Para leer hay que tener estómago. Gratis en la página de El Gato y la Caja, la editorial y el medio que nos enseña lo que la ciencia y la academia dicen que tenemos que pensar, creer y sentir, se encuentra el nuevo libro de Roberto Chuit Roganovich, El Archipiélago. La contratapa es concreta sobre sus intenciones: “Hay lugar todavía para un humanismo práctico y una política pangeísta. Un plan táctico, una invitación y un llamado: regresar a un mundo del que no debimos habernos ido”. Bien, en estos tiempos oscuros, Roganovich nos ofrece un plan. Su libro, de hecho, se promociona en función doble con La Máquina Ingobernable, otro extenso ensayo que busca otra vez, en la era de Javier Milei, un diagnóstico del poscapitalismo de plataformas, en este caso de Alejandro Galliano.
Sobre Chuit Roganovich, apenas unas coordenadas biográficas fáciles de reponer en internet. Es cordobés, doctor en Letras, becario del CONICET, ganador del premio Futurock de Novela y ganador del Premio Clarín de Novela. Y bien, ¿qué tácticas políticas puede ofrecer un becario del CONICET laureado como escritor tanto por los espacios residuales del alto kirchnerismo como por los “medios hegemónicos”? El prejuicio diría que nada que pueda hacer enojar a sus jefes.
El primer gesto del prefacio ya es vaporoso. La crítica parece colonizada antes de empezar por la construcción de un interlocutor imposible de precisar con exactitud en estas latitudes. Hay una pregunta por un “nosotros”, su “nosotros”, su manada política, que es una previsible fabricación académica. Su propio texto, explica Roganovich, es “una revisión molecular de nuestros deseos contemporáneos, de nuestros cuerpos y su capacidad, de nuestros vínculos y de aquello que podemos hacer para reconvertirlos.” Deseos. Cuerpos. Vínculos. Acorde a los ya no tan nuevos tiempos, el lenguaje de la terapia y las neurosis individuales transmutado en programa político. Lo personal es político, etc. Insertar meme de: oh shit here we go again. En todo caso, el prefacio solo ofrece incertezas, ausencia de nombres propios o programas concretos.
El libro, en sus propias palabras, busca responder un diagnóstico sobre un “presente incierto, o un vacío”,¿pero qué será lo “incierto” y lo “vacío” del presente? El mundo existe, es concreto, es 2026. Milei es el presidente de la Argentina. Caen bombas en Teherán. Mueren chicos en Gaza. La inflación sigue subiendo, el precio de la leche, el alquiler y la pobreza estructural son problemas desde hace décadas. Al contrario, uno diría que todo resulta demasiado real, demasiado lleno. El plan para ese diagnóstico, según el autor, es una “autocrítica genuina, honesta”. ¿Autocrítica de qué? No queda claro. Pero sobre todo, ¿por qué? ¿Qué responsabilidad se adjudica el autor y su “nosotros” en ese escenario desastroso? Tampoco se aclara. Algo parece cierto: si Roganovich intentara decirlo tendría que nombrar a los culpables y, como ya vimos, ese es un riesgo que, con sus premios a cuestas y sus distintos amos, prefiere no correr. Se comprende.
En el capítulo dos empieza el problema. La periodización de los dos siglos de Eric Hobsbawm ocupa páginas, decenas. Un pequeño curso, un cursito acelerado. La elección es caprichosa, pero la aceptamos. Roganovich repone los siglos de Hobsbawn con la paciencia de un profesor de CBC. Eso se aprecia, claro. El diagnóstico que elabora del “politicismo” es correcto pero llega demasiado tarde y desde el lugar equivocado: ¿no es Roganovich otra encarnación del “politicismo” que critica? En contraste con Hobsbawn, propone una nueva periodización basada en acontecimientos políticos, tecnológicos y financieros para situar su diagnóstico del presente. Crisis de 2008, bitcoin, redes sociales. En el caso del bitcoin se menciona la apertura de una nueva, posible o deseable “soberanía financiera” (no olvidemos esa palabra, “soberanía”). Sin embargo, todos sabemos que los principales tenedores de bitcoin en el mundo no son los usuarios, sino enormes bóvedas virtuales como Binance o Coinbase y mega compañías como MicroStrategy o Tesla, con Elon Musk generando constantes campañas mediáticas para manipular los precios. A partir de ahí Roganovich insiste en un desacople presente en todo el texto: creer que hay dos tipos de acontecimientos, técnicos y políticos. Roganovich vuelve a caer así en la trampa del “politicismo” que el libro denuncia en Hobsbawm, el mismo que el progresismo neoliberal del consenso democrático hacia nuestros días aplicó durante 40 años a la gestión económica: creer que la voluntad política puede reemplazar a las condiciones materiales de existencia.
