
En La carne, David Szalay (Montreal, 1974) cuenta las aventuras de István, un hombre de pocas palabras y aún menos determinación al que le pasan muchas cosas. El primer acto de la novela transcurre en la Hungría postcomunista, cuando István es adolescente y vive con su madre en un monoblock. La existencia gris de nuestro héroe se interrumpe cuando lo seduce la vecina de enfrente, una mujer madura y sexualmente intrépida por la que István siente más rechazo que otra cosa y de la que termina enamorándose. No sin antes iniciar al muchacho en una amplia variedad de prácticas, finalmente la vecina decide dar el affaire por terminado. Esto desata una tragedia que lleva a István a pasar lo que queda de su adolescencia en un reformatorio y, un tiempo después de salir, a enrolarse en el ejército.
La trama avanza de a saltos, en ocasiones de años. Es así que nos enteramos de que István peleó en Irak, regresó como héroe de guerra con estrés postraumático y terminó como portero en un cabaret del Soho. Luego de una serie de episodios eróticos y financieros más bien ominosos, se afirma en el epicentro de la clase alta londinense. Llegados a este punto, la novela se ameseta. El estilo minimalista, casi telegráfico del narrador, pierde algo de gracia en un ambiente doméstico y de confort, donde el sexo y la violencia pierden protagonismo frente a las pequeñas miserias cotidianas. De cualquier forma, Szalay no se queda sin nafta y compensa con un par de volantazos dramáticos que sostienen hasta el final el pulso de la historia.
La carne ganó el Booker Prize for Fiction 2025, es decir que cuenta con el sello de aprobación para ocupar la mesa de novedades de todas las librerías de Occidente, al menos durante un par de meses. Aun así, el premio (que tuvo a Sarah Jessica Parker entre el jurado) no estuvo exento de alguna que otra polémica. Para empezar, no hay pedagogía en La carne, no hay injusticias que denunciar ni oprimidos que reivindicar. Ni siquiera hay indicios de que los superricos sean especialmente miserables (todos sus personajes lo son). Como si eso fuera poco, Szalay demanda un lector activo. No es mucho lo que pide, apenas llenar los espacios en blanco que dejan las elipsis.
Hay otra objeción, todavía más absurda: que la novela es “una copia” de Barry Lyndon, la película de Stanley Kubrick (basada, a su vez, en la novela The Luck of Barry Lyndon, publicada en 1844 por William Thackeray). Esa indignación resume una divisoria estética, incluso moral, entre una idea romántica de la originalidad y la literatura entendida como reescritura. ¿A quién podría molestarle un artefacto literario que actualiza la trama de una de las mejores películas de la historia, cambiando el virtuosismo del original por un minimalismo cínico e hipersexualizado? A Sarah Jessica Parker seguro que no.
Pero volvamos al libro. La prosa de Szalay es un staccato árido y apático que funciona como prolongación de la vida interior de sus personajes. Una interioridad somática, fría, sometida al dictado de la fisiología y las pulsiones. Por eso el amor, la ambición y la violencia se narran desde la exterioridad inmediata de los actos más mundanos. En definitiva, La carne es una novela de acción. Tiene, sin embargo, sus anomalías, momentos puntuales en los que el narrador vacila y se entrega al psicologismo, arrebatos en los que István reflexiona sobre los traumas que apuntalan su vida o sobre la naturaleza del amor que siente por su mujer.
Esos quiebres con el estilo contenido del resto de la novela pueden incomodar la analidad de los puristas de las formas. Desde ya que no se trata de un descuido del autor ni de una desatención de los editores. Lo que esos desvíos muestran es que incluso un “simple” como István es capaz de momentos de introspección verdadera, acaso más valiosos por su escasez. No, La carne no es una novela sobre la masculinidad tóxica, ni una denuncia edulcorada sobre las injusticias del capitalismo financiero. Es la transliteración de la interioridad somática de un tipo al que las cosas le pasan. Es, finalmente, la dramatización de una neurosis contemporánea. Tal vez sea eso lo que incomoda a los lectores indignados con un premio literario: la sospecha de que nadie puede estar seguro de no ser, como István, una marioneta arrastrada por el curso de los acontecimientos. ///// DB



