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Hamnet y Hamlet según James Joyce

17 Feb. 2026
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A propósito de las parcas controversias en el desierto digital acerca de si Hamnet es una buena o una mala película, si los encuadres de una multiganadora del premio Oscar son correctos, si está diseñada para conmover a las almas impresionables, si se trata de un correcto manual del buen marido o si conserva alguna fidelidad a la novela de Maggie O´Farrell, ¿qué mejor que dar un buen salto? Ubiquémonos entonces en la Irlanda de hace más de un siglo. Pero no en cualquier Irlanda, sino en la Dublín imaginaria de James Joyce.

En la Biblioteca Nacional, durante el noveno capítulo del Ulises, Stephen Dedalus se involucra en una “cuestión puramente académica” cuyo inicio es una afirmación provocadora: “Nuestros jóvenes bardos irlandeses todavía no han creado una figura que el mundo ponga junto a Hamlet del sajón Shakespeare, aunque yo le admire, sin llegar a la idolatría”. La frase es pronunciada por John Eglinton, al menos en la traducción de José María Valverde, y no hay especialista en la obra de Joyce, para volver a las “cuestiones puramente académicas”, que no se arriesgue a pensarla como el centro del Ulises.

Omitiendo más explicaciones que las siguientes, y sin ser un especialista, yo diría que no se equivocan. Pero quedémonos ahora con Hamlet. Lo que esta conversación en la Biblioteca Nacional pone en marcha es el desarrollo de una teoría acerca del entrecruzamiento entre la vida y la obra de William Shakespeare. Una teoría según la cual la obra Hamlet, entendida como una “revenge tragedy”, funcionaría no solo como la historia del príncipe que venga el asesinato de su rey y el adulterio de su reina con su tío, tal como se relata en la famosa trama, sino también como la historia del padre que “se venga” de la muerte de un hijo y del adulterio de su esposa con su hermano.

La gran ventaja de Stephen Dedalus para la elaboración de esta teoría es que la biografía real de Shakespeare es casi un misterio. Aun así, entre lo poco que se sabe e interesa, está el hecho de que Anne Hathaway, su esposa, era mayor que él, y que Hamnet Shakespeare, su único hijo varón, murió a los once años, en 1596. Respecto a la muerte de Hamnet y su resurrección literaria como el príncipe Hamlet, el núcleo de la idea de Stephen Dedalus es el siguiente: “Avanza un actor en la sombra, vestido con la cota que dejó un elegante de la corte, un hombre bien plantado con voz de bajo. Es el fantasma, el rey, rey y no rey, y el actor es Shakespeare que ha estudiado Hamlet todos los años de su vida que no fueron vanidad, para representar el papel del fantasma. Dice sus palabras a Burbage, el joven actor que está delante de él, más allá de la tela encerada, llamándole por su nombre: ‘Hamlet, soy el fantasma de tu padre’, mandándole prestar atención. A un hijo habla, el hijo de su alma, el príncipe, el joven Hamlet y al hijo de su cuerpo, Hamnet Shakespeare, que ha muerto en Stratford para que su homónimo viva para siempre”.

¿Por qué a Stephen Dedalus le interesa esta permutación del hijo por el padre, el muerto por el vivo y el hombre por el dramaturgo? En esencia, porque todo el Ulises trata acerca del encuentro en cuerpo y alma entre lo que suele describirse una y otra vez como “un hijo sin padre”, Stephen Dedalus, “hijo mayor sobreviviente varón heredero consubstancial de Simon Dedalus, de Cork y Dublín, y de Mary, hija de Richard y Christina Goulding (nacida Brier)”, y “un padre sin hijo”, Leopold Paula Bloom, “único hijo varón consubstancial heredero de Rudolf Virag (subsiguientemente Rudolf Bloom) de Szombathely, Viena, Budapest, Milán, Londres y Dublín, y de Ellen Higgins, hija segunda de Julius Higgins (nacido Karoly) y Fanny Higgins (nacida Hegarty)”.

El dolor por la muerte de Rudy, el único hijo varón de Bloom, apenas once días después de su nacimiento, lo persigue durante todo el 16 de junio de 1904 en el que transcurre el Ulises, y es en buena medida el motivo de que entre él y su esposa, Molly, quede suspendido durante más de una década “el comercio carnal completo, sin eyaculación de semen dentro del órgano natural femenino”, asunto que, en última instancia, favorece la aparición de Blazes Boylan, el amante de Molly.

Establecidas las simetrías entre los once días de vida de Rudy Bloom y los once años de vida de Hamnet Shakespeare, queda el detalle del 16 de junio, fecha en la que según Richard Ellmann empezó a tomar forma en la mente de Joyce su teoría sobre el fantasma paterno de Hamlet, y también las simetrías entre las adúlteras Hathaway y Molly. Pero esta parte de la historia y su resonancia con el cuento “Los muertos” y con las presuntas infidelidades de Nora Joyce (nacida Barnacle), de quien Joyce se enamoró el mismo 16 de junio, quedará para la próxima.

¿De qué se trata Hamnet? Si consideramos que O´Farrell es otra escritora irlandesa con un buen conocimiento de la teoría de Stephen Dedalus sobre Hamlet en el Ulises, entonces no es difícil concluir que el asunto de Hamnet es la rivalidad con Dios a través del poder del arte literario. En este punto, sin embargo, las compensaciones psicológicas freudianas dejan de interesarle a Joyce (que se reía de Sigmund Freud y sus teorías subrayando que sus apellidos significaban lo mismo) y adquieren importancia, en cambio, aquellas ideas que Anthony Burgess describió como “la relación creativa entre el padre espiritual, el hijo espiritual y la nada espiritual madre-esposa”.