El Archipiélago continúa. El fin de la historia de Francis Fukuyama, el realismo capitalista de Mark Fischer, Fredric Jameson, fin de la historia, fin del capitalismo, etc. Lo de siempre. El marco teórico de la sensibilidad liberal progresista de los últimos cuarenta años. Antes de la apertura de importaciones para que los productos chinos a través de plataformas como Temu y Shein tuvimos décadas de apertura de importaciones de ideas y estrategias políticas del norte global que se instalaron con comodidad en las facultades de ciencias sociales de nuestro país. El resultado fue el mismo: destrucción del pensamiento local y ensayos como El Archipiélago, donde los únicos nombres propios son los de Nancy Fraser, Bruno Latour, el chileno Benjamín Labatut, Ben Tarnoff, William Davies, François Dubet, etc. De repente, sin embargo, Roganovich propone una idea interesante: Fukuyama se adelantó a la angustia existencial que la izquierda siente en los tiempos actuales sobre las nuevas ultraderechas. Un verdadero fin de la historia cifrada en la tristeza de una generación de militantes. A propósito de esto, llega el comentario más lúcido del libro: “Con tanto tiempo para acostumbrarnos, terminamos por creer que el mundo había “decantado” en su forma última y que ya no había escapatoria; que habíamos llegado al final del recorrido estipulado para nuestra especie y que, a pesar de que todavía eran posibles algunas correcciones mínimas, y en un mantra leibniziano, la cárcel que habíamos construido era la mejor de todas las posibles”. Cualquiera que haya habitado este planeta en los últimos quince años, desde el momento que el progresismo se volvió la religión del Estado argentino, sabe que esa confianza se acercaba a la satisfacción y a la convicción de que finalmente habían terminado de modelar el mundo y las conciencias de los ciudadanos.

En estos movimientos, El Archipiélago detecta varios agotamientos: en la filosofía y en la academia, particularmente. La academia se cerró sobre sí misma y sus habitantes se convirtieron en “idiotas” que solo hablan su propio lenguaje. El idiota académico que Roganovich describe—aquel que está tan enquistado en lo propio que no tiene interés verdadero por lo común—,como veremos cuando se moje hablando de Nick Land y Curtis Yarvin, es el miembro definitivo de la Catedral. En consecuencia, lo que se propone es claro: la academia tiene que volver a ser la tutora de los ciudadanos y “recuperar a aquellos que terminamos por eyectar de nuestro campo, tal vez sin quererlo pero con sumo éxito, a todos aquellos sobre quienes en verdad hablábamos en nuestras profesiones y que no se dedicaban profesionalmente a entender el mundo”. No es una autocrítica: es una absolución. Hay que recuperar el control. Pero, ¿cómo es que el pueblo le dio la espalda a la academia? ¿Y cuándo? El autor lo sabe. El “gatekeeping” de la academia oxigenó “renovadas formas de antiintelectualismo en la sociedad” y cercó “la posibilidad de diálogo real entre nuestras herramientas y producciones intelectuales y los agentes verdaderos del cambio político”. Quien haya transitado los años de la peste sabe que el antiintelectualismo, si realmente existe, fue bastante oxigenado por la distancia material entre los miembros del CONICET que nunca dejaron de cobrar su sueldo estatal, por ejemplo, y los trabajadores que vieron cercenadas sus fuentes de ingresos por el gobierno de científicos. En ese punto, se habla acerca de una retirada, un repliegue del mundo, pero ¿a qué mundo? ¿Qué repliegue? Las agendas culturales oficiales de los últimos veinte años no se alejaron del mundo, sino que más bien apostaron a una cristalización burocrática en el aparato estatal.
A la absolución le sigue una confesión: la adicción estatal, el cordón umbilical de dependencia material que une al pensamiento progresista con el Estado y las políticas coordinadas de manera vertical. El Archipiélago acepta que los profesionales del entendimiento del mundo se volvieron defensores del Estado, “aceptadores resignados de que efectivamente vivíamos en el mejor de los mundos posibles”, e incapaces de pensar formas de ejercer la acción política por fuera de sus instituciones. El Estado se convirtió, por un lado, en la garantía absoluta de los derechos de la comunidad, el único espacio que podía y debía albergar nuestras inquietudes, incomodidades y fastidios y, con ello, el punto de fuga de cualquier forma organizativa popular y masiva; […], en nuestro límite político y gnoseológico último”. Todo es posible dentro del Estado, nada fuera de él. ¿Quién hubiera dicho que eso podía salir mal? Sin embargo, esa dependencia material y cognitiva no será resuelta por el libro, y la falta de creatividad para evadir esa umbilicalidad será la angustia que se arrastre hasta el final. Si no puede imaginar el fin del capitalismo, Robi tampoco puede imaginar militar y vivir por fuera del Estado. Y ya sabemos, con amplios ejemplos de la historia, que cualquier dependencia material para vivir es muy peligrosa para la verdadera independencia intelectual para escribir.
