I
Antes del Coronavirus, antes de que Barack Obama ganase el Nobel de la Paz, antes de haber perdido a Loan, incluso antes de que la figura de Maradona haya sido convertida en una merienda Pokemon o de tenerle miedo al dengue, allá por los gloriosos finales de la década atesorada, los noventas, el concepto de “sociedad del riesgo” se puso de moda en las ciencias sociales. Ulrich Beck -sociólogo alemán, profesor de la Ludwig-Maximilians-Universität de Múnich- había publicado en 1986 su libro Risikogesellschaft: Auf dem Weg in eine andere Moderne, editado más tarde en Argentina por Amorrortu bajo el más amigable título de “La sociedad del riesgo”. La idea prendió pero no con tanta alharaca como había prendido el neoliberalismo de Foucault, e hizo la plancha en el sentido común de los sociólogos durante varias décadas, vagando en programas académicos de sociología urbana, de sociología de la cultura y de teorías de la contemporaneidad.
En ese libro, Beck no hablaba de catástrofes lejanas sino de algo más inquietante: la normalización del riesgo como textura cotidiana, la forma en que la vida moderna convierte la inseguridad, la contingencia y la exposición en un modo casi natural de estar en el mundo. Lo notable es que esa idea, que en su momento parecía abstracta o exagerada, hoy se volvió tan obvia que dejó de mencionarse. Esa normalización del riesgo es el punto en el que quisiera apoyarme para pensar uno de los vaporosos hechos culturales sobre los que me gusta teorizar: el streaming. Y en particular, esa especie nativa conocida popularmente como streaming peronista.
II
Así como la televisión encarnó la producción en serie del capitalismo industrial o internet encarnó el fin del bloque soviético y junto a él de la historia tal como la entendía la cultura libresca, el streaming, es decir la transmisión en vivo de diferentes audiciones en las cuales el comunicador o los comunicadores, con bajos niveles de profesionalismo, prenden la cámara y dejan que sus audiencias comenten lo que dicen, es el formato audiovisual que encarna a la sociedad del riesgo. Porque la verdad del streaming es que, a diferencia de lo que sucede en el vivo televisivo, en sus transmisiones no existe red de protección alguna ante la falla. Sin demasiada producción y sin control del bullying de las audiencias, el streamer, gladiador romano de la era de la sertralina, vive de balancearse en la cornisa del ridículo. Por eso el streaming se alimenta del morbo y alimenta a una vida cotidiana donde el morbo se convierte en una droga legal que viene adherida al scrolleo.
A diferencia de la televisión, que además de entretener informaba, o de la radio, que estaba conectada a exteriores en forma permanente y siempre simulaba hablarle a toda la sociedad, la gracia del streaming es que de entrada acepta que no tiene nada nuevo ni exterior al mismo streaming que aportar, y que es un producto de nicho, pensado para flujos antes que para escuchas o televidentes. El flujo es volátil, participa, está súper ideologizado -en el caso del streaming, la confirmación ideológica hace compañía en ambientes hostiles, sea la soledad del monoambiente o de la multitudinaria oficina- y, principalmente, jamás cambia de opinión. Es una porción de la sociedad, una audiencia fantasma que está estancada, mareada y medicada, pero que aún participa de algunos retazos del pacto de la modernidad. Quizás los flujos de hipsters treintones o de cuarentones melancólicos que aún mira streamings (dicen que no superan al medio millón en todo el país) sean la última generación que haya participado de las instituciones del siglo XX, y lo sabemos. O al menos lo sospechamos con fiereza.
Pero las diferencias no se agotan ahí. El streaming interpreta. En esa interpretación, el streamer realiza un acting de que piensa junto a su audiencia. Pero su audiencia lo mira porque justamente no quiere pensar, y delega el pensamiento en el streamer. Este malentendido es lo mismo que sucedió históricamente con todas las formas de entretenimiento popular, lo que es muy sano: las personas delegan el pensar por un rato, y lo retoman en su intimidad. Pero, como dijimos, mientras que la televisión tenía una conexión con el afuera, el streaming es una burbuja que se cierra en si misma. Por eso, mientras la televisión abusa cada vez más de los falsos “urgentes” para subrayar su ya moribundo deseo de universalidad, su diálogo con la supuesta realidad, el streamer se encierra cada vez más en su ecosistema. Y por eso el producto más genuino del streaming es el programa de streamers hablando con streamers sobre el streaming y sólo para ser clipeados.
Esa es la esencia del streaming. Después, por supuesto que existen monotributistas de la televisión o del periodismo que participan de transmisiones en vivo, pero no hacen streaming, participan de un negocio (el de las operaciones políticas disfrazadas de chismes, el del progresismo opositor, el de las doñas rosas hipsters, hay varios géneros) que tiene en internet otra boca de expendio. Su “fama” precede al streaming. Por eso “Duka” es un streamer y Jorge Rial es una celebrity del periodismo. Entre ellos dos puede encontrarse toda la pantonera del cotolengo streamer. De hecho, uno ve esos afiches retocados con IA donde conviven famosos desconocidos para mí con periodistas de nicho, siempre en patota, siempre con cara de picantes, como un equipo de Avengers empilchados en Macowens, y puede tener la certeza de que justamente en esos programas no va a pasar absolutamente nada, ninguna otra cosa que interpretaciones. El simulacro glorioso y fatal de lo que antes se entendía como comunicación social. La depuración perfecta y tóxica de la avidez de novedades.
