
Hace diez años, cuando la obra de Slavoj Žižek ya era frondosa y había atravesado lo mejor y lo peor de su prolongada condición de “best seller mundial de la filosofía”, incluyendo varias películas documentales, polémicas múltiples y un casamiento (y un divorcio) con una modelo argentina ―en conjunto, lo que ahora se llamaría su prime―, escribí en la revista de culto Paco que la razón para prestarle atención a Žižek era una idea central que su voz lograba pensar con especial habilidad y de un modo comprensible para casi cualquiera. La idea era la siguiente: muchas veces nos sentimos libres, simplemente, porque carecemos del lenguaje para expresar nuestra falta de libertad.
Diez años más tarde, recuperado de una parálisis facial, convertido en meme y con otros veintiséis libros en su haber, Žižek sigue ahí con sus tics, discutiendo, escribiendo y haciendo películas ―la última se llama The Pervert’s Guide to Utopias y se presentó en Venecia hace días―, aunque rodeado de una nueva generación de aspirantes a la categoría de pensadores mundiales que intentan dejar atrás los divertidos vericuetos del psicoanálisis lacaniano, la dialéctica hegeliana y la reivindicación teórico-práctica del marxismo para navegar hacia las cálidas aguas del esoterismo tecnológico, en favor o en contra de la crítica al tecnofeudalismo, aunque en el fondo resulte muy evidente que no tienen mucho que agregar a lo que Martin Heidegger dijo hace un siglo.
Ahora bien, durante décadas Žižek estableció un estilo ensayístico muy reconocible e imitable ―hoy habría que decir prompteable― casi hasta la parodia, pero a la vez tan productivo para analizar eventos políticos como para diseccionar el sentido oculto de la serie de Netflix de la semana. Y, en el camino, abrió las puertas editoriales y audiovisuales para que todo diletante con talento pudiera probar su propia suerte como filósofo. Quien mejor sintetizó tal conjunción fue Mark Fisher, acerca del cual el propio Žižek escribió a propósito de Realismo capitalista un halago que, evidentemente, alude antes a Žižek que a Fisher: “¡El libro de Fisher es simplemente el mejor diagnóstico del dilema que tenemos! A través de ejemplos de la vida cotidiana y la cultura popular, nos entrega un despiadado retrato de nuestra miseria ideológica…”.
Nota rápida sobre el asunto tecnológico: Žižek también ha escrito acerca del tema, al menos desde mediados de los años noventa, cuando internet ―el espacio por excelencia donde solo se sienten libres quienes carecen del lenguaje para expresar su falta de libertad― se meditaba con las mismas fantasías y fobias que hoy se medita la Inteligencia Artificial. Quizás por eso su approach al universo digital actual resulte un tanto pasado de moda, sobre todo si se lo compara con el catecismo ñoño de los revendedores de pavor humanista frente a Silicon Valley o con el aseverativo cinismo de los talmidim que publicitan la tecnocracia de la llamada Ilustración Oscura. Aun así, una página cualquiera de Hegel y el cerebro conectado, por ejemplo, probablemente tenga más sustancia intelectual e indague en más problemas que los simpáticos ditirambos onanistas de Curtis Yarvin, “el Mark Fisher de los nenazos de derecha”, como dicen mis amigos de izquierda.
Entonces, ¿por qué leer a Žižek, todavía? En principio, deberíamos asumir que, si se siguen traduciendo al español sus recopilaciones de ensayos y artículos, es porque hay, al menos, una provechosa decena de miles de personas dispuestas a seguir leyéndolo. Pero, ¿para encontrar qué? Esta fue la pregunta gracias a la cual terminé Una izquierda que se atreva a decir su nombre, la última traducción en Anagrama de un libro que reúne lo que Žižek escribió seis años atrás. Sin embargo, acá es donde empieza a ponerse interesante. Un repaso del índice habla de un mundo desaparecido: #MeToo, Greta Thunberg, Bernie Sanders, Donald Trump, Syriza, Gilets Jaunes, China y Venezuela, Julian Assange y Jordan Peterson… ¿no lucen estos nombres y asuntos bastante desteñidos, incluso anacrónicos?
El Trump de este Žižek es el de la primera presidencia. ¿Sanders sigue vivo? Syriza ya no existe. Venezuela tampoco existe más. El debate con el idiota de Peterson estuvo muy bien, pero reponerlo en 2026… Sin embargo, a medida que uno empieza a leer contra la tiranía de la coyuntura ―lo cual mejora al libro solo por esto: ChatGPT no se había lanzado en 2020, así que no hay nada sobre la Inteligencia Artificial―, surgen extrañas reconfiguraciones y bucles ideológicos que les devuelven a las palabras su luz. En términos marxistas: es precisamente la obsolescencia de la capa más superficial de la superestructura coyuntural lo que vuelve visible la estructura sobre la que piensa Žižek.