En todo caso, coincidimos con Robi cuando describe el verdadero advenimiento de El Archipiélago (reelaboración algo pedorra del concepto de esferas y burbujas de Peter Sloterdijk) en forma de microidentidades que destruyeron el entramado social para convertirnos en individuos y consumidores de plataformas. “En estos conflictos “postsocialistas”, la identidad de grupo reemplaza al interés de clase como motivo principal de movilización política. La dominación cultural reemplaza a la explotación en tanto injusticia fundamental. Y el reconocimiento cultural reemplaza a la redistribución socioeconómica”. En pocas palabras: cuando reemplaza redistribución por reconocimiento. Cuando convierte la política en cartografía identitaria y deja de hablar de precios, salarios y empleo. La conclusión es, por lo menos, inocente. El fracaso existe, la crisis es auténtica, pero el fracaso de la izquierda y del progresismo, al cual Robi imagina como las formas de resistencia al capital en el siglo XXI y no como la elaboración precisa de una aparato cultural que motorizó las reformas que las democracias neoliberales necesitaban para terminar de destruir la estructura industrial, es que se dejó “de pensar en el futuro” y “quedamos atascados en una nostalgia triste que exaltó el pasado”. ¿Qué pasado glorioso será ese exaltado? No lo dice. Pero lo que el libro es incapaz de leer incluso en su “autocrítica” es que lo que ese “nosotros” al que el autor dice pertenecer fracasó en hacer no fue imaginar el futuro, sino administrar el presente. Ese mismo presente del que estaban a cargo desde el útero estatal. Pero estas son zonas sensibles para un becario estatal para el que siempre es inconveniente decir lo que no sea obediente.
En este punto, El Archipiélago entra en su fase terminal de selcismo explícito, ya que la única ciudadanía que existe y vale la pena ser vivida es la del verdadero homo militantis. Pero la trampa ya estaba desplegada: “Con la militancia profesional farfullando una lengua incomprensible, con una articulación desgastada entre las bases y las dirigencias, con una precaria recepción por parte de los espacios de poder de las preocupaciones civiles, con una crisis de representatividad en ascenso, la clase trabajadora —y claro, nosotros— entró en lo que podríamos llamar una crisis de identidad o crisis subjetiva”. La disforia, a esta altura, es total. La idea de que las clases trabajadores tienen la misma crisis de identidad que los becarios del CONICET es, por lo menos, cínica. Si existe tal crisis de identidad, es la crisis de la intelligentsia estatal militante, no de la clase trabajadora empujada a todas las formas posibles de uberización.
Pero nosotros, los progresistas, podemos estar tranquilos. La inflación y la falta de crecimiento no son nuestra culpa: “Se trata de sectores que han lanzado una caza de brujas hacia los espacios llamados “progresistas” bajo la sospecha de dos responsabilidades: la del descalabro económico reinante y la de la emergencia de nuevas experiencias políticas neofascistas con alto nivel de pregnancia discursiva. Y aquí lo paradójico: aquellos que defienden tanto diagnósticos “economicistas” como programas “economicistas” a corto y mediano plazo parecen incapaces de comprender algunas de las razones fundamentales (ellas mismas, económicas) de la crisis global del capital. Lo que la caza de brujas hacia el progresismo decide no entender es que el fracaso de ciertos procesos políticos de inclusión de principios de siglo XXI ha tenido menos que ver con la “ideología inclusiva” cuanto con la crisis más grande que sufrió el capital desde el crack del 29 (crisis de las hipotecas del 2008) y con un evento de salud pública de escala global (la pandemia de SARS-CoV-2)”. La culpa es del capital y de la biología, amigos, no fuimos nosotros, los buenos progresistas.
