecuencia del neoliberalismo o los agrotóxicos.
¿Qué podemos leer hoy, y que será leído de la Argentina de estos últimos 10/12 años de estancamiento decadente en las novelas de Maurette y Roganovich? Una respuesta posible sería decir que estamos atrapados en sistemas de validación foráneos con una mirada extractivista / imperialista en la que solo somos un suelo en el que la (post)historia puede o no hacer su irrupción. Mientras no lo haga de forma consistente, podemos seguir cazando nuestra propia cola, o retomando la metáfora de Maurette, oliendo nuestro propio pis. Pero no creo que esto sea justo con la novela de Roganovich, que más bien apunta hacia abajo de la superficie para decirnos que están pasando cosas aunque no encontremos todavía la forma de sentir / saber qué hacer con ellas. Hay algo vivo bajo el suelo argentino y su pertenencia no está sobredeterminada por la historia previa.
Último punto. La novela de Maurette es prosaica hasta el paroxismo y no esquiva ninguna banalidad. La novela de Roganovich pone la prosa poética al principio (los episodios del siglo XVI) y al final (el futuro incierto). Cualquier escritor argentino contemporáneo, quiéralo o no, tiene que lidiar con los extremos de la imaginación pública del mileísmo: entre su exceso colorinche, maximalista, guepardesco, inundado de memes con IA, y un discurso que es puro reduccionismo económico, fórmulas y sentencias que explican toda la cultura, el arte y la vida como una relación costo-beneficio. Con todas sus diferencias, las apuestas de Maurette y Roganovich son legibles como excesos artísticos (son novelas largas, muy escritas, poco editadas), es decir, alguna forma de gasto no contabilizable en Excel. En ambas existe el misterio de lo subterráneo (el cadáver de un mestizo deforme, una planta mutante), pero mientras que en un caso este misterio se agota a sí mismo en su revelarse como contrabando, en el otro todavía aspira a la dignidad que otorga la resistencia de lo Real. ///// DB