III
El streaming es el Frankenstein que creó la Ley de Medios, incluso después de su fracaso. Lo dije: no consumo demasiados streamings porque soy un hombre viejo y vencido de la cultura del siglo XX, o simplemente porque prefiero leer o mirar documentales todavía más viejos que yo. Pero a veces, cuando un tema me interesa, los busco. Y los consumo aunque sepa de antemano que van a hablar de un mundo al que no pertenezco con un tono que no me interpela. Que el streaming no sea un producto diseñado para mí no significa que no pueda valorar el esfuerzo de muchos streamers por realizar una pedagogía de nichos. Sinceramente me parece saludable que esto pase y valoro en especial, como en todo artista, el carácter sacrificial del streamer. Cuanto menos gente hay en un streaming más me interesa, cuanto menos se protegen del ridículo entre sí mejor es. Bien mirada, su estructura formal maridaría perfecto con la tradición literaria que me educó ética y estéticamente, en la cual no importaba si un libro era una verga o no, ni si el que lo había escrito era un santo o un banquero, sino si tenía “riesgo” literario. Los buenos streamers tienen “riesgo” y además son sobrevivientes del “riesgo” y lucen ligeramente perturbados. Son los titanes del “riesgo”: se arriesgan permanentemente al ridículo, y se arriesgan en la máquina trituradora de neuronas que es tener que ser frescos ante una cámara, ante un flujo ideologizado, con una cierta frecuencia. Y, en general, salen airosos. Por eso, repito, los admiro con franqueza. Además, si no salen airosos, tienen a sus Pierre Menards que los mejoran con sus clips. Porque todos sabemos que el clipero es el director de cine contemporáneo, y el streaming es su materia prima.
IV
Esto me lleva a profundizar en las virtudes del peronismo streamer, un poco impulsado por la pobreza de las críticas que reciben. Voy a hacer otra de mis comparaciones. Si los políticos profesionales del peronismo son la Iglesia Católica, el streaming es el evangelismo peronista. Que los streamers peronistas, en un gesto derrotado y por eso genuino, aburran un poco con su reivindicación de la tradición, Rosas, el Papa, Cristina, el Ministerio de la Mujer, la familia, el pleno empleo, las regulaciones y la industrialización sin sujeto social capaz de llevarla a cabo habla más de sus distorsiones cognitivas -todos las tenemos- que de sus prácticas, que son lo que siempre se debe mirar. Porque los streamers peronistas son todo lo contrario a la línea oficial del peronismo, pero aún así conservan algunas de sus vigorosas tradiciones. Dando un pequeño salto, podríamos decir que mantienen con el peronismo oficial una relación análoga a la que el Frente Grande mantenía con el menemismo. Lo cierto es que más allá de sus obvias continuidades el peronismo streamer mantiene un espíritu que es lo opuesto al Peronismo Oficial, a la Santa Iglesia Peronista Romana de dirigentes institucionalistas incapaces de superar sus internas, sus yeites y sus formas vetustas de mirar el mundo.
¿Por qué lo contrario? Porque tienen deseo. Porque son, en general y de formas poco usuales, una expresión de lo social. Porque se exponen al ridículo. Porque arman comunidad. Porque quieren pensar a su tiempo y profetizar en base a la reflexión. Porque escuchan a su público, al cual construyeron de la nada, a pura interpretación, y no desde cargos estatales o conchabos con el periodismo. Porque incluso pueden estar obsesionados con el Imperio Austral (whatever that means). Porque aunque poco y mal algo leen (incluso algunos escriben). Porque inventaron algo. Porque van a buscar a sus feligreses de a uno, en rituales precarios y ligeramente festivos, como pastores evangélicos que se arman su iglesia en una casilla abandonada, en un local sin ventanas o en un viejo cine alquilado por un turbio mecenas. Y porque no tienen ningún pudor en querer lucrar, sangre la billetera que sangre. Y aún así, sin una doctrina clara, con una fe titubeante que los llena de sobreentendidos, reversionando al periodismo de la tele con diversos niveles de suerte, sin preguntarle a sus fieles qué les duele sino queriendo explicarles porqué les duele, van para adelante con su ritual. El algoritmo los canibaliza un poco y otro poco difunde una palabra que jamás es clara, que está lejos de ser de esperanza, pero que es perseverante y tenaz.