Es la estrategia general de evasión que vemos desde el triunfo de Milei en 2023: lo que fracasó es la estructura económica de la democracia neoliberal, pero no así sus dispositivos culturales, sus militantes y la ideología progresista transformada en religión de Estado. La conclusión es satisfactoria: “No nos equivocamos en el “contenido” de las políticas públicas que logramos impulsar en el último tiempo, sino en la “forma” en la que ejercimos propiamente la política. El problema, en todo caso, fue que nuestra “forma” de llevar a cabo ciertas transformaciones se desarrolló, en su programática, planeamiento, y ejecución, “por arriba”, es decir, en las formaciones gubernamentales y alejadas de los intereses y preocupaciones cotidianas y concretas de la sociedad civil y de los sujetos que prometíamos representar”. El cartesianismo es conveniente pero ilusorio, al igual que con la idea inocente de que hay acontecimientos políticos y otros técnicos, se construye la ilusión de que hay una diferencia entre la ideología y los métodos que utiliza. Pero esto no es así. Los métodos son la ideología y la ideología es los métodos que utiliza para imponerse. No es que el progresismo neoliberal se “equivocó” en sus formas pero no en el contenido a la hora de cancelar, perseguir y purgar ideológicamente como si fuera un gris mecanismo policial, el progresismo es y solo es cancelación, persecución y corrección como red opresiva de modales e ideas. Por eso, como veremos más adelante, todas las propuestas del libro para imitar las “tácticas” que la “ultraderecha” desplegó en el ámbito digital son inútiles.
En el capítulo 4 aparecen Nick Land y Curtis Yarvin entre otros teóricos “rivales” y referentes de lo que el libro llama “Lo Otro”. A excepción del feminismo, al que considera “un afuera de la política”, el diagnóstico de la época continúa la aceptación de que la democracia neoliberal derivó en una “forma paliativa” (recomiendo la lectura de Hernán Vanoli sobre la “cultura del cuidado” en Supernova) y que “nos conformamos con avances modestos en la redistribución de la riqueza y con ciertas reparaciones históricas a minorías o colectivos marginalizados que hasta hacía poco tiempo no contaban con personería política, jurídica y social”. Para Robi, sin embargo, en ese panorama estático de ineptitud, de hipertrofia estatal, apenas un régimen que gestiona el presente, se filtró la ultraderecha a través de las fallas estructurales de la democracia. ¿Pero falló solo la democracia o también el ejercicio político al cual el progresismo se asoció en todos los ministerios posibles? De ahí viene la obsesión oscura de Robi con Yarvin y Land. No vamos a detenernos mucho en esos autores y sus conceptos principales (pueden leerlos en esta misma revista), pero es llamativo rescatar la definición que repone de la Catedral yarviniana como “la representación de la hegemonía ideológica de los tiempos contemporáneos”. Esta hegemonía ideológica estaría compuesta por valores propios de las tradiciones progresistas, liberales (en suma, el partido demócrata estadounidense) y humanistas”. Para luego preguntarse: “¿alguien verdaderamente cree que los medios están gobernados por hombres y mujeres de la “izquierda global”?”. Con solo ver los canales de streaming que le dan voz al autor y los medios que le dan premios, es difícil no considerar seriamente las ideas Curtis. En pocas palabras, si Yarvin y Land detestan la democracia porque están en contra del Estado que esclaviza las voluntades y los esfuerzos del individuo, Robi odia a la democracia porque detesta al individuo y desconfía de su capacidad de tomar decisiones libremente, pensar distinto y, en todo caso, gobernarse a sí mismo sin la tutoría de un Estado que lo cuide y lo oprima.
Así llegamos al capítulo 5 y la batalla cultural. Todo se divide entre lo colectivo (=bueno 🙂) y lo individual (=malo 🙁). Fueron las derechas las que detectaron antes que nadie la crisis de “subjetividad” de las clases trabajadoras, y otra vez en medio de la confusión recurrente entre la neurosis del intelectual y la condición del trabajador, los viejos consensos colectivos fueron erosionados por la figura del self-made man y la cultura del emprendedurismo. Pero el emprendedurismo, en todo caso, no es un engaño de las nuevas derechas: es la consecuencia directa de cuarenta años de destrucción del tejido productivo. Fue y todavía es la salida que se produjo tras el abandono del kirchnerismo, el macrismo y el mileísmo actual de la clase trabajadora informal. Es la respuesta racional a la destrucción del horizonte de futuro que la “cultura del cuidado” produjo. Lo llamativo de todo el libro es que Argentina es un lugar que asumimos que existe, pero que apenas es nombrado. De hecho, la primera vez que aparece la palabra “Argentina” es en este capítulo. Hasta entonces se habla de las redes sociales, el bot de Microsoft, Donald Trump, Qanon y el asalto al Capitolio, Christchurch, etc. Pero las fechas concretas del desastre local —la hiperinflación del 89, la crisis de 2001, el cepo en 2014, el default de 2018, el FMI en 2019, la mega inflación de 2023 y el triunfo de Milei— no aparecen en el diagnóstico. Y es este contexto histórico lo que llamativamente el libro evade para flotar en coordenadas difusas, serviles, globales o quizás de inevitable exportación. Carlos Menem, Cristina Kirchner, Mauricio Macri, Raúl Alfonsin, “Toto” Caputo, Domingo Cavallo, Nestor Kirchner, Roberto Lavagna, Juan Perón, etcétera, nunca son mencionados en el texto, ni una vez. Para Roganovich solo existe la maldad del capital, un ente malvado, abstracto, lovecraftiano y perteneciente al espacio exterior. Solo existe la naturaleza alienante y deshumanizante de la lógica del capital. Es una idea reconfortante, sin culpas, casi religiosa, y que refuerza bastante el solipsismo intelectual de una buena cantidad de becarios del entendimiento del mundo.