Por supuesto, este elemento es enteramente religioso y alude a la teología cristiana, en la que el Padre y el Hijo son, aunque personas separadas, realmente aspectos el uno del otro. De igual manera, la muerte real de Hamnet Shakespeare convierte en Hamlet al propio William Shakespeare en quien salta hacia el abismo fantasmal de la muerte ficcional a cambio de salvar la vida de su hijo y convertirlo en su vengador. Siguiendo de nuevo a Burgess, encontramos así la imagen de un padre que a través del arte ha maniobrado más allá del remolino y la roca de la pasión para convertirse en un fantasma, una sombra que encuentra vida en “el corazón de aquel que es la sustancia… el hijo que es consubstancial al padre”.

Ahora bien, si Hamnet es una película para señoras demasiado proclives al llanto es una cuestión paradójica con la que deberán tratar los críticos de cine. Acerca del aspecto femenino y materno de la novela Hamnet, al menos, tenemos el indicio de que con su libro O´Farrell recibió, entre otros galardones, el Women’s Prize for Fiction. Pero eso, probablemente, se relacione antes con las buenas oportunidades que ofrece el mercado identitario feminista y con las libertades de su recreación ficcional de Anne Hathaway (un poquito bruja, un poquito víctima, un poquito sexy, un poquito heroína, un poquito esposa, un poquito “resiliente”, etcétera) que con sus ideas sobre la maternidad o el particular detalle de que, como suele recordarse, Shakespeare le haya legado a antes de morir su “secondbest bed”.

Por una vía u otra, lo indudable es que el asunto de Hamnet es repetir, como señala Stephen Dedalus en el Ulises, que “a través del padre inquieto resplandece la imagen del hijo que no vive”, de modo tal que “eso que era yo es lo que soy y lo que en posibilidad puedo llegar a ser”. Por esto mismo, es innegable que cualquier lucha dramática contra la inevitabilidad de la muerte tiene tanto de trágico como de conmovedor. Y se trate de Shakespeare, Joyce u O´Farrell, todo intento de romper el círculo reactiva el círculo, y todo esfuerzo por deshacer el primer deshacer resulta en un deshacer peor.

Lo importante, sin embargo, es que en el Ulises y en Hamnet emerge una idea común sin especial importancia del estatus matrimonial o familiar: los escritores son los más destacables progenitores. ¿Venció Hamnet Shakespeare a la muerte gracias a la obra teatral de su padre? ¿Representa esta venganza trágica una reconciliación paterna con lo que pasó en la vida real? ¿El artista logra su venganza resistiendo el mal? Estas son preguntas que forman parte del gran misterio algebraico de la paternidad y su transubstanciación en forma de Dios, de padre y de creador.

Por supuesto, llegamos a la parte en que resulta imperativo señalar que reducir la totalidad del talento shakespeariano a las vicisitudes de su vida sería limitarlo, aun si el excepcional caso de Hamlet ha permitido cierta especulación particularmente biográfica alrededor de lo que René Girard llama “frustración mimética”. Pero conviene no facilitar ningún argumento que permita rebajar a Hamlet a simple “literatura del yo”. En tal caso, hacia el final del Ulises, consumado el encuentro definitivo entre Stephen Dedalus y Leopold Bloom, también Rudy resplandece, por un instante, sobre “el hijo sin padre” ante los ojos del “padre sin hijo”. En las manos correctas, el arte sustituye y eterniza lo que la vida real arranca.

Por su parte, Joyce solo tuvo reconocimientos en el último tramo de su vida, pero a juzgar por su idea sobre la maternidad es incierto que el Women’s Prize for Fiction estuviera entre ellos: “La paternidad, en sentido de engendrar conscientemente, le es desconocida al hombre. Es un estado místico, una sucesión apostólica, del único engendrador al único engendrado. Sobre ese misterio, y no sobre la Madonna que el astuto intelecto italiano echó a las masas de Europa, está fundada la Iglesia, y fundada irremoviblemente por estar fundada, como el mundo, macrocosmos y microcosmos, sobre el vacío. Sobre la incertidumbre, sobre la improbabilidad. Amor matris, genitivo subjetivo y objetivo, quizás sea la única cosa verdadera de la vida. La paternidad quizá sea una ficción legal. ¿Quién es el padre de cualquier hijo para que cualquier hijo tenga que amarle, ni él a cualquier hijo?”

Para cerrar el círculo y siguiendo el mismo principio biográfico que Stephen Dedalus aplica a Shakespeare, Richard Ellmann observa que el 4 de agosto de 1908 la esposa de James Joyce sufrió un aborto en Trieste. Estaba embarazada de tres meses de quien sería el tercer hijo del matrimonio, y aunque a Nora la situación no le dolió demasiado, Joyce le escribió a su hermano Stanislaus para contárselo particularmente afectado. Según Ellmann, lo cierto es que “este aborto ayudó a Joyce a concebir el que debía ser el principal dolor de Bloom en el Ulises, la muerte de su hijo recién nacido Rudy”. La paternidad, sin duda, es un tema más poderoso que el amor sexual en el Ulises.

Como nota al pie, Shakespeare escribió Timón de Atenas, su última tragedia, en 1608. Fue el mismo año en que nació su nieta, hija de Susanna Shakespeare. Lo señala al paso Stephen Dedalus en la Biblioteca Nacional de Irlanda y, si la memoria no me falla, al final de la novela Hamnet hay una entrevista donde Maggie O´Farrell también lo menciona. Es un detalle sentimental, otra simetría simple y conmovedora ante la desgracia, acerca del cual no tiene mayor sentido evitar el noble sentimiento de la compasión. ///// DB

Disclaimer. Contenido libre de financiación del Departamento de Estado.
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