Lo que Žižek ironiza sobre el “marxismo cultural” y el error de llamar así a la corrección política, “la última defensa del liberalismo burgués contra el concepto de marxismo, que desplaza la lucha de clases como contradicción principal”, ¿no podría pegarse y copiarse en cualquier discusión actual con mis amigos libertarios? Mutatis mutandi, lo mismo podría decirse acerca de la “nueva división del espacio político europeo” que, según Žižek, hace algunos años estaba reemplazando a la antigua oposición entre un partido de centro izquierda y un partido de centro derecha que se van turnando en el poder, por la oposición entre un partido liberal de centro “procapitalista y culturalmente liberal: favorable al derecho al aborto y a los derechos de los gays”, y un “movimiento populista de derechas”. ¿Acaso esto no describe el angustiante dilema doctrinario de mis amigos peronistas ante La Libertad Avanza? Yo sé la respuesta, ustedes también. Aunque el remate perverso de mi punto sería este: recordando la debacle de la socialdemocracia progresista, Žižek menciona que cuando le preguntaron a Margaret Thatcher cuál consideraba que era su mayor éxito, contestó que el Nuevo Laborismo, insinuando que incluso sus adversarios del Partido Laborista habían adoptado su política económica. Y si nosotros, ahora mismo, consideramos los halagos del esporádico candidato presidencial Daniel Hadad a Sergio Massa, ¿acaso… and so on?
Dicho esto, hay bromas y reflexiones žižekianas de incuestionada vigencia ―no hay “budistas” en Buenos Aires, pero señalarles lo lejos que el budismo auténtico está de nuestra noción habitual de la compasión por el sufrimiento de los demás sería divertido, por solo citar la respuesta de Buda que menciona Žižek: “Los demás no existen”―, y también hay pifies severos, como cuando celebra a la autoproclamada “socialista democrática” Alexandria Ocasio-Cortez como la gran promesa dispuesta a transformar al Partido Demócrata. No son menos los aciertos rotundos, como al escribir que, cuando cualquier protesta pública contra las actividades de las Fuerzas de Defensa Israelíes en Cisjordania se denuncia como una expresión de antisemitismo y se la sitúa a la altura de los defensores del Holocausto, entonces habría que afirmar que “es el Estado de Israel quien está profanando la memoria de las víctimas del Holocausto, manipulándolas con total desfachatez, instrumentalizándolas para legitimar las actuales medidas políticas”.
De hecho, Una izquierda que se atreva a decir su nombre sigue funcionando, sobre todo, por sus cuestiones delicadas, que son las que probablemente todavía desquicien igual o más que hace una década a mis amigos más conservadores, en especial a los que insisten en negar el genocidio israelí en Palestina o su “limpieza étnica” del sur del Líbano, y a los que de manera consecuente con esa maldad simulan que no existe diferencia entre lo bueno y lo malo o entre lo verdadero y lo falso, lo cual nos acerca a las batallas de Julian Assange y Wikileaks. Empecemos por los genocidas.
En algún lado, Žižek ya señaló alrededor de las (a veces) falsas percepciones de la víctima la curiosa ironía del sionismo fundamentalista actual, que como si fuera el suplemento ideológico perfecto de aquel clásico antisemitismo que veía siempre una oscura conspiración mundial judía controlando los hilos ocultos de la realidad, hoy ve una oscura conspiración mundial antijudía controlando los mismos hilos, pero en el sentido opuesto (como nos muestra muy bien el affaire Harwicz). El modo en que el lobby israelí reaccionó a la entrega del Premio Nobel de la Paz a la jueza sudafricana Navanethem “Navi” Pillay, la presidenta de la Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas que concluyó que Israel lleva adelante un genocidio en Gaza, es tan elocuente como los patéticos pedidos de Netanyahu para que se investigue a “los participantes de la película NAZA” por “su daño a los intereses políticos y de seguridad de Israel”.
Hace seis años, sin embargo, Žižek ya radiografiaba el “diabólico y obsceno pacto entre los sionistas y los auténticos racistas europeos” a partir del cual “la sagrada memoria del Holocausto se movilizaba para legitimar a los políticos corruptos actuales en el apartheid que se practica contra los palestinos”, un asunto sin dudas sensible, pero que cuando termine de aclararse ―y no quiero alarmar a mis amigos sionistas, pero todo indica que las cosas, desde ahora, solo van a aclararse más y más― permitirá apreciar en su justa verdad otra gran cita žižekiana, tomada de un libro de Ruth Klüger ―aunque todo lector de Primo Levi podría reconocer el punto en Si esto es un hombre―, acerca del judío húngaro que aun si había sobrevivido a Auschwitz “maldecía a los árabes y los despreciaba sin ninguna contemplación”.