Pero no nos preocupemos, amigos. Hay esperanza y llega en el capítulo 6: la “soberanía cognitiva”. Si ya habíamos leído sobre la soberanía financiera y cómo el bitcoin nos iba a regalar la autonomía económica, aunque no fue así, ahora tenemos la oportunidad de ser soberanos de nuestra propia psiquis y recuperar nuestras mentes del asedio digital. Si bien hablar de cualquier tipo de soberanía en un país como Argentina, un país con parte de su territorio ocupado por una potencia extranjera —Malvinas es otra palabra sin mención— parece complicado, la idea parece atractiva. Primero, el autor vuelve a definir a su “nosotros” sencillamente como todos aquellos que son “explotados” por el capitalismo, y aunque quizás uno podría cuestionar la “explotación” de los becarios del CONICET, lo cierto es que todos tenemos que obedecer, así que Robi tiene un punto. La soberanía cognitiva, por lo tanto, es una propuesta seria y que se elabora con cuidado. En pocas palabras, se trataría de un mapa de tácticas “offline” y “online” para resistir al fascismo y a las ultraderechas y recuperar nuestro “tiempo analógico”. El concepto, que Robi le toma prestado al performer digital Juan Ruocco, a su vez fue tomado prestado del libro Hipnocracia, de Jianwei Xun, y comprende entre sus tácticas “offline” actividades como: ”El taller de escritura, de cerámica, de pintura; la plaza, el parque, el ejercicio, el baile, el deporte; los museos, las ferias, los mercados, los consorcios, las asambleas barriales, la Iglesia, los clubes de barrio, las bibliotecas populares, las unidades básicas, entre tantísimos otros: todos aquellos espacios que debemos recuperar “corporalmente” para alentar las condiciones para la catarsis y la emergencia de “lo común”.
¿En qué mundo de cuevas gamers incel y sedentarismo digital vive esta gente? ¿A quién se supone que se le habla? Los clubes revientan de gente, los museos también. La gente ya vive así. Y esas actividades no pueden ser consideradas como políticas: jugar al rugby, ir al gimnasio, ir al taller de cerámica, no es, ni puede ser, resistencia a nada. Y en todo caso, es deseable que así sea. El ocio no es político. La gente va porque le gusta y lo hacen de a miles. ¿Acaso vio Robi que los gimnasios estén cerrados? ¿Hay menos pibes que jueguen al fútbol? Tal vez el “nosotros” que El Archipiélago tiene en mente consiste en gordos fuma porro, streamers, podcasters y twitteros activos hasta las 3 de la mañana mientras se hacen la paja. Por su lado, las tácticas “online”, incluye skills como aprender a usar Linux, entrar a subreddits de hobbies y, entre lo más memorable, “conformar una biblioteca, filmoteca, ludoteca personal”. La “soberanía cognitiva” sería la “noción que alienta la observación auténtica y preocupada de nuestras conductas en la vida contemporánea, y a la modificación sutil de algunas de nuestras formas estandarizadas de habitar en el mundo”. Sencillo, autodecodificación, improve yourself. Hay que volver a conectar con uno mismo. Es interesante que el cambio parezca empezar por el individuo para luego “componer un continente”, es decir, una política pangeísta que, finalmente, aboliría la atomización del “archipiélago”. Si bien esta serie de metáforas geográficas huele un poco a una versión menos productiva pero igual de fantasiosa que el emprendedurismo, que al menos promete guita, autos y mujeres y esconde, aunque sea de manera oscura, cierta idea de esfuerzo y disciplina, la “soberanía cognitiva” y sus estrategias “offline” y “online” es apenas una autojustificación del onanismo individual pretendidamente transmutado en acto político. Solo hay que leer: “La ´soberanía cognitiva´ indica un trabajo de “recuperaciones” múltiples. […] es un llamado al abandono consciente del espacio digital.” En pocas palabras, un curso para adictos, los 12 pasos aplicados a los dependientes de internet, la pornografía, el hentai, TikTok y videojuegos. Sin embargo, cualquiera que haya compartido tiempo y amistad con adictos sabe que, por definición, no son soberanos de nada. Pero la “soberanía cognitiva” tal vez no busca la rehabilitación del individuo vampirizado por las plataformas de extracción de datos, sino darle un marco teórico que le permita continuar con sus actividades, pero bajo la idea de que ahora es un antifa warrior por jugar Dungeons & Dragons online.