¿Y por qué en continuidad? Porque no creen en el debate. En el fondo el debate los aburre. Ni siquiera tienen herramientas para dar un debate. Pero no importa eso. El peronismo no es un movimiento que proponga debates, de hecho sus mejores épocas fueron cuando hubo internas sangrientas y no “debate”, cuando hubo liderazgo y no lucha por ravioles y por lapiceras. La perfo de los streamers es un simulacro del debate y por eso es brillante y riesgosa: llevan gente para decir lo que ellos piensan o para conceder a su línea editorial o llevan gente que les paga por estar en sus programas (sacerdotes de la Iglesia Oficial). Libres del rating y de los anunciantes de la vetusta pero aún vigente televisión, los streamers son un movimiento: la cultura independiente en su máxima expresión, en el exacto momento en el que se vuelve el credo evangélico de una sentimentalidad política en hibernación. Creen en la propaganda. Se entrenan en público como cuadros políticos. Cada paso en falso, cada escarnio en tuiter, les agranda el aura y les disminuye el público: esa es su trágica paradoja de montoneros del 5G. Uno podría sospechar que sus ideas son laxas a propósito, menos por pereza intelectual que por método político: en la Argentina libertaria se permiten tantas interpretaciones del peronismo como programas de streaming existen, siempre que porten cierta quejosa solemnidad.
Otra cosa por la que creo que los streamings peronistas son necesarios para la cultura política y si no existieran habría que inventarlos es que llaman a profetas desharrapados de los márgenes de las instituciones para que cuenten sus experiencias místicas de la política, la gestión, la historia y el peronismo. Lo hacen para tirar agua hacia su molino, es cierto, los que terminan ganando siempre son ellos, es cierto, porque los llevan a lo que en el fondo es un conversatorio permanente sobre ellos mismos. Pero con esa simple treta fidelizan a los filósofos trashumantes y a los especialistas o ex funcionarios arltianos que los visitan, y les dan una oportunidad de hacer su gracia, de sentirse vivos. El invitado, ilusionado con el clip, va y dice sus cosas, pero -a menos que sea otro streamer– siempre queda un poco vacío, un poco idiota, mal exprimido, como un limón al que le mastican las semillas y le dejan buena parte del jugo. Lo que a mi me entusiasma es que, voluntariamente o no, tensionan a la doxa, a la Iglesia Peronista Oficial, aunque luego por detrás negocien sus paritarias en la mejor tradición del sindicalismo peronista, sin sacar los pies del plato. El peronismo streamer es una liga de pastores evangélicos subsidiados por la Iglesia Católica. Me parece una idea genial. Me parece una idea peronista. ¿Reemplazan al trabajo territorial? Claro que no. Son un insumo y un destino para el trabajo territorial.
V
Por eso el streaming peronista funciona y el streaming libertario no funciona: el libertario son los mismos tics que el streaming peronista pero ejecutados por tipos que no tienen ninguna pregunta, que no se arriesgan, que sólo atacan. Un bodrio total: el gordo Dan es (era) tan bueno tuiteando para asustar viejas como es de malo en cámara. El gordo Dan es un comisario de arte, es el Lukacs del mileísmo extraviado, no es un pastor. Arrancó su streaming con poder, es inviable. Los streamers peronistas son otra cosa. Son versiones mini de Joe Rogan, que casi lo inventó. Son derviches de la desorientación y el desconsuelo. Curiosos con agenda de hierro. Rappitenderos de la militancia oracular. Y aunque la revindican porque por lo general vienen de ahí, los streamers peronistas construyen su propia versión: un cuentapropismo de la política donde la unidad básica es una motito más, algo que el pastor evangélico cuenta como activo más que como destino. A mí me parece honesto que lo hagan, y todavía más honesto que lo digan. Son los que resisten a que el peronismo se transforme en el PRI. Lo hacen a fuerza de transfusiones de sangre con aroma a Centro Cultural.
Acaso son el futuro porque son el presente, y viceversa. Más allá de lo que digan, hagan o piensen, su profecía es un peronismo atomizado y rapaz, disperso en la sociedad. Un peronismo de la sociedad del ocio donde cada argentino no es un militante sino un streamer, un curioso, un clown. Una patria de streamers con una asignación universal cuyo bruto semanal y sus paritarias se tasan en likes, en shares, en clips letales, en contratos con el concejo deliberante de Tero Violado, en turismo streamer hacia el fin de la noche, en tickets cortados en las puertas del Parakultural Arena. Son mucho más meritócratas, frescos y genuinos que los macristas financiados por Macri, por una ONG, por ambos. Son peronistas. Los banco por eso aunque sus ideas sobre la cultura argentina a veces tengan el espesor de la voluta del porro que fuman mientras con una mano miran animé y con la otra descubren una psyop. Los admiro porque ellos mismos son el tecnoperonismo de las views, comunitario y al mismo tiempo narcisista, cristiano e híper mercantilizado, pedagógico y lumpen, post estatal, para institucional, paranoide y naif a la vez, solemne y camp en la misma jarra loca de ansiedad donde todos apretamos los dientes mientras esperamos un milagro a nuestra medida. ///// DB