La idea, por supuesto, es que el horror de Auschwitz no lo convierte precisamente en un lugar que purifique a sus sobrevivientes, convirtiéndolos en sujetos éticamente sensibles que se desembarazan de todos sus mezquinos intereses egoístas. “Por el contrario, parte del horror de Auschwitz procede de la deshumanización de muchas de sus víctimas, a las que transformó en sobrevivientes crueles e insensibles, imposibilitados para ejercer un juicio ético equilibrado”. ¿Podría decirse que es a esta sección perversa de la experiencia del Holocausto hacia la que apunta el actual usufructo sionista? Las más de 75.000 personas asesinadas en Palestina por Israel parecen indicar que sí.
Respecto a Assange, en cambio, Una izquierda que se atreva a decir su nombre parece haberse beneficiado mejor del buen timing: después de su liberación y del silencio, Assange acaba de volver a las redes sociales. Sobre Julian Assange, uno de los máximos héroes del presente, un tipo que siempre tuvo claro que no es ético mantener en secreto la información que determina nuestra verdadera seguridad y nuestra verdadera libertad, también escribí hace unos años en la revista de culto Paco, así que voy a editorializar menos y ceñirme a lo que dice Žižek, que en este caso escribe cuando Assange estaba encarcelado en Inglaterra y la perspectiva de que pronto fuera entregado a los Estados Unidos para su ejecución parecía certera (aunque es falso que Hillary Clinton, la reptiliana y servil socia de Jeffrey Epstein, le reclamara al Pentágono que bombardearan a Assange con un drone cuando era Secretaria de Estado).
Por aquel entonces, la cacería de los Estados Unidos contra Assange incluía no solo el asedio jurídico y un pacto corrupto con el presidente de Ecuador ―cuya embajada en Londres fue finalmente entregada a los ingleses para que lo arrestaran―, sino también varias acusaciones de “megalomanía” y “paranoia”, muchas corroboradas por su ghost writer, Andrew O´Hagan, en The Secret Life, donde detalla sus reuniones con Assange para lo que más tarde se publicaría como su Autobiografía no autorizada. Frente a esto, Žižek toma el lugar del abogado defensor y señala que si Assange parece paranoico, es porque vive en un lugar en el que hay “micrófonos bajo el suelo y sobre el techo, y es víctima de una vigilancia constante organizada por los servicios secretos”.
“¿Megalómano? Cuando el director de la CIA dice que tu arresto es una prioridad, ¿no implica eso que eres una gran amenaza, al menos para algunos? ¿Que se comportaba como el jefe de una organización de espionaje? Pero es que Wikileaks es una organización de espionaje, aunque una organización que sirve al pueblo, que lo mantiene informado de lo que ocurre entre bastidores”. Todo esto es verdad, y si hoy la CIA publicita un miedo profundo y calculado a los “bastidores” de nuestra realidad digitalizada ―los famosos backrooms, como se los llama ahora― es porque todavía creen que estamos cerca de atar una cosa con otra y volvernos capaces de informarnos con lo que Silicon Valley y sus últimos socios estatales consideran inconveniente que estemos informados. La pregunta inevitable, probablemente, lacere los oídos de mis amigos genuflexos ante el poder por alguna dádiva menor, pero… ¿qué pasaría si el pueblo pudiera espiar a los que están en el poder en beneficio del pueblo?
Žižek habla acerca de un “nuevo complejo cognitivo-militar” ―algo muy distinto que la boludez de la “soberanía cognitiva”― cuyo mayor logro es que la opresión directa y evidente ya no sea necesaria: se nos controla y se nos guía en la dirección deseada siempre y cuando sigamos sintiéndonos agentes autónomos y libres en nuestra propia vida. En esta línea, el diagnóstico es tan actual que responde en sí mismo por qué vale la pena leer (todavía) a Žižek y también por qué, cuando ya no podamos leerlo, quienes valoramos el coraje de pensar lo vamos a extrañar: “Puesto que en nuestras sociedades la permisividad y la libertad de elección se han elevado a la categoría de valor supremos, el control y la dominación social ya no se pueden presentar como algo que va en contra de la libertad del sujeto: tienen que verse como la manera en que los individuos experimentan su propia libertad (y basarse en eso mismo). ¿Qué puede ser más libre que nuestra navegación sin trabas por la red? Así es como actúa hoy en día el ‘fascismo que huele a democracia’”. ///// DB