Vale detenerse en la principal táctica “online” que —juro que esto está escrito—es la de “clusterización”. La idea es, como mecanismo de control, novedosa y creativa, más allá de ridícula. ¿De qué se trata? Infiltrar en comunidades de k-pop, de gamers o de fans de Taylor Swift contenido político favorable al “nosotros” por medio de “la utilización de las estrategias del ‘mercado meta’ o ‘target de mercado’”, las cuales deberían permitir “definir nuevos productos audiovisuales que apunten a construir y captar públicos todavía no explorados por la derecha alternativa: la cultura canábica, la cultura DIY, el universo de las fan-fictions, los juegos de mesa o tabletop games, el gaming de consolas y PC, las diversas formas de ‘army’ de la cultura pop contemporánea (desde Taylor Swift a BTS, desde Lana del Rey a Olivia Rodrigo), el skating, el rolling, el mundo de la costura y la cerámica, el mundo del fútbol y los deportes, el mundo del cómic y el manga, el universo literario épico-maravilloso, los universos cinematográficos serializados, etcétera”. Si bien uno podría mencionar que Taylor Swift es una compañía de entretenimiento tan elaborado y redituable como algunas de las tecno-compañías que despiertan la fobia de Robi, lo único cierto es que los fans de Swift, como los jugadores de Roblox o Magic, ya están siendo segmentados, “clusterizados”, perfilados y minados por algoritmos infinitamente más sofisticados que cualquier cosa que pueda desarrollar un militante con un curso de coderhouse de Linux o alguna militante que aparezca en el subreddit de Sabrina Carpenter y pregunte “¿ustedes también son explotadas por el capital?”. La idea es increíble. Imaginen una juntada de therians y un jack russell que te susurra al oído: “Amigx, ¿escuchaste hablar de tomar los medios de producción? guau, guau”. Disfrutemos una pequeña ucronía: ¿qué hubiera pasado si tan solo hubiéramos tenido Swifties en la República de Weimar? En fin, podríamos seguir por horas. Pero la única ucronía verdadera es la nostalgia del autor y su texto por el pasado, la nostalgia por un movimiento cultural y una forma de administrar el Estado que tuvo el poder real durante décadas y solo lo usó para construir una agencia de empleo simbólico en lugar de una economía. Pero como toda esta micromilitancia digital de micronichos culturales debe ser coordinada de alguna forma, la propuesta suena muy natural: “La infiltración en fandoms, por ejemplo, a la forma de un “entrismo pop”, no puede ser llevada a cabo sino por militantes jóvenes que tengan una afinidad genuina con el objeto de deseo de la comunidad. La tarea de nuestros militantes k-popers, swifties, believers, otakus, gamers, geeks, comiqueros, y tantos otros debería ser (además de todas las esperables en una estructura militante tradicional), la de, como ya dijimos, “viajar” a estos espacios para dar desde dentro batallas culturales, sin dudas lentas y pedregosas, pero que pueden llegar a tener un rédito político destacable”.
Las tareas y los valores son claros y sencillos: “Cada una de las terminales del “clúster” tendrá la capacidad, a la larga, de construir “microcomunidades”, siempre alrededor de un conjunto de deseos o gustos específicos no necesariamente políticos, y ahora sí dominados por pasiones alegres, como las de la alegría, el amor, la empatía y el deseo racionalizado. A su vez, estas “microcomunidades” deberán volverse activas en el trabajo de definición de su propio espacio de disfrute, cambiando el modelo del consumo anónimo pasivo por uno participativo, mediante el uso de plataformas como Discord, Twitter, Reddit, y otras”. Así como sus valores: “Pero no es suficiente. Resta otro camino extenso, puesto que es en estos espacios, en estas nuevas “microcomunidades” (que van a producir espontáneamente sus propios lingos, sus propios inside jokes, sus propios referentes), donde deberán ensayarse posteriormente aglutinamientos ideológicos sobre principios básicos de democracia, antifascismo, antirracismo, crítica al patriarcado, defensa ambiental, entre otras cosas”. Es decir, estrictamente los valores del progresismo neoliberal, las pulsiones negativas. ¿Y la pregunta sobre cómo generar riqueza? Ausente, como siempre.
¿Cómo se va a articular todo esto? “No se trata hoy de centralizar a priori el discurso a partir del cual se comienza a apelar a públicos ya definidos, sino del camino inverso: de trabajar desde las bases y sus deseos para la posterior centralización, para la posterior sobreunificación ideológica del discurso y del sentido”. La idea, no es novedosa, según Robi: “Se trata de una forma extraña de “autonomía centralizada”, de “control descentralizado” o, si se quiere, de “soberanía coordinada”. Esta táctica no difiere mucho, en verdad, de la que en la política partidaria tomó el nombre de “partido único con libertad de tendencia”: en suma, una estructura centralizada donde se permite y alienta la coexistencia de tendencias, corrientes y facciones con alto nivel de autonomía operativa”. El “cluster ideológico” es la forma más sofisticada de la misma lógica extractivista camporista: una estructura centralizada que administra la energía de sus miembros. La novedad es digital. La lógica es idéntica. El resultado, el mismo: una agencia de community managers. La militancia libertaria no necesitó “clusters” porque fue orgánica. El “cluster” de Roganovich requeriría financiamiento (¿estatal?), coordinación (¿desde arriba?) y militantes dispuestos a infiltrar comunidades de k-pop sin recibir nada a cambio. Son preguntas tan válidas que el libro las aborda. A saber: “Existe, sin embargo, una limitación material: el financiamiento. La creación de un “clúster ideológico” no puede financiarse de la misma manera que los think tanks, muchas veces apoyados en grandes conglomerados empresariales, financieros y capitales offshore. La tarea del financiamiento de un “clúster” o de un pequeño producto o contenido audiovisual corre por nuestra cuenta. Independientemente de los incentivos gubernamentales o fondos artísticos o empresariales a los que cada uno de estos proyectos pueda acceder, deberíamos acostumbrarnos a realizar pequeñas contribuciones de manera periódica: ninguna persona que haya llegado hasta aquí debería negarse a destinar al menos entre un 2 % y un 4 % de su salario al financiamiento de medios periodísticos, proyectos culturales, musicales, teatrales y audiovisuales afines a su identidad política”. Cada vez que lean “los incentivos gubernamentales o fondos artísticos o empresariales” hay que leer George Soros y sus fundaciones, USAID, distintos programas de la CIA a través de universidades yanquis o elementos locales del Big Pharma o de la privatización de la salud para dar charlas en Medifé. Al menos, Robi está cubierto en ese sentido. Pero la pregunta insiste, ¿qué “soberanía” puede tener un medio con esas dependencias? No queda claro. ¿A quién responden sus intereses? Otra incógnita. Pero al menos, es el primer esfuerzo para pensar por fuera del Estado. “Frente al problema material de la inversión, debemos educarnos en la necesidad de financiar nuestras propias herramientas digitales de intervención ideológica; del mismo modo, debemos educarnos en la participación en las campañas de crowfunding (ya en las clásicas plataformas Kickstarter, Indiegogo, Patreon, como en plataformas nacionales) para el desarrollo de proyectos de mayor envergadura; así, educarnos en usar parte de nuestros respectivos salarios en construir el mundo digital que necesitamos y que puede sentar las bases para una intervención política más extendida y perdurable. […] Cabe preguntarse, nuevamente, si contamos con la capacidad técnica, política y de voluntad de fabricar plataformas y ecosistemas digitales que puedan suplantar a la figura todoengullente del Estado, cada vez que, en un país como el nuestro, enfrentamos períodos políticos de vaciamiento y desfinanciamiento sistematizado”. En este sentido, con timidez, El Archipiélago propone algo nuevo: pensar en formas de financiarnos sin depender material y espiritualmente del Estado. Lamentablemente, eso no puede salir bien, ya que eso quedaría por fuera de los límites gnoseológicos de la ideología que el libro profesa. Pero vale la pena el intento. En fin, no vamos a ser nosotros quienes le prohibamos al autor pasar la gorra.
En todo caso, la única soberanía que le preocupa a Roganovich es la soberanía del scroll o, mejor dicho, el scroll como acto soberano y de resistencia antifa. Lo dice muy claramente: “Así, la ´soberanía cognitiva´ supone volver a negociar el sentido del yo no productivo, el sentido del yo ocioso que entra en comunión con lo otro desde la pasión alegre o exaltada, y siempre como pregunta concreta por hacerse en un mundo contemporáneo de licuación de la identidad política”. Esto es muy importante, “invadir” y “ocupar” políticamente el ocio, pero sin perder su esencialidad lúdica. En pocas palabras, resistir en calzoncillos viendo reels en tu casa, resistir escribiendo poemas en verso libre en un taller de escritura en Paternal, resistir en la cinta del gimnasio, resistir jugando cartas Pokémon, etc. No se trata de rehabilitar adictos de internet para darles el control de su tiempo y convertirlos en super-militantes y guerreros antifascistas, solo hacerles creer que su droga digital y su sedentarismo de riesgo cardíaco es una trinchera política.
Robi enumera con erudición múltiples casos reales de resistencia y sabotaje antifa bajo la consigna de pasar a la acción. La idea es clara, mostrar que se puede. Los ejemplos son variados: el caso Gamestop, el sabotaje al mitín de Trump en Tulsa, cómo los usuarios secuestraron y desmantelaron una app policial en Dallas, la apropiación del fashwave, los escraches a Milo Yiannopoulos en Berkeley y el movimiento Away From Keyboard, etc. Todos tienen en común algo: cada ejemplo viene de libros estadounidenses, experiencias norteamericanas y debates anglosajones. En ningún momento hay una sola experiencia argentina de organización popular, de resistencia popular o de sabotajes exitosos realizados poralguna corriente política local. La respuesta es clara: no tienen a quién resistir, pero la ausencia es llamativa y, sobre todo, significativa. Ni un gremio. Ni una asamblea barrial real. Ni una unidad básica. Ni una olla popular. La “soberanía cognitiva” es una importación más, solo que en la etiqueta, en vez de decir Temu o Shein, dice Caja Negra o El Gato y La Caja. ¿Será que faltan casos de resistencia exitosa del sindicalismo argentino, las organizaciones de base o entre las experiencias concretas de lucha popular que este país tuvo y tiene? ¿Será que son irrelevantes para el autor? Entonces, ¿a quién le habla el libro? ¿Qué sujeto busca formar?
Robi habla de antifascismo, de negación de tribunas, de militancia digital, de grupos de hackeractivismo, de la violencia física como recurso disponible. “Se trata, en todo caso, de no olvidarla ni pasarla por alto como recurso, en última instancia, todavía disponible”. Robi cita a los partisanos italianos. Cita a las milicias antifascistas norteamericanas. Cita a Murray de Anti-Racist Action Baltimore: “Se les hace frente escribiendo cartas y llamando por teléfono, para que no haya que darse de puñetazos con ellos. Se les hace frente con los puños para que no haya que hacerlo con navajazos”. Llegamos al momento de jugo. Pero no. La confesión es personal, íntima, hasta incómoda. Drogas duras. Ideaciones suicidas. Paciente psiquiátrico hace más de ocho años. “Entendí que debía dejar de drogarme, o que debía drogarme menos.” “Entendí que debía reformular por completo mi conducta alimentaria.” “Entendí que debía ejercitarme. Volver a correr, volver a jugar, e ir al gimnasio”. Robi se abre y es honesto, pero ¿a razón de qué? Solo nos enteramos de que empezó a correr, quizás de un jurado de concurso literario a otro. Pero no es para burlarse de la depresión. Es para señalar la distancia abismal entre el programa y el sujeto que modela. El libro construye durante cientos de páginas la figura del militante capaz de “dar un golpe certero” cuando no haya otra salida. Y luego nos revela que el gran paso transformador fue ir al gimnasio y comer mejor. Ese es el guerrero antifa de referencia. El Aquiles de la micromilitancia algorítmica: swifties, otakus, runners, escritores psiquiátricos, fumadores de porro, k-popers. Al final, todo se reduce a microidentidades que necesitan una validación teórica y política para sus estilos de vida, además del calor amigable de medios supuestamente antagónicos. Si, como señalamos antes, la ideología es el método, entonces la confesión personal no puede ser solo una confesión personal: tiene que ser un programa político. “Entendí que mi cuerpo es la condición empírica, material, ‘cárnica’, de mi participación en el mundo”. “Preservar el cuerpo es, por sobre todas las cosas, volvernos enemigos poderosos.” El capitalismo, Elon Musk, Nick Land y la derecha global pueden dormir tranquilos. ///// DB



